Así que terminamos de cenar, de hablar, de conocernos cada vez más y sin darnos cuenta de irnos “pillando” con cada palabra que la otra decía.

Tenía el coche aparcado muy cerca de donde cenamos, así que nos montamos y puse rumbo a su casa, como una reina. Voy a por ella a casa, la llevo de paseo, de cena y la devuelvo a su casa antes de las 12 de la noche.

De camino seguimos hablando y ahora sí que me atrevía a girar la cabeza y mirarla mientras ella hablaba. Ya no había esa vergüenza o esa timidez del principio, y eso que solo habían pasado ….horas.

Llegamos a su casa y aparqué en frente de su portal, en un vado. Nos pusimos cómodas, nos quitamos el cinturón de seguridad, la música sonando bajito, creando ambiente. Ambas nos giramos, apoyando la espalda en la puerta del coche y mirándonos de frente. Os puedo decir que llegué antes de la medianoche y sin embargo a mi casa llegué a las 4 de la mañana… Os podréis preguntar, que es lo normal, que qué hicimos durante tanto tiempo. Yo os lo respondo, hablar. Y claro, os preguntaréis que como se puede hablar tantas horas, que de qué demonios hablábamos… Hablamos de todo. De recuerdos de infancia, de relaciones pasadas, de la familia, de historias para no dormir sobre la juventud, sobre nuestros sueños, nuestros miedos, nuestras manías… No había miedo en contar algo personal, no había vergüenza. Si os digo la verdad, yo me fui con ganas de darle un beso y yo se que ella también. Solo con mirarnos se que es cierto. Pero había algo que me hizo tener paciencia o prudencia, no se. La chica me gustaba, me sentía con ella tan cómoda como en mi casa. Estar con ella era eso, estar en casa, así me sentía. ¿Qué prisa había entonces? Yo solo quería volverla a ver y se que ella sí quería volverme a ver, así que preferí esperar, disfrurtar de ese momento, de sus ojos, de su boca y su sonrisa y de cómo veía yo sus facciones con la poca claridad que entraba por las ventanas.

Volví a casa a las 4 de la mañana, todo el camino sonriendo, imaginando… Solo había un problema. Las dos trabajábamos por la mañana, así que a las 5 tenía que estar en pie para prepararme. Decidí no acostarme. Me quedé merodeando por la casa, sonriendo… Y después ya me duché, me preparé y me fui al metro.

Ella se levantaba sobre las 6, así que a esa hora, ya tenía un SMS mio dándole los buenos días y recordándole lo bien que lo había pasado. Así pasamos media mañana… Envíos masivos de sms..

Esa noche, había quedado con unas amistades para cenar y salir de fiesta. No podía verla y por primera vez en mucho tiempo, no quería salir, prefería quedarme en casa viendo una peli con ella, o salir a cenar, o a dar un paseo… Lo que sea, mientras ella fuera mi acompañante.

Nos juntamos tres amigas en mi casa, pedimos algo de comida e hicimos botellón. Nos lo pasamos bien, muchas risas, muchos chistes y algún que otro “chisme” de gente conocida. Sin embargo, yo me pasé toda la noche con el móvil en la mano ( que rabia me da eso, la verdad) y hablando con ella.

¿Cuándo podía volver a verla? Pensaba mientras estaba en el Arena ( un pub de ambiente). Sí, bailé, me lo pasé bien e incluso ligué, sí sí, pero a mi no me importaba nada más. No tenía ganas de nada de eso. No me llenaba.

Al día siguiente volvimos a vernos, no podía pasar más tiempo sin verla de nuevo. Así que le dije que viniera a mi casa, había quedado con un amigo y una amiga para ver unas pelis en casa y la invité. No era el mejor plan, porque la verdad que prefería estar con ella a solas, pero era enero, hacía frío y en el sofá, con la manta, tampoco se estaba tan  mal.

Bajé a buscarla a la parada del metro. Allí apareció ella, con esa mirada que todo lo cambiaba. Tiene una mirada, en serio, que cuando te mira a ti, te sientes especial. La típica mirada que te da confianza, que te hace estar agusto, que te hace ser tu misma y estar tranquila.

Me arreó dos besos cuando nos vimos… que ni os lo imagináis, con fuerza, agarrándome bien la cintura, apretando sus labios a mi mejilla…

Llegamos a casa, le presenté a mis amigos. Ella tiene ese don, que cae bien, que enseguida se siente cómoda, que encaja en los sitios.

Nos pusimos ella y yo en uno de los sofás y los amigos en el sofá de enfrente. Tocaba “El diario de Noa” … Sí, sí, esa película tocaba. Así que nos pusimos a verla. Las dos sentadas, muy juntas, pero sin ni siquiera rozarnos. Había que hacer algo. No se puede estar en el sofá viendo una película con una chica que te gusta y ni si quiera tocarla, no se puede. Así que me levanté, cogí una manta y nos tapé. Los amigos estaban más pendientes de nosotras que de Noa… Y eso me ponía nerviosa. Así que nos tapamos. Ella me decía que estaba bien, que no tenía fría, y yo le insistía con una sonrisa un tanto maliciosa que se tapara, que confiara en mi. Así que ahí estábamos las dos, en el sofá, tapadas. Y entonces le cogí la mano, todo por debajo de la manta, claro. Y ella me la apretó. Empezó a recostarse poco a poco sobre mí, poniéndose cómoda. Yo le pasé el brazo por encima de los hombros y la atraje hacia a mí. Todo muy despacio. Ella me abrazó el cuerpo, la cintura, mientras yo le besaba la cabeza y la abrazaba. Y en uno de los momentos que levantó la cabeza para mirarme, le di el beso. Me lancé, así sin más. Hay cosas que dan un poco de miedo o de reparo, pero yo sabía que ella quería y yo quería. No hay nada más fácil de hacer que hacer algo sabiendo con certeza que saldrá bien. No hay nada que temer.

Mis amigos comenzaron a aplaudir mientras nosotras seguíamos saboreándonos. Nos cortaron todo el rollo. Aunque las dos estallamos en risas. Y así pasamos la tarde, abrazadas, rozándonos, besándonos, abrazándonos… Vamos, todo muy empalagoso. Aunque muy bonito, al menos para mí. Aun a día de hoy, muchas veces nos ponemos a hablar de ese día, a recordar, y se nos escama una risa tonta. Fue muy bonito y casi imposible describir con palabras todo lo que pasó en mi sofá.

Y así fue como nos besamos por primera vez. He de decir que estaba deseando besar y morder esos labios tan carnosos, tan sonrojados. He de confesar que me encantó el primer beso, y el segundo , y el tercero… Besaba ( y besa, of course) genial. Además era de las mías, muy cariñosa. Y eso me encantaba.

Decidí prepararle la cena. Me encanta cocinar y no se me da del todo mal. Abrí la nevera mientras pensaba que le preparaba. Era un día especial y quería que se fuera con un buen sabor de boca, con una buena sensación.

Me decanté por salmón. Preparé salmón con unas patatas, algo fácil, rápido y que sabe genial. Le preparé la mesa y le serví la cena. Cuando vi su cara, se me vino todo el mundo abajo. ¿Qué pasa? Le pregunté.. Y ella me dijo con más cara de vergüenza que otra cosa… “No como pescado, no me gusta”… Lo estoy recordando mientras lo escribo y se me escapa la sonrisa tonta.

Volví a la cocina a preparar algo rápido de carne. Lo que ella quisiera. Con todo lo que habíamos hablado y sin embargo no sabía que no le gustaba el pescado. Fallo.

Y así fue como comenzó la relación. Tras este día ya fue todo en serio. Nunca hablamos de lo que teníamos o dejábamos de tener, simplemente nos fuimos dejando llevar. Yo ya la consideraba mi pareja, hay veces que no hace falta aclarar nada, ¿Qué iba a aclarar? Estaba clarísimo ya.

Mil gracias de todo corazón por dejaros caer por mi blog, por leerme, por comentar, por apoyarme.

Un saludo, muac.

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comentarios
  1. oceanodearte dice:

    Qué bonito, por favó. Que lloro y todo, casi.

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