Te oigo. Incluso cuando el silencio invade el espacio. Te oigo.   En susurros, sobre mi oreja.  Con la voz entrecortada mientras el alma me besas.

Te oigo. Con la voz suave, terciopelo. Con la voz dulce, caramelo. Con la voz cálida, tiempo bueno. Con tu voz, que el mundo acalla.

Te beso.  Cómo se besa por primera vez. Sin miedo, pero con timidez. Sintiendo toda tu piel estremecer.

Te beso.  Sin pausa ni descanso. Con sed. Con ansia, con necesidad. Con ganas de esta sed, la tuya y la mía, saciar. Te beso, no lo olvides, cómo hay que besar.

Te pienso.  Cómo se piensan las pequeñas cosas. Cómo se piensan a solas, los claros de lunas. Cómo se piensa en las grandes historias. Cómo se piensan las pequeñas cosas.

Te pienso.  Con tus curvas de mujer, que siempre sueño con volver a recorrer. Con tu tenue redondez y el color aceituna de tu tez.

Te anhelo. Cómo a las grandes ilusiones. Cómo un actor sin funciones. Te anhelo porque te anhelo, porque sin ti, solo existe el miedo. Porque sin ti, no existe esto.

Te siento.  Cómo se siente una caricia. Cómo cuando te acaricia la brisa. Cómo cuando miras el reloj y te entra la prisa, así te siento, impaciente.

Te siento.  Porque estás en mi presente. Estás en mi piel y también en mi mente. Estás en todos mis recuerdos y en mis ensoñaciones. Estás en mí, en mi mundo latente, en cada frase que escribo impaciente.

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