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¡Un año! Sí, ese es el tiempo que ha pasado desde mi accidente de moto. Un año, con todos sus días y cada uno de sus minutos. Un año que ha sido muchas cosas, pero en ese aspecto, ha sido un año difícil.

Ha sido un año lleno de rehabilitación cada tarde, de médico cada semana y de infiltración cuando era necesario. Ha sido un año de intriga y nervios por saber si mi dedo volvería a estar bien. De saber si mi muñeca era la causante de todo. Ha sido un año difícil.

Pero ya está, 365 días después aquí estoy, tecleando estas letras para quien esté al otro lado. ¿Os parece poco? A mí no, para que os voy a engañar. Podía ser todo diferente, por supuesto, pero es así y yo me siento regalada.

Así que, por favor, tener cuidado. No somos invencibles, ni somos heroínas ni héroes. No somos inmortales. Somos nosotras mismas. Y sí, esto puedo tener fecha de caducidad. No penséis que las cosas solo les suceden a los demás y que nosotras estamos cubiertas por un halo que nos protege. Las cosas suceden. A veces te suceden a ti y otras no. A veces a alguien cercano a ti, a algún amigo o familiar. A veces suceden cosas buenas y otras no. Pero siempre suceden cosas. No os arriesguéis.

Lo importante no es quien corre más o quien tarda menos en llegar a un sitio. Lo importante no es la velocidad, ni tener más o menos cabeza. Lo importante es llegar. No solo para ti, por supuesto, también para quien te espera. Siempre te espera alguien. Siempre hay alguien que espera por ti, que espera que no te pase nada, que espera en casa calentando las lentejas.

Para mí, no merece la pena. Para mí merece más la pena quien me espera. Así que yo no corro, no arriesgo y no hago cosas sin sentido. No lo hacía antes y no lo haré ahora. Sí, es cierto, he tenido un accidente. Sí, es cierto, no fue culpa mía. Pero lo tuve. Intentaré estar más atenta y por supuesto, el resto de los conductores. Nos puede pasar a cualquiera, por eso es importante extremar cada uno su prudencia.

No hay nada más importante que llegar a casa y besar a mi chica, aunque llegue cinco minutos tardes, aunque llegue con el buzón de voz lleno de mensajes sin atender, aunque llegue cabreada por el tráfico. Se que cuando abra la puerta y la vea, veré que ha merecido la pena.