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Queridos Reyes Magos:

Como cada año, aquí está mi carta, con todos mis deseos para el próximo año.
Quiero y deseo con todas mis fuerzas, compartir estas fechas una y otra vez con ella. Me da igual que cada año tenga que romperme la cabeza buscando el regalo perfecto, o que no nos pongamos de acuerdo a la primera sobre el menú o el regalo de las sobrinas. Quiero estas fechas a su lado para siempre, porque solo a su lado cobran sentido para mí, una pagana que ha comenzado a creer, pero en ella.
Quiero domingos de despertares tardíos, café en la cama y charlas antes de poner un pie en el suelo. Sí, eso mismo. Quiero que no haya prisa ni estrés, que el café dure lo que tenga que durar,sin imponer topes o toques de queda.
Quiero todo esto que comparto con ella, pero elevado a la máxima potencia, mi potencia a su lado. Quiero todo lo que ahora tengo, pero multiplicado por lo que la quiero. Quiero más, de cada cosa que tenemos, de cada sentimiento que compartimos, de cada noche que hemos dormido abrazadas, quiero más. No me canso de pedir más, no me canso de querer más.
Quiero un salón lleno de juguetes, un bebé que llore y un niño que me llamé mamá. Compartir todo ese que hemos multiplicado por infinito, con nuestros hijos. Nuestros y en plural, no podía ser de otro modo. Quiero levantarme por la noche, y asomarme a la cuna solo para poder sonreir una última vez, antes de abrazarte por la espalda y recordarte lo mucho que te quiero.
Quiero que en mi mesilla de noche, junto a las novelas que leo haya algún cuento infantil, sí. Porque nada me apetece más, que cada noche leer a mis hijos algún cuento. Me encantaría estar ahí, imitando las voces de los distintos protagonistas, mientras se le van cerrando los ojos y se va quedando dormido, en paz.

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Quiero pasear sin tener un destino fijo, mientras comentamos, hablamos e imaginamos. Es nuestro pequeño refugio del mundo, de nuestras obligaciones e incluso a veces, de nosotras mismas y nuestras responsabilidades. Mientras paseamos, no existe nadie más. No hay móvil, no hay estudios, no hay trabajo… Solo tú y yo, y la ciudad por delante, conversando.
Quiero seguir haciendo el amor y seguir sintiendo que nos unen tantísimas cosas. No puedo imaginarme lo que sería no sentirte. Pocas cosas hay tan placenteras, como saberte llena de deseo por la chica a la que amas. A mí me pasa. Siete años después, la deseo más y más cada vez. Es maravilloso, como ella.
Quiero días en los que no importe no peinarte y quedarte en pijama, en los que no importe no querer levantarte del sofá, en los que no importe nada más, que nosotras, despeinadas y en pijama, en el sofá. Compartiendo quizá un café, una película, o el silencio, pero será nuestro momento.
Quiero mirarla a los ojos cada noche, todas las noches. No importa lo que haya pasado ese día, no importa el estrés que tenga acumulado o la carga que llevemos cada una sobre nuestros hombros, quiero mirarla todas las noches a los ojos, porque solo así, me sentiré en casa, tranquila y confiada. Capaz de soportar esa carga o ese estrés, porque sé que merecerá la pena.
¡Quiero ahorrar agua con ella! Me encanta, cuando el tiempo nos pisa los talones y nos duchamos juntas, compartiendo esponja y champú. Pero aún me encanta más, cuando lo hacemos sin que haya un motivo aparente para ello, cuando lo hacemos por estar juntas, compartiendo el agua. Es increíble, ella lo es.
Quiero poder darte una casa, una casa de verdad. Grande, bonita, con suelo de parquet y con terraza. Quiero esa casa llena de niños, al menos tres, y que correteen por toda ella, dejando el pasillo inundado de juguetes a su paso.
Quiero un gran árbol de Navidad, dónde poner nuestros regalos y nuestros calcetines. Me gustaría tener muchísimas cajas, perfectamente envueltas colocadas a sus pies. Ella ya sabe, que no las envolvería yo, porque soy muy torpe. Pero estarían perfectamente envueltas para la ocasión.
Quiero casarme con ella, lo quiero. Aún quedan unos meses, cada vez menos y aun así, se me está haciendo eterno. Desde que se lo pedí, hasta que finalmente hemos dado el paso y hemos comenzado a organizarlo, ha pasado tiempo. Deseo que llegue ese día, verla de blanco y poder decirnos al fin, el sí quiero. Lo estoy deseando…
Quiero más noches de felicidad, sí. De esas en las que yo me recuesto en la cama y abro algún libro y ella, se recuesta a mi lado, me abraza y se queda dormida. No hay nada más placentero que eso, es de las cosas que hacen cosquillas al corazón.
Quiero viajar con ella, viajar alrededor del mundo. Me da igual ir a las zonas más pobladas, más bellas o más desérticas del mundo. Me da igual ir a veinte kilómetros de casa o a seis mil. Me da igual que mi equipaje sea de mano, facturado o una triste mochila y un bocata de tortilla, me da igual. Porque cada experiencia que vivimos, cada viaje, cada espacada, cada “cosa” fuera de nuestro día a día, es especial. Quiero más momentos de esos, más.
Quiero hacerla feliz, siempre. A veces, conoces a personas que son excesivamente buenas, excesivamente valientes, excesivamente luchadoras y trabajadoras. Ella es de este tipo de personas. No le cuesta ayudar a la gente, es más, está deseando hacerlo. Se ofrece para todo a todo el mundo. Trabaja muchísimo y sin mirar la hora, aunque tenga que comer a la hora de la merienda y se tenga que levantar antes que el cuco. Se merece ser feliz 365 días al año, se lo merece. Es lo justo. Yo quiero ser quién le haga feliz, al menos una de las personas. Quiero seguir estando a su lado, robándole una sonrisa y si se despista, una carcajada. Porque eso, es lo que le hace continuar y seguir ayudando. Quiero tener esa capacidad siempre.
Quiero una cita con ella, sí. Una cita romántica, una cita de salir a dar un paseo, quizá ir al cine a ver una película y por supuesto, llevarla a cenar. Así, podremos hablar, podremos compartir y podré intentar hacerla sentir la persona más importante del mundo. Quiero citas con ella a diario, y si a diario no puede ser, al menos que sean los días pares.
Quiero sorpresas, que nunca se acaben las sorpresas en nuestras vidas. Que siempre haya algo que veas y pienses, “esto le encantará a mi pequeña” y así, darle una sorpresa un miércoles, por el mero hecho de ser miércoles y ser la chica más bonita del mundo.
Quiero mensajes, muchos mensajes en mi teléfono. Me encanta cuando suena el móvil, con su melodía especial para ella y sale su foto en la pantalla. Se me viene el ánimo arriba y porque no, también se me escapa alguna sonrisa.
Quiero… Quiero… Quiero muchas cosas, queridos Reyes Magos. Pero todas con ella. Quiero ser feliz, quiero una casa, quiero hijos y juguetes, quiero leer cuentos e imitar voces. Quiero un árbol de Navidad gigante, dónde poner todos mis regalos, quiero citas y domingos en la cama. Sé que pido mucho, sé que las cartas normales son más cortas y más concretas. Piden cosas demasiado específicas, demasiado materiales.
No quiero ni necesito nada material, ¿Saben por qué? Porque el material ya lo tengo. Sí, el material para ser feliz, ya lo tengo. No quiero más jerséis, más vaqueros o un teléfono nuevo. Eso no me hace feliz, eso solo abriga o viste o me entretiene un rato. Yo quiero algo que de verdad abrigue el corazón, me vista con una sonrisa perenne y que no me entretenga un rato, que sea mi vida.

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He pasado una semana alejada de mi chica y de Barcelona. He pasado una semana alejada del trabajo y de los estudios. He pasado una semana alejada del denso tráfico y de madrugones matadores. Y a pesar de todo lo bueno, he pasado una semana echándolo de menos.

Me he ido a pasar unos días a casa, a mi tierra. He podido disfrutar de mis sobrinas y ver lo rápido que crecen y lo rápido que pasa el tiempo, ellas son la prueba. 

Estar en mi casa, me hace bien, pero está tan lejos…. Pocas veces me voy sin mi novia, la verdad, pero este viaje era distinto, era especial. He ido a por mi vestido de novia ¿y sabéis que? ¡Que ya lo tengo!

Sí, habéis leído bien, ya tengo mi vestido de novia elegido y encargado… Y eso me pone nerviosa. Parece que queda mucho para ese día, nuestro dia, donde nos diremos el sí quiero en la noche más corta, mágica y especial del año, pero lo cierto es que no falta tanto…

Estoy contenta de lo que vamos avanzando y nerviosa por lo que aún nos queda y porque, todo salga bien. No es fácil planear las cosas en la distancia.

Así que, os saludo desde el tren llegando a Barcelona ya, entre algún punto entre Lleida y Tarragona. Deseando llegar a Sants, comerme a besos a mi chica y enseñarle mil fotos de esta semana, eso sí, ninguna será con un vestido blanco.

¡¡Buenos días, buenas noches y a comerse el miércoles!!

No hay nada fácil, al menos aquello que ansías no lo es, porque si lo fuese tú misma perderías el interés.
No hay nada imposible, al menos que tú lo sientas así, porque mientras te levantas y lo intentes, siempre lo podrás conseguir. El problema está cuando renuncias a lo posible.
No hay nada definitivo en esta vida porque todo cambia, todo avanza, todo sigue su curso, sigue su camino, su carencia… Como si nada.
No hay mejor compañera con el que compartir la vida que tú misma. Has de aprender a reconocerte para no odiarte. A comprenderte para valorarte. A callarte cuando solo necesitas gritar y a gritar cuando el mundo pide tú silencio. Aprenderás a querer más de ti que de nadie, a no esperar respuestas positivas, solo a generarlas… Aprenderás por ti o por tu compañera.
No hay peor enemigo que tú misma. Somos la cara y la cruz de una misma moneda. Somos el todo y la nada de una misma apuesta. Somos la antítesis hecha persona, la negación constante, la lucha interna entre barro y mirones. Somos la solución equivocada a un error que aún no se ha cometido, pero que ya lo esperas. Somos muchas cosas y a veces pensamos que todas malas, a veces pensamos mal.
No hay heroína tan valiente cómo tu misma. Te enfrentas al mundo día a día, sin coraza ni antifaz. Enfrentándote a tus miedos sin ni siquiera disfraz en la que esconder tu miedo, sin armadura con la que protegerte de la realidad y sin poderes para ahuyentar a los malos. Eso es ser valiente, el caer y sin embargo, día tras día, volver a la rutina. Volver al rin, volver a luchar o a vivir, pero sin miedo, sin capa ni poderes, porque no hay mejor poder, ni más fiero que la determinación de estar ahí, de luchar por algo. No huyas, ni te rindas, ni te escondas. El mejor poder eres tú.
Nos faltan muchas cosas, eso ya lo sabemos. Es algo curioso, porque cuando algo falta es más complicado contarlo, a pesar de no estar ahí, de no sumar en número. Pero, para que perder el tiempo contando aquello que no tenemos, aquello que no suma y aquello que solo nos distrae y nos hace volar hacia aquello que no tenemos… Quizá, todo sería más fácil si pensásemos en aquello que sí tenemos, porque mientras lo haces igual pierdes la cuenta y sonríes. Aunque sea un segundo o dos, sonreír de por sí, ya vale la pena.

No todos los días son buenos, ojalá lo fuesen. Hay días en los que te levantas con el pie izquierdo y solo deseas que llegue la noche, para volverte a acostar y así, esconderte del mundo y de tu mal día bajo la colcha.
No todos los días son buenos, ojalá lo fuesen. Hay días en los que te levantas y te dan ganas de tirar la toalla, sí, de dejarlo todo y comenzar de cero en alguna otra cosa. Dan ganas de tirar la toalla pero bien lejos, lejos de ti para que así, no vuelvas a por ella, no vuelvas a caer.
No todos los días son beunos, ojalá lo fuesen. Hay días en los que te levantas deseando decirle al mundo que hoy, no te molesten, que hoy no estás, que hoy no oyes o simplemente desoyes. Hoy no es el día para escribirme, hoy no es el día para preguntarme porque hoy no es mi día y no quiero que a los demás les pase lo mismo. No es un buen día.
No todos los días son buenos, ojalá lo fuese. Hay días en los que te levantas sabiendo que algo va mal. Lo palpas en el ambiente, lo hueles, lo sientes… Algo va mal, algo va a pasar… Y si algo puede salir mal, ese es el día, este día.
No todos los días son buenos, ojalá lo fuesen. Hay días en los que te levantas preguntándote acerca de todo. ¿Podré con esto…? ¿Conseguiré aquello…? ¿Merece la pena tanto…? Todo lo cuestiones, todo. Desde tus ganas hasta tu condición de alcanzar ciertas cosas. Quizá el problema no sean esas preguntas, no. Porque las preguntas no muerden el alma ni la autoestima. Quizá el problema sea la respuesta a esas cuestiones. Y esa respuesta la sabes tú, solamente tú.
No todos los días son buenos, ojalá lo fuesen. Hay días en el que llueven las noticias, las malas por supuesto, y el vaso está medio vacío. No sabes explicar muy bien por qué, pero existen. Ayer te acuestas siendo la persona más feliz, dejando tu mundo ordenado y tu conciencia bien tranquila y hoy ha cambiado todo.
No todos los días son buenos, ojalá lo fuesen. Hay días en los que tú misma sientes ese afán negativo que tiñe todo tu mundo de negro y tus pensamientos de inseguros. Ese día en el que sientes que pienses acerca de lo que pienses, estará mal. Porque tu humor, tu poder de realizar las cosas y tu energía están en negativo. Están en negativo porque algo ha salido mal, porque un par de cosas han salido mal y tu mundo, se ha venido abajo. Pero no es justo ¿NO crees? (Me pregunto a mí misma…)
Si yo no fuera yo y lo viera desde fuera, me daría una colleja y me obligaría a ponerme manos a la obra para seguir luchando y defendiendo aquello en lo que creo, sí eso haría.
Si yo no fuera yo y lo viera desde fuera, me apremiaría a que siguiera luchando por todo aquello que sueño y por todo aquello que creo, cuando no estoy en plan negativa, que podré lograr.
Si yo no fuera yo y lo viera desde fuera, me daría un tiempo para pensar, recapacitar y sopesar todos esos planteamientos. Porque se, que esas noticias duelen y te hacen replantearte muchas cosas. Por eso mismo, igual debes sentarte y replanteártelas, sin miedo y sin pedir perdón. Piensa, piensa en ti.
Si yo no fuera yo y lo viera desde fuera, te diría tantas cosas… Pero claro, sigo siendo yo y no me veo desde fuera, pero me veo desde dentro y eso es una ventaja. Se lo que piensas y lo que sientes antes incluso de que lo comuniques o te lo calles. Conozco todos tus miedos e inseguridades, por eso sé por qué actúas de determinada manera, porqué aprietas tus puños o porque balanceas tu pierna cuando hablas con un desconocido. Sabría decirte que todo lo que sientes ahora, se resumiría en una sola cosa. Tienes miedo. Sí, miedo a diferentes cosas, pero al fin y al cabo, miedo. Tú, una tía valiente, que se pone el mundo por montera y echa a andar, tiene miedo, además el peor de los miedos. El miedo a defraudar a una misma, el miedo de tener que decirte que no has podido, que no lo has logrado, que no vales para esto o para aquello. Todo lo que te pasa se resume así, miedo.
Así que, ponte el mundo por montera y también algún satélite o algún otro planeta, ponte lo que quieras ¿De acuerdo? Pero levántate de esta silla y comienza a cambiar algo, lo que tú prefieras. Haz algo que te haga sentir bien y termine ayudando a combatir ese miedo. Lo que tú quieras, tienes elección.

Nunca dije que preparar una boda fuese fácil, ni mucho menos. Pero es que, jamás pensé que fuera tan difícil.
Teníamos la primera incógnita ante nosotras ¿Dónde haríamos la boda? Porque claro, mi chica es de Barcelona… Pero yo no. Mi casa, mi tierra, mi hogar están muy lejos de aquí, a unos 800 km. ¿Dónde lo haríamos? Yo lo tenía claro, sería en Barcelona.
Sí, en Barcelona. Pensé que si lo haríamos en mi casa, saldríamos hasta en los periódicos. No deja de ser una ciudad pequeña y ciertas cosas llaman más la atención que otras. Pero ¿Sabéis qué? Cambié de opinión. Me hacía ilusión casarme en mi tierra, mucha ilusión. Independientemente de que fuera una cosa que trascendiera o no, porque en verdad me importaba un bledo. Quería regalarme eso, casarme allí.
Nosotras pasamos todo el año en Barcelona salvo ciertas escapadas que hacemos para ver a mi familia. Las grandes citas anuales, las Navidades, cumpleaños y demás las paso aquí, alejada de mi gente. A veces, si se da la casualidad de que tengo días libres y el viaje no me sale demasiado caro, me lio/nos liamos la manta a la cabeza y nos acercamos. Pero no siempre podemos, no siempre es tan fácil y tan barato.
Por eso quería regalarme y regalar a mi gente eso, el hecho de celebrarlo allí. Así que pensé, bueno, si ya sabemos cuándo va a ser y dónde, el resto será pan comido ¡Qué ingenua soy! Solo habíamos pasado una prueba de las muchas que tendríamos que pasar, solo una.
Hay mucha gente que ya nos ha dicho que no podrá asistir a la boda y creo que es una pena. Supongo que sería más barato, más cómodo y más fácil si la boda se realizara en Barcelona, al menos para la gente de aquí, claro está. Es una pena que no pueda tener a todos ese día por la maldita distancia. Entiendo, que el hecho de casarnos tan lejos de aquí añade un plus a los gastos, lo entiendo. Pero si fuera de la otra manera, añadiría un plus a los de allí. No lo teníamos fácil desde el comienzo, supongo.
Así que, ahora que ya tenemos la cita en el ayuntamiento concertada (y pagada) la reserva del día en el restaurante, el fotógrafo y la lista confeccionada, empieza la cuenta atrás para comenzar a organizar absolutamente todo.
Tenemos millones de ideas de lo que queremos y cómo lo queremos, ahora solo falta intentar llevarlo a cabo y que salga todo bien. Pero puedo afirmar que a pesar de estar un poco estresadas, estamos muy contentas de todo lo que se nos viene encima. Así que, a ello vamos.
A los que iréis a la boda y compartiréis con nosotras el día más importante de nuestras vidas, gracias. Es la primera vez y supongo que será la única que podré tener lo mejor de Barcelona, lo mejor de mi casa y mi tierra juntos, mientras le doy el “sí quiero” a la mejor mujer del mundo ¿Qué más puedo pedir?

Apagué una a una las luces de todo el piso y cerré la puerta con llave tras de mí. Me puse mis gafas de pasta que solo me ponía para leer y me dirigí al dormitorio.
Encendí la luz de la mesita y me acosté, besando a mi chica en la cabeza. Ella, se volvió hacia a mí y me devolvió el beso.
-¿Qué miras amor? – Le pregunté.
-Lo de la luna de miel, cariño. –Me dijo enseñándome la pantalla del móvil – Me han dicho que esta agencia es muy buena y hace muy buenos precios.
Cogí el libro que acababa de comprar y que descansaba ya en mi mesita, junto al interruptor de la lámpara de noche. Acomodé los almohadones tras de mí y abrí el libro en la primera página.
Me encanta la sensación de abrir un libro por primera vez, la sensación de saber que todas esas páginas me van a regalar momentos increíbles, sin saber exactamente cuáles serán. Leer es un vicio, pero no es un vicio apto para cualquiera.
Comencé a leer el capítulo 1 mientras mi chica se acomodaba sobre mi pecho, sujetando el teléfono entre sus manos.
Entonces sonreí. Sonreí para mí misma, en silencio, sin muecas ni aspavientos. Sonreí por la vida, por los pequeños detalles, por las grandes ocasiones. ¡Eso era! Era una gran ocasión… Grandísima ocasión, era tan grande, que yo misma firmaría porque todas las noches a partir de esta, me acueste abrazando a la misma mujer mientras sujeto un libro entre mis manos y me siento tan absolutamente feliz. Porque firmaría por acariciar su pelo mientras la observo pensativa hacer o deshacer millones de cosas y sentir que soy feliz. Porque firmaría por tener como preocupación cada noche, cuantos capítulos voy a leer…. Por eso firmaría, por más noches cómo la de hoy, por más días como este.
Ahora ya, buenas noches. He dejado el libro en mi mesita, he apagado la luz y he besado a mi chica. Ahora, solo me queda acurrucarme a su lado y… Seguir soñando, porque eso es lo que es mi vida. Un sueño, mi sueño.

¿Habéis tenido la sensación de que el orgullo que sientes hacia una determinada persona no te entra en el pecho? ¿Qué el orgullo que sientes es tan grande que lo tienes que sacar de dentro de ti? ¿Qué tienes que explicar y mostrar al resto de las personas tu motivo de ser la persona más orgullosa del planeta?

Así me siento yo…

Me había sentido orgullosa muchas veces de las personas que tengo cerca. Siempre hay algún motivo por lo que sacar pecho, por lo que poder susurrar dentro de mí, lo afortunada que soy. Siempre hay algún motivo por el que sonreír, por el que reunir a tus amigos. Siempre hay algún motivo que te empuja a seguir hacia delante…

Sentir orgullo por alguna persona cercana a ti, es precioso. Cerrar los ojos y pensar, es parte de mí. Es mi pareja, mi hermano o mi hermana, mi amiga… Esa persona tan grande, es parte de mí… Y notar como algo dentro de ti, se hace aún más grande. Porque rodearte de ese tipo de personas, de las que te hacen cerrar los ojos, coger aire y sentirte grande, es lo que me hace sonreír y seguir hacia delante.

Recuerdo ver a mis hermanos en sus respectivos trabajos, serios, guapos, con su saber estar y su saber hacer. Recuerdo verles resolver ciertos problemas con una diplomacia y habilidad, que te hacían replantearte muchas cosas.

Recuerdo ver a mi hermana con su hija en brazos y decir, es mi hermana, es mi sobrina… Y sentir como el vello de mis brazos se erizaban mientras las observaba. Pletóricas. Ella jamás sabrá hasta qué punto me hizo sentir orgullosa y feliz, porque fue un momento mágico.

Recuerdo ver a mi chica crecer a mi lado. Verla perder miedos, perder inseguridades, ganar  confianza en el mundo y en las personas. Recuerdo verla sonreír a carcajadas, la recuerdo restando importancia a los problemas para evitar que me preocupe, recuerdo verla protegerme de todo y ante todo. Recuerdo cada día que he vivido con ella, cada viaje, cada escapada, cada momento de risas que acaban en lágrimas, de siestas que acaban a la hora de la cena. Recuerdo cuando me dijo por primera vez que me quería, y también recuerdo cuando fue la última vez, esta mañana.

Y ahora, gracias a las tecnologías y a pesar de estar a más de 800km de mi casa y de mi familia, he podido sentir nuevamente esa sensación de orgullo. De esa que te obliga a cerrar los ojos y respirar despacio.

He podido ver a mi sobrina gatear… Y he podido ver cómo le han salido los dientes… Ya tiene dos.

Nunca me ha dado miedo estar tan lejos de casa. Sé que mi familia y mis raíces están ahí. Eso no lo cambian 800km ni 4000. Siempre he sabido que ellos estaban ahí y ellos sabían que estaba aquí, para lo que hiciera falta. Nos turnábamos para visitarnos, venían… íbamos… Y tan felices.

Cuando nació la niña… Algo cambió dentro de mí. Me daba miedo no verla crecer, me daba miedo que creciera sin saber quiénes éramos nosotras, sin que nos pusiera cara. Que pensará… “Ah… Son mis tías las de Barcelona…” Por eso durante estos 8 meses que tiene mi pequeña, he ido más veces que en los 6 años que llevo viviendo en Barcelona.

Pero ahora, hacemos video llamadas diarias. Todos los días, mi hermana me llama y podemos ver a la niña. ¿La suerte? Que sabe quiénes somos. Cuando sale nuestra cara en la pantalla, la vemos sonreír y eso, nos desarma.

Mi hermana le ha enseñado a decir hola y adiós con la mano… Y cuando salimos en la pantalla, la niña nos saluda con la mano y sonríe.

La hemos visto gatear, la hemos visto saludar, la hemos visto los dos dientes que comienzan a salir… Pero lo que nadie se imagina, es lo feliz que nos hace poder ver eso…