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Hoy hace cinco años que tomamos el primer café juntas, ¿lo recuerdas?

Hoy hace cinco años que estaba en mi casa eligiendo el modelito con el que me iba a presentar en tu casa para recogerte… Recuerdo como una compañera me ayudaba en la “difícil” elección.

Hoy hace cinco años que salí de mi casa nerviosa para ir a recogerte a la tuya. Iba en el coche, conduciendo y pensando en todo lo que podía pasar a partir de ese café…

Hoy hace cinco años que te recogí en tu casa, como a una princesa, y te llevé al centro de Barcelona, a una de las cafeterías que yo conocía y que tienen ese encanto especial para una primera cita.

Hoy hace cinco años que llegamos a nuestra cafetería, en pleno Born, toda ella iluminada a base de velas que estaban por todo el local. Nos tomamos un café y pudimos hablar más de nosotras, contarnos historias, anécdotas, sueños…  Recuerdo muchas de las cosas que nos contamos, me sentía tan cómoda que cada vez iba contando más y más cosas, hablándote de mí sin miramientos.

Hoy hace cinco años que pude conocer a una chica preciosa, simpática, con un gran sentido del humor y especial, muy especial.

Hoy hace cinco años que te llevé a cenar por primera vez. No sabía qué tipo de comida preferías, así que opté por unas tapas. ¿Lo recuerdas, cariño?

Hoy hace cinco años que me tembló el pulso cuando ví que te sentabas a mi lado en la cafetería, muslo con muslo, brazo con brazo.

Hoy hace cinco años que me quedé casi sin aliento al notar tu mano por mi muslo… Lo recuerdo tan bien… Estábamos cenando y ella, sin querer ( O no… ), tiró el vaso con todo su refresco…  Me dejó el pantalón empapado de Nestea… Y ella, muy nerviosa, comenzó a sacar servilletas y a intentar que no me mojara, así que servilleta en mano, me recorrió el muslo, mientras yo me reía y le decía que no importaba…

Hoy hace cinco años que te llevé de vuelta a tu casa, mientras en el coche seguíamos hablando e incluso en algún tramo, cantando. La cita estaba saliendo genial, las dos nos sentíamos muy cómodas, con ganas de que no se pusiera el sol y de que no acabara ese maravilloso jueves…

Hoy hace cinco años que aparqué en frente de tu portal sobre las once de la noche y nos dieron las cuatro de la mañana hablando… Sí, hablando. No pasó absolutamente nada, aunque las dos nos palpábamos las ganas, las cosas como son.

Hoy hace cinco años desde que me enamoré de ti, desde que supe que quería compartir mi vida contigo, desde ese día supe que yo había encontrado a mi mitad, porque cuando estoy sin ti, me siento mermada.

Hoy es un gran día, un día precioso, un día para celebrar… Hoy hacemos cinco años, mi vida y eso me hace muy feliz… Siempre lo hemos celebrado como se merece, ¿Recuerdas? Pero este año la celebración tendrá que esperar un poco….Pero muy poco, porque hoy ya es miércoles y tú el sábado de madrugada llegas… Un poco más, mi vida para disfrutar de todo juntas. Yo puedo, aunque me cueste ¿Y tú?

Sobre las 10 de la mañana me estaba terminando de arreglar para ir a correr y justo llamaron al telefonillo… Cuando abrí… Venía un repartidor con un paquete para mí… La caja estaba llena de corazones en los que se leía Te quiero… Y dentro me esperaba un desayuno bien acompañado por una rosa, por un peluche en forma de corazón, con una taza para el café y una nota, preciosa, que ha conseguido que me emocione y que se me empañen los ojos… Gracias mi vida, por el paquete y por toda la vida que me estás regalando. Te quiero.

 

Hoy quiero compartir con vosotros un relato que escribí para el concurso que organizaba Walskium, espero que os guste.

 

 

Santa Campaña

 

El ladrido de los perros me devolvió a la realidad del coche. Aparté a Carlos que me besaba con devoción. “¿Has oído eso?”. Se volvió hacia a mí susurrando un “tranquila” que murió cerca de mi nuca. “Algo pasa, Carlos, noto el nerviosismo de los perros”.

Me coloqué la ropa, “¿Qué haces, Inma?”, oí que me preguntaba sereno. “Estamos solos, estamos solos en este maldito bosque…” Dijo alzando la voz mientras se subía la cremallera.

Tiré de la maneta y abrí la puerta. Una ráfaga de oscuridad me devolvió a la realidad. Noche de San Juan, de madrugada en el bosque. “Bien Inma, bien…”

Los perros seguían ladrando de una manera desmedida, algo pasaba.

Dimos varias vueltas alrededor del coche, haciendo cada vez más amplios los círculos. No había nadie, pero no estábamos solos. Se oían una especie de cánticos, de oraciones. Se oían unos susurros ininteligibles que ponían la piel de gallina.

El aullido de un lobo cercano hizo que nos girásemos y nos buscásemos. “Nos vamos”, susurró Carlos. Nos dirigimos con el paso y la respiración acelerada hacia el coche. Fue entonces cuando ambos pudimos escucharlo con claridad. Era como una oración conjunta. “¿Eso es latín?” No me respondió. Entramos en el coche, puso la llave en el contacto, la giró, pero el coche no arrancó. “¡Mierda¡”. Comenzó a golpear el volante una y otra vez con sus manos. “¿Y ahora qué hacemos? ¿Qué hacemos?”.

Salimos del coche y la oración nos llegó de manera clara, como si la gente que rezaba estuviera a nuestro lado, decían: “Que propter nos hómines et propter nostram salútem descéndit de caelis et incarnatus est de Spíritu Sancto ex María Vírgine…”

¿Por dónde venían? Mirábamos a derredor nuestro y no había nadie. Entonces recordé las palabras de mi abuela. “Cuando cae la noche y la oscuridad lo envuelve todo, la Santa Campaña sale de procesión y recorren errantes los caminos…” Pero… ¿Cómo iba a ser la Santa Campaña? ¿Cómo iba a ser un grupo de almas errantes vestidas con una túnica y capucha blanca, portando una vela mientras conducen a un mortal que pronto abandonará la tierra? ¡Eso es imposible!”

“Carlos ¿Has oído hablar de la Santa Campaña?” Le hice un breve resumen de lo que recordaba de las historias de mi abuela. “¿Y ahora qué hacemos?” Me dijo asustado.

Había varias maneras para evitar a la Santa Campaña. Mi memoria trabajaba a contrarreloj, intentando recordar. “No les mires a los ojos, ¿me has oído? Y si se te acercan haces un círculo en el suelo con una cruz dentro y te metes dentro. No dudes y hazlo”.

Las oraciones dieron paso a otro tipo de rezo más rítmico, como si cantaran, decían: “Quantus tremor est futurus,quando iudex est venturus.”  El olor a cera me recordó que estaban cerca.

Intentaré describir lo que vi. Un hombre extremadamente delgado portaba una cruz y un caldero, seguido de una procesión fantasmal, ataviados todos de blanco, descalzos y con una vela.

Se aproximaron a nosotros. “Carlos, no les mires, no les mires…” Le recordé mientras clavaba mi barbilla contra mi pecho.

El que precedía la comitiva se nos acercó, yo me agaché e hice un círculo en el suelo con una cruz y me metí dentro. “Carlos, el círculo… ¡Haz el círculo!”.

Estaba de pie, absorto, con su mirada clavada en el hombre tan delgado que llevaba la cruz. “No les mires”, le volví a decir, pero ya era tarde, demasiado tarde. Carlos cogió la cruz que le ofrecían y comenzó a andar delante de ellos, guiándoles.

 Le enterramos a los cuatro días.

 

Hará cosa de un mes decidí que quería hacer un regalo especial a mi chica por su cumpleaños. No quería regalarle un detalle y llevarla a cenar…No, este año, sería distinto, este año lo recordaría el resto de su vida, así que, me puse manos a la obra.

Cree un grupo de “WhatsApp” con nuestros amigos más directos y les comenté la idea que había tenido. La verdad que no me esperé que la gran mayoría, sin importar el día, ni el lugar, ni el precio… Aceptase, todo por estar en su día, con ella.

¿Os acordáis de mi amiga, la que se casó? Pues bien, ella y su marido, adelantaron su luna de miel dos días para poder acompañarnos ese día… Os lo digo todo ¿Verdad?

Me pasé un mes hablando en “secreto” con los amigos, escondiendo el móvil, quitándole las notificaciones cada vez que llegaba a casa, silenciándolo… No os podéis imaginar el estrés que llevaba encima.

Al final encontramos el sitio donde lo íbamos a celebrar y apalabramos un menú. El restaurante en cuestión, tiene cuatro escalones antes de acceder, dónde pondrían una alfombra roja con velas a ambos lados hasta llegar a la puerta de entrada. Así la recibiríamos. Así que una vez que teníamos el restaurante, el menú, los invitados, los sombreros de copa y las máscaras que íbamos a llevar, solo quedaba… “engañarla”, y esa era mi misión, je je.

Creo que ya os había comentado que nuestro cumpleaños es el mismo día, que nacimos exactamente el mismo día y que siempre celebramos el cumpleaños juntas… Pues bien, este año cayó en viernes y no teníamos preparado “nada” para hacer, así que ella, escribió a todos nuestros amigos ( a los mismos que había escrito yo… ) para quedar a  cenar todos juntos y así alegrarme el cumpleaños y sorprenderme, por supuesto… Pero todos dijeron que no podían, se inventaron mil y una excusas para no ir, por lo que os podéis imaginar su indignación y su enfado… “Vaya amigos, no quieren venir a cenar, ya les vale…” Y mientras, en realidad, todos estaban haciendo cosas para que el sábado saliera todo a pedir de boca, para ella.

Y llegó el sábado… ¡¡Qué estrés!! Yo tuve que dar mil vueltas con el coche para recoger todo lo que teníamos escondido por ahí, para recoger los regalos, para recoger a mi amiga y a su marido, para llevarles al restaurante y dejarles abandonados allí, porque si no nos pillaba… Muchísimo estrés. Pero todos, los amigos, sus padres y yo, estuvimos al pie del cañón, preparados para todo.

A las 19,30 o así llegó ella del trabajo y la lie para que se quedara conmigo en el sofá, diciéndole que la película que daban en antena 3 estaba muy interesante ( yo acaba de llegar del restaurante, que había dejado allí a mis amigos…). Nos dieron las 9 viendo la película, entre bromas y risas.

Habíamos quedado que el sábado saldríamos a cenar, ya fuera solas o con alguien, pero como todo el mundo tenía planes… Iríamos nosotras… Así que me preguntó que si al final íbamos a salir y al decirle que sí, se fue directamente a la ducha.

Tras prepararnos, la monté en el coche y le vendé los ojos… Lo sé, lo sé, eso ya deja poco a la imaginación, pero no tenía más remedio, sino me pillaría nada más doblar la esquina… Le di varias vueltas por el pueblo antes de salir y dirigirme al restaurante. Le iba hablando, dándole besos, cogiendo las manos… Estaba tranquila.

Al llegar, aparqué el coche, la ayudé a bajar y con los ojos aun tapados la dejé al pie de las escaleras. Cuatro escalones la separaban de todos sus amigos, cuatro escalones la separaban de la gran sorpresa que llevábamos tiempo tejiendo en el silencio del whatsapp…

Le quité el pañuelo que cubría sus ojos y se quedó un poco aturdida al ver el restaurante… ¿Qué hacemos aquí…? Me dijo. Yo la animé a que subiera y entrara en el local. Aun no veía a nadie. Nada más entrar, con el paso temeroso que iba, comenzó a ver a gente con sombreros de copa tintados a base de purpurina de colores y unas máscaras con gafas y narices enormes… No reconocía a nadie… Pero todos la saludaban y le cantaban el mítico “Cumpleaños Feliz” de Parchís….

Ecografía

Cuando mi hermana me avisó de su embarazo, de sus planes y por supuesto, me hizo eternamente feliz, yo ya tenía decididas nuestras vacaciones, nuestros destinos y demás cuestiones.

Habíamos decidido hacer una ruta por Andalucía, ya que, tanto mi chica como yo, conocíamos muy pocas provincias. Teníamos 15 días de vacaciones para usarlos a nuestro antojo y conocer todo lo que pudiéramos de aquella tierra, su gente, sus costumbres, su gastronomía… Y lo deseábamos como agua de mayo.

A escasas semanas de emprender nuestro viaje, mi hermana me llamó para informarme de que le habían dado hora para la primera ecografía… ¡La primera! Era el día 24 de julio…

Ese día nosotras estaríamos en Andalucía y aun nos quedarían días para estar por allí disfrutando. Cambiamos todos los planes, recortamos días por todos los lados y el día 23 nos recorrimos media España (Casi literal) Para poder estar el día 24 junto a mi hermana.

Ella no sabía nada, por supuesto, porque no nos hubiera dejado subir. Pero allí nos plantamos. Mi madre y mi hermano que eran nuestros ganchos para la sorpresa, lo anudaron todo perfectamente, así que no se enteró de nada… Y nos vio ya… En casa.

Cuando haces una sorpresa… Cueste lo que cueste… Tanto dinero, como tiempo, como material, como quebraderos de cabeza… Todo lo que valga… Se queda en nada cuando puedes disfrutar con la cara de la persona sorprendida… Porque yo volvería atrás para poder disfrutar otra vez de esa cara, de esa sonrisa que le abarcaba toda la cara, del abrazo que me robó aun con las maletas y los enseres en la mano… Eso no tiene precio.

Inmediatamente avisó a mi hermano y nos fuimos los cuatro por ahí a tomar algo y a charlar, a ponernos al día… Hablamos sobre nuestras vacaciones, sobre las cosas que habíamos visto, les enseñamos fotos… Mi hermana nos habló sobre su embarazo, sobre cómo lo estaba llevando, sobre sus síntomas, sobre lo feliz que estaba… ¡No callamos!

Me preguntó que cómo era que habíamos hecho tantos kilómetros… Yo le dije que era obvio, que ella tenía su primera ecografía y que yo quería estar ahí, a su lado… Me dijo que, lógicamente, que entraría el novio, que le hacía muchísima ilusión. No importa, el dije, yo estaré esperándote fuera, no te preocupes.

Así que llegó el día, el gran día. Fuimos a desayunar juntas… Imaginaros, mi hermana, la pequeña… y mi chica, mi pequeña. ¿Más feliz? Lo dudo…

Cuando llegamos al médico ya estaba mi cuñado allí y ambos subieron. Nosotras nos quedamos por las inmediaciones del centro de salud. Yo nerviosa perdida, que tontería, pero deseando que saliera y me lo contara todo.

Al rato me sonó el teléfono, era mi hermana. Al parecer el bebé no se ponía en la postura que quería el médico y éste le había dicho que se diera un paseo y que volviera en un rato. Nos citamos en una cafetería.

Pasado el tiempo, volvimos y ¿Cuál fue mi sorpresa? Mi cuñado me dijo… “Entra tú con ella, que yo ya lo he visto…” Creí que moría del amor.

No os puedo describir como fue esa sensación, que se me pasaba por la cabeza… Pero cuando comenzó a verse la imagen me entraron hasta ganas de llorar de la emoción que sentía… ¡Mi hermana iba a tener un hijo!

Por cierto, he de decir que las ecografías se ven increíblemente bien. Pudimos ver todo, cada parte del cuerpo y reconocerla perfectamente.

Fue una mañana increíble, no sabéis lo feliz que me hizo entrar con ella, acompañarla en su primera ecografía. Mi hermana estaba muy emocionada también. No sé si es una tontería o no, pero de verdad que da mucha sensación. Yo tenía la respiración un poco acelerada. Miraba a mi hermana, miraba a la pantalla… Qué grande es el ser humano, que grande es la vida, que grande es mi hermana….

 

Os voy a contar mí fin de semana romántico y especial, espero que os guste.

Me encanta sorprender a mi chica, organizarle mil cosas sin que ella colabore y después decirle…”Tachán…” Y cargarme las pilas con esa mirada y esa sonrisa que me dedica, que podría parar el reloj e incluso el movimiento de la tierra.

Me habían hablado de un sitio para hacer una escapada y poder relajarnos, cosa que tanto a mi chica, como a mí, nos venía de lujo. La zona en cuestión, El Valle de Arán.

Reservé un Hotel Rural precioso por esa zona, es más, cogí una suit que era digna de ver. Tenía todo pensado y organizado. Habría cena romántica, habría balneario, paseos eternos por los pirineos…

Como se cómo soy, se lo comenté. Lógicamente, no le comenté todo, solo a dónde íbamos. Busqué mucha información de los alrededores, de visitas obligadas… Hasta que un buen día, estaba en casa tranquilamente cuando me avisó una amiga de que pusiera las noticias y lo vi: Desastre en El Valle de Arán. Y ahora… ¿Qué hago…?

Veréis, cuando conocí a mi chica me llamó mucho la atención los dos sueños que me dijo que tenía y que haría cualquier cosa por cumplir. Uno era ir a New York, ciudad a la que adora, y el segundo era nadar con delfines.

El primero, el de ir a New York lo hicimos hace unos dos años, fue un viaje muy especial. Pero el segundo… ¿Dónde podríamos hacer eso?

Me puse manos a la obra, si no podíamos ir a los pirineos, algo tendríamos que hacer. Busqué información para poder nadar con delfines. Entre mi persistencia y la ayuda de otra amiga… Lo encontré. Se podía nadar con delfines en “MundoMar”, Benidorm. Así que miré hoteles, contraté todo, reservé todo y me guardé el secreto bajo llave, sabedora de la ilusión que le haría.

El día que hicimos la maleta fue muy especial. Ella iba doblando y metiendo ropa de montaña, botas, abrigo… Y yo metía el bikini, las chanclas, la crema… Pero de la manera más natural…

Cargamos el coche a primera hora y enfilamos el Mediterráneo, Benidorm, la ciudad de los rascacielos nos esperaba.

Hay que tener en cuenta que ella no sabía que no íbamos a Lleida, así que imaginad el desconcierto que tenía cuando veía que yo bajaba y bajaba por la costa. Ella venga a preguntar si había puesto bien la dirección, que el GPS tenía que estar loco, que cómo íbamos a ir a Lleida por ahí… En fin, que sacó su móvil para buscar el itinerario y yo tuve que parar en la primera área de servicio con la excusa de tomar un café y a continuación hacerle conducir a ella… Todo era poco para que tuviera las manos quietas.

Al final, se lo tuve que decir, porque era tan obvio y ella estaba tan nerviosa que a mí se me escapaba hasta la risa. No le dije a dónde íbamos, le dije simplemente que allí no podíamos ir.

Pasamos un día especial de comidas y cenas, de paseos por la playa al atardecer, de miradas, muchas miradas, de muchas conversaciones, de visitas…

Y llegó el día de llevarla a la sorpresa, al motivo de estar allí. Cuando cogimos el coche y empezamos a alejarnos del casco urbano ya empezó a mosquearse…  Pero cuando llegamos al parque se quedó un poco sorprendida… “¿Aquí me traes?”

Fuimos directamente a la taquilla y presenté mi reserva. Ella aun sin saber nada, me imagino que pensaba que era una entrada normal. La chica cogió mi papel, lo miró y me dijo: “Llegáis tarde, han adelantado la hora… Cómo ya nació el bebé delfín…” Y nos quedamos muertas… Enfilamos el camino hasta el delfinario, que para no variar estaba en la parte más alta y alejada del parque.

Por el camino ni hablaba, iba seria y con la vista puesta en el suelo… Cuando llegamos y nos sacaron el neopreno para bañarnos ya empezó a hacer preguntas… “¿Pero esto…? ¿Delfines, cariño?”

Nos hicieron esperar a pie de la piscina… Los delfines ya estaban allí. Los monitores nos dieron unas recomendaciones y unos consejos básicos mientras  les veíamos. La ilusión y el cumplir un sueño, se reflejaban en su cara. Ojalá hubiera podido captar con mi cámara ese momento, esa mirada, esa media sonrisa mezcla de timidez, de alegría, de una ilusión grandísima, tan grande que la podías tocar con la mano…

Todo pasó rapidísimo… Nos metimos en la piscina, nos hicimos fotos con los delfines, les tocamos, jugamos con ellos, hicimos “casi” el show con ellos… Fue increíble.

Yo me pasé todo el rato pendiente de ella, de verdad. Porque a pesar de que estar con los delfines es algo impactante, no os podéis imaginar cómo impactaba su mirada, su sonrisa… A veces me pillaba mirándola y me susurraba “Te quiero”, cuando nos juntábamos me abrazaba o me daba un beso… Fue especial, muy especial.

 

Lo tenía todo preparado, lo tenía todo pensado. Era nuestra escapada y quería que saliera todo bien, quería hacerla feliz, notarla feliz y con eso me quedo.

Mil gracias por estar siempre al otro lado.

Me gusta leer, tumbarme en el sofá junto a una taza de café humeante y leer, sin preocupaciones, sin prisas, sin teléfono sonando… Empaparme en la historia, ser la protagonista, o la amiga de la protagonista y disfrutar por un rato de una vida que no es la mía.

Me gusta escribir, sentarme en mi escritorio con mi boli azul y vaciarme, vaciar mi mente, mi alma y sangrar cada una de las que cosas que atesoro dentro de mí. Escucho música, me embebo de mil y una sensaciones y esculpo estas palabras, brotan, nacen y mueren y alguna de ellas, deja huella en mí.

Me gusta hablar, conversar con la gente, oír sus voces e intuir su estado de ánimo. Me gusta conocer distintas formas de pensar, de vivir, de razonar… Porque en el fondo todos tenemos nuestra razón, nuestra verdad, nuestra piedra filosofal…

Me gusta mirarte cuando sé que no te das cuenta, cuando sé que no puedes mirar la cara de tonta que se me queda… Me gusta mirarte en silencio, en medio de un griterío, mientras comes, mientras caminas, mientras hablas por teléfono… Me gustas.

Me gusta tu voz, sí, el sonido de tu voz, tan pausado, tan tranquilo, tan… íntimo. Me gusta escucharte, me gusta que susurres mi nombre, me gusta que me menciones…

Me gusta el mar, me gusta la playa, me gusta escribir tonterías en la arena con el pie, me gusta pasear por la orilla, descalza, disfrutando de la brisa, recargando mi batería solar y salina. Me gusta que me dé el sol en la cara, cerrar los ojos y disfrutar de mi fotosíntesis particular.

Me gusta conducir, aunque en Barcelona capital no mucho, me gusta llevar el volante y conducir, disfrutar del paisaje, de la música que sirve de banda sonora para ese viaje en cuestión. Me gusta las conversaciones sobre las expectativas de lo que nos vamos a encontrar, lo que vamos a hacer, lo bien que lo vamos a pasar…

Me gusta el café… Adoro el café. Me da igual que sea verano o invierno, que sea de noche o que esté saliendo el sol, que esté sola o con toda mi familia… Me gusta su olor, que llega a cada rincón de mi casa. Me gusta su color, como tus ojos. Me gusta que me embriague con su cafeína, que despierte hasta partes de mi cuerpo que no estaban ni dormidas. Me gusta disfrutar de cómo excita a mis papilas gustativas antes de dejarse caer dentro de mí. Me gusta el café, su amargura, su textura, su olor…

Me gusta las noches de verano, como a Shakespeare. Las noches de verano son mágicas, cómicas, divertidas, llenas de sorpresas iluminadas por la luna, llenas de paseos nocturnos, llenas de sudores fríos a la hora de dormir, de baños en la noche de San Juan…

Me gusta la fotografía, las fotos, retratar el momento, captar la energía de “algo” en concreto. A pesar de tener buena memoria, me gusta tener un disco duro que guarde todo lo que mis ojos han visto y se han podido deleitar. Así que salgo con mi objetivo y capturo todo lo que de una manera u otra ha removido algo en mí, ha cambiado algo, me ha llamado por mi nombre, tuteándome, y ha hecho que me gire y que toda mi atención, todo mi campo visual y toda mi energía… Se dirija hacia allí, que congele, que capture, que robe ese instante.

Me gusta cuando disfrutaba de las fiestas de mi ciudad, de la feria, de las casetas, de las mil y una atracciones que montaban y que valían un ojo de la cara. Me gustaba ir a los conciertos, siempre venía gente muy importante y muy conocida a nivel nacional, así que si querías ver actuar a alguien, tenía que ser en las fiestas o bien en otra ciudad. Me gustaba mucho ir a las casetas con mis amigos. La mayoría de la gente bebía sidra, que es muy típica por allí. Me encanta la sidra, siempre que la bebo recuerdo esos momentos.

Me gusta ver los fuegos artificiales, noche oscura, y el cielo brillando, temblando.

Me gusta que haya alguien al otro lado, detrás de su pantalla de ordenador, que haya entrado en mi blog conscientemente, solo para leerme, solo para leer mi última entrada, solo por leer qué cosas me gustan, qué cosas escribo, qué cosas siento… Me gusta ver las estadísticas, que siento reconocer, miro cada poco, soy vanidosa quizá, pero es tal “subidón” el que me da cuando veo que me lee tanta gente, cuando veo la gente que repite, la gente que se había conectado esta misma semana y que ha vuelto a conectarse… Me gusta escribir para vosotrXs, me gusta saber que estáis ahí, a mi lado, leyéndome, apoyándome, disfrutando de las cosas que me pasan, que siento o que simplemente modelo para poder publicar… Me gusta teneros ahí.