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Y por fin llegó el domingo, nuestro día, nuestro único día libre para poder estar las dos juntas y tranquilas, sin problemas de horarios, sin problemas de madrugar o cualquier otra cosa que alterase nuestra marcha. Era para nosotras, nuestro día.

Me encanta tener estos días para nosotras, para no hacer “nada”, para simplemente estar juntas, sin la presión de las agujas del reloj, sin comer a carreras, sin robarnos un beso de despedida que no es más que un sutil roce de labios…

Nos pasamos toda la tarde en el sofá viendo películas, como en los viejos tiempos, disfrutando de historias que hacen que te metas en el papel de los actores, comentando la jugada de lo que iba y no iba a pasar… Así, hasta que bajó el sol, entonces comenzamos a arreglarnos.

No hay nada más motivador que estar arreglándote, en mi caso me estaba pintando el ojo… Y cuando me quise dar cuenta ella me observaba desde la puerta. No os puedo decir cuánto tiempo estuvo ahí o si acababa de llegar, no lo sé. Yo la miré y le dediqué una sonrisa, estaba guapísima, le sienta bien los colores claros… Y ella me miró y me dijo exactamente lo mismo… “Estás guapísima, cariño, guapísima…” Y no te queda otra que comértela a besos…

Íbamos a cenar cerquita de la playa de la Mar Bella. Mucho ambiente, mucha gente, las calles llenas de gente que sale a tomar una cerveza, que sale a tapear… Una delicia para los sentidos pasear y escuchar a tanta gente, en diferentes lenguas, oler el mar, oler las diferentes tapas que servían por el paseo y sentirla a ella, a mi lado, junto  a mí a cada paso…

Nos sentamos en una de las muchas terrazas que hay por aquella zona. Disfrutamos de una cena muy “española” y de una conversación muy nuestra. Por nuestros horarios muchas veces no podemos ponernos al día. Pero siempre tenemos nuestros momentos de no callar, de contarnos todo lo que nos ha pasado durante toda la semana, hablar de sentimientos, de risas, de nosotras… Que es cuando nos damos cuenta de que no se nos acaban las palabras para hablar de nosotras…

Fuimos dando un paseo hasta la playa, que estaba más cerca de lo que me esperaba y allí, en el paseo, nos sentamos en un banco, las dos y nos dejamos seducir por una Barcelona bien distinta a la que conocíamos. Una Barcelona que dormía en el Mediterráneo, una Barcelona a la que la luna, majestad indomable donde las haya, la acunaba, una Barcelona que se dejaba embelesar por muchas parejas, que cómo nosotras, se sentaban a contemplarla, a maravillarse de su costa, de sus vistas, de su paz y de su sosiego… Una Barcelona, que bajo un manto de estrellas, nos recibió, una Barcelona camuflada entre besos de turistas y helados con sabores demasiado dulces cómo para expresarlos… Una Barcelona que nos hizo sentirnos especiales, una Barcelona que enamora a cada paso que das, porque es tan polifacética… Porque es tan especial…

Y allí, piel con piel, mi chica y yo, su mano en mi mano, su mirada en mi boca, mi boca rezando por sus labios, sus labios  entre abiertos esperándome… Y entonces, algo me detuvo, algo cambió los planes de mis labios, algo sucedió… ¡Vi una estrella fugaz!

Sí… Si la noche no era ya mágica solo por estar las dos… Encima había contemplado una de las cosas más bonitas que existe… Una estrella fugaz… Una rastro de luz que cruzó todo el cielo y que a mí me hizo cruzar mi mirada para mirar su paso…

Las estrellas fugaces son especiales… A mí me lo parecen. Porque es cierto que todo el mundo sabe lo que son, pero no se ven a diario, no es una cosa que estemos cansadas de ver… Pero yo la vi ayer… Y tenía que pedir un deseo…

Me quedé un poco pensativa… ¿Qué pido…? ¿Qué deseo pido…? Y la miraba… Puede parecer ridículo, puede parecer de ciencia ficción, pero es cierto… ¿Qué más pido? Lo único que yo puedo desear ahora mismo, hablando de algo meramente personal e íntimo sería continuar como estoy… Solo eso, porque yo… Lo tengo todo, de verdad que sí…

Y mi deseo… Mi deseo se vino con ella a casa… Y mi deseo se acrecentó al acostarnos en la cama… Y mi deseo se acrecentó al sentirla cerca… Y mi deseo… Y mi deseo…

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Conversaciones que te dejan el alma liviana, tan frágil, tan ligera que crees que transporta tu sueño el mismísimo Morfeo y sus alas.

Conversaciones  en mitad de la noche, sin preámbulos, sin índices ni guiones, conversaciones que surgen de la necesidad de conversar, de saber, de conocer, de abrirte…

Conversaciones abrigadas entre sábanas, abrigadas con abrazos de terciopelo, con besos de sabor de chocolate, con susurros ininteligibles, como si fueran en morse…

Conversaciones medicinales, conversaciones terapéuticas, conversaciones salvadoras que cuelgan de las agujas de un reloj, que con cada tic tac notas ese alivio, notas como el fluir de tus palabras es como un sedante de tus miedos, de tus ansias, de tus vacíos…

 Conversaciones a quemarropa, tan cerca tu voz de la mía, tus labios de los míos, tu aliento del mío, que en un momento, creo que somos una persona, una única persona, sí, así lo veo.

Conversaciones a media tinta. Conversaciones a medio gas. Conversaciones a todo volumen, capaces de romper el cristal. Conversaciones con trazos irónicos, como un lienzo de Van Gogh. Conversaciones sin tildes, ni comes, ni porqués. Conversaciones que no conocen excusas, conversaciones sin retorno. Conversaciones nuestras, tuyas, mías.

Conversaciones profundas, con palabras que he guardado bajo llave en algún lugar recóndito de mi ser, en algún almacén subterráneo donde no llega tu voz, donde solo hay cristales de tu voz. Palabras que bajo la luz de tu mirada se sienten únicas, privilegiadas, elegidas… Palabras que una vez que han cobrado forma y sonido, pierden cualquier temor y se disparan hacia a ti. Palabras que han nacido, han surgido, han sido pronunciadas solo y exclusivamente, para ti, mi amor.

A esas conversaciones me refiero, compañera de almohada, compañera de vida, de cama, de madrugada. Compañera   querida, compañera amada, compañera deseada y nunca comparada. A ese tipo de conversaciones que te liberan las tensiones acumuladas, que te dejan ligera de equipaje para viajar al ultramundo, donde me esperas tú.

Tú, mi conversación, mi voz, mi abrazo en esta noche. Tú, mi ángel protector, mi reina de corazones, mi amuleto. Tú, mi todo, mi póker de ases, la canción que tarareo inconscientemente. Tú, tu labio mordido, tu mirada fugaz en un descuido, tu voz suave, agradable, preciosa. Tú y yo, juntas, poderosas, inseparables. Tú y yo. Tú y yo. Tú y yo…

Suena muy bien ¿Verdad?