Posts etiquetados ‘dientes’

¿Habéis tenido la sensación de que el orgullo que sientes hacia una determinada persona no te entra en el pecho? ¿Qué el orgullo que sientes es tan grande que lo tienes que sacar de dentro de ti? ¿Qué tienes que explicar y mostrar al resto de las personas tu motivo de ser la persona más orgullosa del planeta?

Así me siento yo…

Me había sentido orgullosa muchas veces de las personas que tengo cerca. Siempre hay algún motivo por lo que sacar pecho, por lo que poder susurrar dentro de mí, lo afortunada que soy. Siempre hay algún motivo por el que sonreír, por el que reunir a tus amigos. Siempre hay algún motivo que te empuja a seguir hacia delante…

Sentir orgullo por alguna persona cercana a ti, es precioso. Cerrar los ojos y pensar, es parte de mí. Es mi pareja, mi hermano o mi hermana, mi amiga… Esa persona tan grande, es parte de mí… Y notar como algo dentro de ti, se hace aún más grande. Porque rodearte de ese tipo de personas, de las que te hacen cerrar los ojos, coger aire y sentirte grande, es lo que me hace sonreír y seguir hacia delante.

Recuerdo ver a mis hermanos en sus respectivos trabajos, serios, guapos, con su saber estar y su saber hacer. Recuerdo verles resolver ciertos problemas con una diplomacia y habilidad, que te hacían replantearte muchas cosas.

Recuerdo ver a mi hermana con su hija en brazos y decir, es mi hermana, es mi sobrina… Y sentir como el vello de mis brazos se erizaban mientras las observaba. Pletóricas. Ella jamás sabrá hasta qué punto me hizo sentir orgullosa y feliz, porque fue un momento mágico.

Recuerdo ver a mi chica crecer a mi lado. Verla perder miedos, perder inseguridades, ganar  confianza en el mundo y en las personas. Recuerdo verla sonreír a carcajadas, la recuerdo restando importancia a los problemas para evitar que me preocupe, recuerdo verla protegerme de todo y ante todo. Recuerdo cada día que he vivido con ella, cada viaje, cada escapada, cada momento de risas que acaban en lágrimas, de siestas que acaban a la hora de la cena. Recuerdo cuando me dijo por primera vez que me quería, y también recuerdo cuando fue la última vez, esta mañana.

Y ahora, gracias a las tecnologías y a pesar de estar a más de 800km de mi casa y de mi familia, he podido sentir nuevamente esa sensación de orgullo. De esa que te obliga a cerrar los ojos y respirar despacio.

He podido ver a mi sobrina gatear… Y he podido ver cómo le han salido los dientes… Ya tiene dos.

Nunca me ha dado miedo estar tan lejos de casa. Sé que mi familia y mis raíces están ahí. Eso no lo cambian 800km ni 4000. Siempre he sabido que ellos estaban ahí y ellos sabían que estaba aquí, para lo que hiciera falta. Nos turnábamos para visitarnos, venían… íbamos… Y tan felices.

Cuando nació la niña… Algo cambió dentro de mí. Me daba miedo no verla crecer, me daba miedo que creciera sin saber quiénes éramos nosotras, sin que nos pusiera cara. Que pensará… “Ah… Son mis tías las de Barcelona…” Por eso durante estos 8 meses que tiene mi pequeña, he ido más veces que en los 6 años que llevo viviendo en Barcelona.

Pero ahora, hacemos video llamadas diarias. Todos los días, mi hermana me llama y podemos ver a la niña. ¿La suerte? Que sabe quiénes somos. Cuando sale nuestra cara en la pantalla, la vemos sonreír y eso, nos desarma.

Mi hermana le ha enseñado a decir hola y adiós con la mano… Y cuando salimos en la pantalla, la niña nos saluda con la mano y sonríe.

La hemos visto gatear, la hemos visto saludar, la hemos visto los dos dientes que comienzan a salir… Pero lo que nadie se imagina, es lo feliz que nos hace poder ver eso…

Anuncios

Pues después de la famosa frase de “No me gusta el pescado”  todo fue bien. Ella no me defraudó, porque supongo que nos habrá pasado a todas, que conoces a alguien que parece que es de una manera pero después te das cuenta de que no, que las apariencias engañan y nunca sabes hasta qué punto conoces a alguien.

Pues ella era tal cual se mostraba y tal cual yo la imaginaba. Su sentido del humor fue soltándose poco a poco y cada vez nos reíamos más juntas. Su confianza conmigo igual, hablábamos de más temas, de temas más personales, del día a día, de sueños…

Y bueno, supongo que ahora viene la primera vez que nos acostamos, pero como comprenderéis es algo que no voy a contar aquí. Os puedo decir, que antes de estar con ella me había acostado con más chicas y casi ipso facto sabes lo que esperas de la otra persona. Me explico. Que conoces a una chica y te gusta físicamente, porque no te ha dado tiempo a más, sabes lo que esperas de ella y lógicamente, ella de ti. No hay más que rascar.

Sin embargo, con ella fue especial. No puedo decir que la quisiera ni mucho menos, pero había algo. No fue sexo por sexo, hubo algo más.

Había ganas de sentir, de estar y cuando digo estar me refiero al significado completo. Quería sentir sus besos, sus caricias, sus abrazos, su aliento… Casi me importaba más ese intercambio de intimidad que lo que es el sexo en sí mismo. Quería conectar con ella como lo había hecho hasta ese momento. Porque con el sexo se disfruta, sí, pero creo que se disfruta más cuando hay esas ganas de conocer a la otra persona, de impregnarte de ella, de saborearla.

Para todo hay una primera vez y para estar con una persona, también. Ninguna primera vez es igual. Puedes hacer, decir, experimentar cosas parecidas, pero cada una tiene un encanto que lo hace único. Lo bueno de experimentar de nuevo una primera vez, es que parece que las otras que has sentido, quedan en un segundo plano. No las borras, ni las olvidas, pero están en el fondo, tras el telón. Las primeras veces, hablemos de lo que hablemos, me encantan. Es sentir la inquietud de la novedad. Los nervios, las risas tontas, las caricias igual un poco torpes, que se , tirán perfeccionando con el tiempo. Me encantó la primera vez con ella. Me encanto verla que dormía con mi pijama, porque ella quería oler a mí, olerme mientras dormía. Me encantó poder abrazarla durante varias horas seguidas por primera vez. Y al despertar, aun un poco tímida o cortada por vernos así, recién levantadas y volver a besarla… Eso no tiene precio ni tiene nombre.

Esa mañana, le preparé el desayuno y me acompañó al trabajo. Tuvimos que ir en taxi porque llegaba tarde. Y después, cuando ya había amanecido, ella se cogió el tren y volvió a su casa.

Esa fue nuestra primera noche, nuestra primera mañana, nuestro primer desayuno, nuestro primer taxi compartido, nuestra primera vez en el lavabo para lavarnos la cara y los dientes… Fue la primera vez de tantas otras. La primera vez que empecé a anhelarla, a desear que llegara la hora de salir del trabajo para ir a verla, la primera vez que escuchando cualquier canción, asiento y pienso, “tiene razón, eso es lo que pasa”. La primera vez que preparé tostadas para dos y que la otra persona lo valore y lo agradezca. La primera vez de tantas otras, en un solo día, en una sola noche, en un ridículo cúmulo de horas…

A partir de aquí comencé mi nueva vida, mis nuevos pensamientos, mis nuevos sueños e ilusiones. Comenzó a aflorar la nueva yo. Todo tiene su explicación. Hasta que ella llegó, nada iba bien. Las cosas iban pasando y yo solo intentaba hacerles frente, pero no lo conseguía y las cosas se me amontonaban, y al final, decidía pasar, sin más, almacenar esos “problemas” en algún lugar oscuro de mi memoria, intentar no recordarlo, intentar no pensar más.

De mi época de antes de estar con ella me acuerdo, por supuesto que sí… Pero he olvidado tantas cosas, que si no me las recuerdan, me enseñan fotos, me ponen una canción, un vídeo, un sonido o un olor.. No sería capaz de explicarlos.

Sin embargo, desde que comencé con ella, parece que la memoria se ha convertido en mi nuevo don. Recuerdo conversaciones, mensajes, emails, primeras veces, menús, viajes, fechas, canciones… En fin, recuerdo muchas veces.

Hasta este punto de mi vida, no había tenido la suerte de encontrar a alguien que me valorase de verdad. Que interpretara mis sueños, que me diera una palmadita en la espalda y que me dijera, “Adelante”. Que me tendiera la mano cuando estaba en el suelo… Que me sonriera cuando más lo necesitaba.

Me explico. Siempre me gustó el deporte, mucho. Cuando tenía once años, engañé a mi padre para ir a hacer unas pruebas para un equipo de futbol, lógicamente, mi padre pensó que era femenino, y aun así, no le parecía bien. Cuando llegamos y vio a todos los niños de mi edad preparándose, creo que casi le da un infarto. Al final, aceptó. Hice las pruebas y ya ves la sorpresa que las pasé. Comencé a jugar en uno de  los mejores equipos de mi ciudad. Contra todo pronóstico el entrenador me sacaba de titular, jugaba bien, disfrutaba, los compañeros me querían (y yo a ellos) y para más inri, quedé pichichi de esa temporada y salí en el periódico local. ¿Cuál fue la respuesta de mi padre? Sacarme del equipo, sin explicación.

Siempre dije que algún día retomaría los estudios y que estudiaría psicología. Bien. ¿Para qué? Si total, vale mucho dinero y no creo que lo saques…

O cuando me pasaba horas escribiendo y se lo enseñaba a mis padres y… lo volvían a dejar encima de la mesa sin leerlo… Esas cosas.

Sin embargo, desde que empecé con ella… Me escuchaba. Eso es un privilegio que la gente no lo valora. Le dije que quería estudiar, pero que me daba miedo, que trabajar y estudiar iba a ser mucho para mí. Ese mismo año, me acompañó a la universidad y me matriculé en el grado de psicología. Voy poco a poco, me cuesta sacar tiempo para todo.

Me ve escribir, leer, soñar con todas estas cosas. Me ayudó a abrirme el blog. Me lee todo lo que escribo, me apoya y valora.

Le dije que me habían propuesto hacer lo de la radiobollo …. Y claro, que me daba vergüenza, miedo, ¿yo de locutora? Miradme, ahí estoy. Es ella la que me empuja a que haga estas cosas, a que supere mis miedos, a que procure valorarme yo misma. Me ve capaz de cualquier cosa que se me pase por la cabeza y últimamente, son muchas. Eso es lo que yo he encontrado en ella, por eso prefiero cualquier recuerdo con ella, que cualquiera de los que tenía antes.

Un saludo, muac.