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Día gris en la ciudad condal, con cielos encapotados de ceniza y con ganas de estallar, como muchas veces nosotras mismas.

La lluvia repiquetea en el cristal, ahuyentando el sueño y quizá, la esperanza. El sonido cristalizado y empapado de oxigeno, que a mí me falta, llama mi atención y capta mi mirada.
La ventana está fría, muy fría. Acaricio su suave textura con mi mano y un escalofrío me recorre desde la nuca hasta el final de la espalda, dónde muere la calma y nace la tempestad.

No hay nadie al otro lado del cristal ¿a quién esperaba? Sonrío tristemente a un reflejo que apenas me devuelve una mueca disfrazada. Lo cierto es que, esperaba encontrar tanto detrás de aquel cristal, que la lluvia que sigue repiqueteando, me taladra muy adentro, dónde no llega nadie, ni una misma.

 

22d

 

Me recompongo de súbito, sin miramientos. No existe la pena, al no ser que la cultives tan dentro de ti, que tú mismo seas el abono y el barbecho. No existe la pena si no le dedicas las noches en vela, ni los días de sueños descafeinados y lunes de 72 horas. No existe. No existe aquello que no está.

Le doy la espalda al cristal frío y empapado de tristeza, gris escandaloso y huérfano de acordes. Le doy la espalda a aquello que consigue que me tiemblen las piernas al dudar de mi misma. No miro atrás, no quiero hacerlo, no he de hacerlo. ¿De qué serviría? No me hace falta comprobar si el miedo me persigue, tampoco me hace falta comprobar si hay alguien esperando. No debo mirar atrás ni comprobar. Se la verdad, porque la tengo dentro, pero cuesta tanto sacarla, que a veces somos nosotras mismas las que tragamos aire y la empujamos hacia el fondo de nosotras, a ese sitio dónde solo llega la desesperanza que te taladra. Sólo un taladro. Muy adentro.

Me siento en mi sofá, necesito tiempo, aunque soy consciente de que lo que más me sobra, es carretilla a mi segundero. Soy fuerte y soy valiente, esto ha de valer para mirar hacia delante sin desear echar la vista atrás, por si algo quedara. Soy valiente, lo soy y lo se. Soy fuerte, lo soy y lo se. Pero es el miedo el que pone todo patas arriba, desde mi coraje hasta mi sobrada osadía, sin olvidar que mis espaldas cargan con todo eso y nunca se han quejado.

No es fácil ser una misma, en ocasiones; pero no lo cambiaría por nada del mundo, a diario. Soy lo que soy a base de vivir cada día dentro de esta piel paliducha. No es fácil, pero tampoco lo fue el camino que he recorrido y mira, aquí sigo, de pie, mirando a la vida a los ojos y en ocasiones, hasta guiñándole un ojo.
Es fácil entender quién soy sabiendo de dónde vengo y cómo he llegado hasta aquí. Es fácil, si me conoces. Soy lo que veis envuelto en millones de circunstancias que me hacen única e irrepetible. A veces estúpida y a veces increíble, pero siempre única.

No me da miedo las tardes de diciembre, ni los domingos lluviosos. No me dan miedo los kilómetros, ni el silencio. No me da miedo el no saber o el no estar. No me da miedo tener miedo, de verdad que no. No me da miedo la prisa o las dudas. Solo me da miedo dejar de estar, dejar de ser, dejar de existir… No me refiero a la manera tradicional… ¡Hay tantas formas de dejar de existir, que de tantas que ahí… Existes!

Quiero seguir aquí, en este mismo punto dónde antes me sentía segura y feliz. Quiero seguir y que nada cambie, que evolucione, que el tiempo pase pero sin que nada cambie.
Quiero que, a pesar de que ese tiempo corra y salte por nuestras vidas y por nuestras memorias, sigamos en este mismo punto, en este sofá y en este domingo lluvioso, de lluvias calientes y velas con aromas, pero aquí.

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¿Habéis tenido la sensación de que el orgullo que sientes hacia una determinada persona no te entra en el pecho? ¿Qué el orgullo que sientes es tan grande que lo tienes que sacar de dentro de ti? ¿Qué tienes que explicar y mostrar al resto de las personas tu motivo de ser la persona más orgullosa del planeta?

Así me siento yo…

Me había sentido orgullosa muchas veces de las personas que tengo cerca. Siempre hay algún motivo por lo que sacar pecho, por lo que poder susurrar dentro de mí, lo afortunada que soy. Siempre hay algún motivo por el que sonreír, por el que reunir a tus amigos. Siempre hay algún motivo que te empuja a seguir hacia delante…

Sentir orgullo por alguna persona cercana a ti, es precioso. Cerrar los ojos y pensar, es parte de mí. Es mi pareja, mi hermano o mi hermana, mi amiga… Esa persona tan grande, es parte de mí… Y notar como algo dentro de ti, se hace aún más grande. Porque rodearte de ese tipo de personas, de las que te hacen cerrar los ojos, coger aire y sentirte grande, es lo que me hace sonreír y seguir hacia delante.

Recuerdo ver a mis hermanos en sus respectivos trabajos, serios, guapos, con su saber estar y su saber hacer. Recuerdo verles resolver ciertos problemas con una diplomacia y habilidad, que te hacían replantearte muchas cosas.

Recuerdo ver a mi hermana con su hija en brazos y decir, es mi hermana, es mi sobrina… Y sentir como el vello de mis brazos se erizaban mientras las observaba. Pletóricas. Ella jamás sabrá hasta qué punto me hizo sentir orgullosa y feliz, porque fue un momento mágico.

Recuerdo ver a mi chica crecer a mi lado. Verla perder miedos, perder inseguridades, ganar  confianza en el mundo y en las personas. Recuerdo verla sonreír a carcajadas, la recuerdo restando importancia a los problemas para evitar que me preocupe, recuerdo verla protegerme de todo y ante todo. Recuerdo cada día que he vivido con ella, cada viaje, cada escapada, cada momento de risas que acaban en lágrimas, de siestas que acaban a la hora de la cena. Recuerdo cuando me dijo por primera vez que me quería, y también recuerdo cuando fue la última vez, esta mañana.

Y ahora, gracias a las tecnologías y a pesar de estar a más de 800km de mi casa y de mi familia, he podido sentir nuevamente esa sensación de orgullo. De esa que te obliga a cerrar los ojos y respirar despacio.

He podido ver a mi sobrina gatear… Y he podido ver cómo le han salido los dientes… Ya tiene dos.

Nunca me ha dado miedo estar tan lejos de casa. Sé que mi familia y mis raíces están ahí. Eso no lo cambian 800km ni 4000. Siempre he sabido que ellos estaban ahí y ellos sabían que estaba aquí, para lo que hiciera falta. Nos turnábamos para visitarnos, venían… íbamos… Y tan felices.

Cuando nació la niña… Algo cambió dentro de mí. Me daba miedo no verla crecer, me daba miedo que creciera sin saber quiénes éramos nosotras, sin que nos pusiera cara. Que pensará… “Ah… Son mis tías las de Barcelona…” Por eso durante estos 8 meses que tiene mi pequeña, he ido más veces que en los 6 años que llevo viviendo en Barcelona.

Pero ahora, hacemos video llamadas diarias. Todos los días, mi hermana me llama y podemos ver a la niña. ¿La suerte? Que sabe quiénes somos. Cuando sale nuestra cara en la pantalla, la vemos sonreír y eso, nos desarma.

Mi hermana le ha enseñado a decir hola y adiós con la mano… Y cuando salimos en la pantalla, la niña nos saluda con la mano y sonríe.

La hemos visto gatear, la hemos visto saludar, la hemos visto los dos dientes que comienzan a salir… Pero lo que nadie se imagina, es lo feliz que nos hace poder ver eso…

Lo confieso… Estoy deseando ver a mi hermana. Me duele no estar con ella en esta etapa tan bonita y significativa de su vida. A veces pienso que las etapas más importantes de su vida, las ha pasado sin mí…

Lo confieso… Me gustaría estar allí con ella, pero no solo hoy, sino poder haber estado desde el primer día, desde el primer día que se hizo la prueba de embarazo y dio positivo…

Lo confieso… Sé que está feliz, sé que está enamorada, sé que está encantada con la nueva situación que está viviendo, con lo que se le viene encima y con el cambio que va a dar su vida. Esta distinta, está mayor, está feliz.

Lo confieso… Me gustaría haber ido con ella de médicos, de ecografías, a hacer la prueba del azúcar, llevármela a merendar si algún día le apetecía algo concreto… Me hubiera gustado estar allí cuando le dijeron que lo que venía en camino era una niña… Mi niña. Me hubiera gustado que mis manos sintieran las primeras patadas de mi sobrina…

Lo confieso… Me hubiera gustado ver cómo va creciendo la barriga, ver cómo cada día le sienta mejor el embarazo y cada día está más guapa, más ilusionada, más feliz… Me hubiera gustado decirle esto mismo si en algún momento le hubieran faltado las fuerzas…

Lo confieso… Me emociono cada vez que me envías una foto. Mi hermana… La pequeña… Con mi sobrina… Son fotos para enmarcarlas… Se te ve tan feliz, tan sonriente… Transmites todo esto a través de la foto… No dejes de hacerte fotos, porque estás preciosa.

Lo confieso… Tengo predilección por la foto que me mandas con la abuela… ( En verdad es la abuela de mi madre, mi bisabuela) En la que sale besándote la barriga… Me transmite tantísimas cosas esa foto, que cuando la veo, me emociono y se me empañan los ojos. Ahora solo de imaginármelo, ya los tengo empañados. Ojalá la abuela sea lo suficientemente fuerte como para aguantar los meses que quedan y poder coger a su tataranieta en brazos, sería precioso, como tú, como ella, como mi ahijada…

Lo confieso… Me hubiera gustado no estar tan lejos, hermana. Me hubiera gustado vivir toda esta etapa a tu lado, tomar nuestros cafés, que me cuentes cómo te vas encontrando, que vas sintiendo… Ir de tiendas y comprar ropita para la nena… Me hubiera gustado no perderme este momento, me hubiera gustado que los más de 800km en verdad no fueran tantos… Me hubieran gustado tantas cosas… Tantas…

Lo confieso… A veces tengo la sensación de que no he estado a tu lado en los momentos más complicados de tu vida. A veces tengo la sensación que cuando más me has necesitado, más lejos he estado yo. A veces tengo la sensación de que has crecido demasiado deprisa, que la vida te ha hecho dar el estirón antes de tiempo y madurar a contrarreloj. A veces tengo la sensación de que eres tan fuerte, tan valiente, tan decidida… Que no se a quién habrás salido, pero no cambies, no cambies nunca.

Lo confieso… No estoy lejos porque quiera, pero no puedo hacer otra cosa… Ojalá el nuevo año, además de una sobrina, me traiga buenas noticias… Ojalá pueda ver a mi sobrina crecer y no precisamente a golpe de fotos… Ojalá.

Lo confieso… Estoy muy orgullosa de ti, hermana, muchísimo. Por lo que eres, por lo que has conseguido y por como lo has hecho. Eres fuerte y valiente, eres decidida, eres alegra y divertida. Que nadie te cambie. Que no te cambie la vida, porque serás una madre increíble si consigues transmitir todo lo que tú eres, a mi sobrina. Te quiero, hermana.