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Día gris en la ciudad condal, con cielos encapotados de ceniza y con ganas de estallar, como muchas veces nosotras mismas.

La lluvia repiquetea en el cristal, ahuyentando el sueño y quizá, la esperanza. El sonido cristalizado y empapado de oxigeno, que a mí me falta, llama mi atención y capta mi mirada.
La ventana está fría, muy fría. Acaricio su suave textura con mi mano y un escalofrío me recorre desde la nuca hasta el final de la espalda, dónde muere la calma y nace la tempestad.

No hay nadie al otro lado del cristal ¿a quién esperaba? Sonrío tristemente a un reflejo que apenas me devuelve una mueca disfrazada. Lo cierto es que, esperaba encontrar tanto detrás de aquel cristal, que la lluvia que sigue repiqueteando, me taladra muy adentro, dónde no llega nadie, ni una misma.

 

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Me recompongo de súbito, sin miramientos. No existe la pena, al no ser que la cultives tan dentro de ti, que tú mismo seas el abono y el barbecho. No existe la pena si no le dedicas las noches en vela, ni los días de sueños descafeinados y lunes de 72 horas. No existe. No existe aquello que no está.

Le doy la espalda al cristal frío y empapado de tristeza, gris escandaloso y huérfano de acordes. Le doy la espalda a aquello que consigue que me tiemblen las piernas al dudar de mi misma. No miro atrás, no quiero hacerlo, no he de hacerlo. ¿De qué serviría? No me hace falta comprobar si el miedo me persigue, tampoco me hace falta comprobar si hay alguien esperando. No debo mirar atrás ni comprobar. Se la verdad, porque la tengo dentro, pero cuesta tanto sacarla, que a veces somos nosotras mismas las que tragamos aire y la empujamos hacia el fondo de nosotras, a ese sitio dónde solo llega la desesperanza que te taladra. Sólo un taladro. Muy adentro.

Me siento en mi sofá, necesito tiempo, aunque soy consciente de que lo que más me sobra, es carretilla a mi segundero. Soy fuerte y soy valiente, esto ha de valer para mirar hacia delante sin desear echar la vista atrás, por si algo quedara. Soy valiente, lo soy y lo se. Soy fuerte, lo soy y lo se. Pero es el miedo el que pone todo patas arriba, desde mi coraje hasta mi sobrada osadía, sin olvidar que mis espaldas cargan con todo eso y nunca se han quejado.

No es fácil ser una misma, en ocasiones; pero no lo cambiaría por nada del mundo, a diario. Soy lo que soy a base de vivir cada día dentro de esta piel paliducha. No es fácil, pero tampoco lo fue el camino que he recorrido y mira, aquí sigo, de pie, mirando a la vida a los ojos y en ocasiones, hasta guiñándole un ojo.
Es fácil entender quién soy sabiendo de dónde vengo y cómo he llegado hasta aquí. Es fácil, si me conoces. Soy lo que veis envuelto en millones de circunstancias que me hacen única e irrepetible. A veces estúpida y a veces increíble, pero siempre única.

No me da miedo las tardes de diciembre, ni los domingos lluviosos. No me dan miedo los kilómetros, ni el silencio. No me da miedo el no saber o el no estar. No me da miedo tener miedo, de verdad que no. No me da miedo la prisa o las dudas. Solo me da miedo dejar de estar, dejar de ser, dejar de existir… No me refiero a la manera tradicional… ¡Hay tantas formas de dejar de existir, que de tantas que ahí… Existes!

Quiero seguir aquí, en este mismo punto dónde antes me sentía segura y feliz. Quiero seguir y que nada cambie, que evolucione, que el tiempo pase pero sin que nada cambie.
Quiero que, a pesar de que ese tiempo corra y salte por nuestras vidas y por nuestras memorias, sigamos en este mismo punto, en este sofá y en este domingo lluvioso, de lluvias calientes y velas con aromas, pero aquí.

Pensábamos que este sería nuestro año, nuestro 2016. Nuestros 365 días para compartir y vivir como nunca antes habíamos vivido. Iba a ser el año en el que llevaríamos a cabo los planes que han ocupado y han llenado nuestras tertulias, nuestros cafés de media tarde e incluso, las conversaciones entre almohada, pijama y calma prestada.
¿Recuerdas como celebramos la Noche Vieja pasada el cambio de año? Fue una sensación extraña, que acompañada por las burbujas del cava, hicieron la noche dorada.
Comentamos y brindamos tantas veces, que perdí la cuenta por este nuevo lienzo en blanco que se abría ante nosotras y por todo lo que iba a significar.
Un año es más que 365 días, os lo aseguro. No importa si es bisiesto o el veranillo de San Miguel viene con rebeca y manoplas.
No importa que tengas o no ganas de comerte todas las horas del día para dormir a tu lado cada noche. Los días tienen su tempo, y es incontrolable para corazones informados como los nuestros.

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No importa que todas tus fuerzas se conjugen con el universo, las mareas, la luna e incluso con algún madrugón algún lunes de abril. No importa, porque toda la fuerza de la que tú puedas disponer, no para el destino. ¡Ni si quiera lo ralentiza! El destino va por libre, sin mirar atrás y sin poner el intermitente… Él es su propio grumete, su propio capitán y si me apuras, el último trago de un bar.
Yo quería este año, lo quería con todas esas fuerzas que no sirven para nada más que para sentirme fuerte… Sentía este año tan mío, que me sentía la mujer más afortunada que había en este mundo. No eran solo 365 días más por delante, por llenar, por abrazar y salpicar de oro. Eran mis nuevos 365 días para completarme, para hacerme a ti, para cambiar de rumbo…
Nuestro año, nuestros nuevos 365 días han ido pasando, y aún veo sus huellas por el camino, el camino embarrado que nos separa de aquello que habíamos imaginado.
Las profundas huellas se pueden ver desde cualquier parte, incluso con los ojos vendados de optimismo. Las veo, las miro, las siento, las hablo, las… ¡Ahí siguen! Haga lo que haga, ahí sigue el barrio, en mis zapatos.

No ha sido lo que esperábamos, mi vida. Nuestro 2016 ha pasado dejándonos la boca seca y el corazón con un latido menos. Nada es como habíamos imaginado. Nada se parece ni siquiera a lo peor que hubiéramos imaginado, nada. Pero ha pasado, ha pasado en este 2016 en el que teníamos depositadas todo, hasta nuestros votos.
Pero alza la cabeza y mira el barro, mira los 300 y pico días que llevamos a las espaldas y dame la mano. Ha sido duro, durísimo, pero no olvides que más duras somos tú y yo, mucho más.
No ha sido fácil, no puede serlo, pero seguimos aquí, más juntas y más unidas que nunca. Y seguimos aquí, luchando, esforzándonos en dar la vuelta a la tortilla y ponernos la vida por bandera. Aún nos queda tanto… Tanto…

Se acaba este año en el que, a pesar de haberle dado nuestros mejores pensamientos, nuestros mejores momentos y nuestras mejores galas, nos ha dejado desnudas.

Lo que viene siempre tiene que ser mejor, mi vida. Siempre. Y quedan por venir tantos 365 días que, se me llena la boca de los te quieros que te puedo decir y de los besos que te podré robar. Se me inundan las manos de cosquillas de saber, que aún te podré acariciar tantas veces, como casillas hay en los calendarios de casa. Las mariposas que aún siguen sin posarse sobre mi estómago, revolotean más alto, tanto que casi las siento en mi garganta.
Nos quedan tantas cosas por hacer y decir, por sentir y por ver. Tantas cosas por disfrutar y por no hacerlo. Nos quedan tantos bosques en los que perdernos y tantas noches de desenfreno. Nos quedan tantos amaneceres sin cafés y atardeceres pronunciando tu nombre. Nos quedan tantas noches de sábanas desgastadas y películas a media tarde. Nos quedan tantas comidas para dos y otras tantas para más de dos…

 

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Nos queda tanta vida, mi amor, ¿que para que encasillarnos en los próximos 365 días? No… No quiero sólo 365 días cuando se trata de nosotras. No quiero un maldito calendario con solo 12 páginas. No. Nos merecemos más. Más días, más domingos. Más semanas de veinte días. Nos merecemos los días de nuestra vida.

Queridos Reyes Magos:

Como cada año, aquí está mi carta, con todos mis deseos para el próximo año.
Quiero y deseo con todas mis fuerzas, compartir estas fechas una y otra vez con ella. Me da igual que cada año tenga que romperme la cabeza buscando el regalo perfecto, o que no nos pongamos de acuerdo a la primera sobre el menú o el regalo de las sobrinas. Quiero estas fechas a su lado para siempre, porque solo a su lado cobran sentido para mí, una pagana que ha comenzado a creer, pero en ella.
Quiero domingos de despertares tardíos, café en la cama y charlas antes de poner un pie en el suelo. Sí, eso mismo. Quiero que no haya prisa ni estrés, que el café dure lo que tenga que durar,sin imponer topes o toques de queda.
Quiero todo esto que comparto con ella, pero elevado a la máxima potencia, mi potencia a su lado. Quiero todo lo que ahora tengo, pero multiplicado por lo que la quiero. Quiero más, de cada cosa que tenemos, de cada sentimiento que compartimos, de cada noche que hemos dormido abrazadas, quiero más. No me canso de pedir más, no me canso de querer más.
Quiero un salón lleno de juguetes, un bebé que llore y un niño que me llamé mamá. Compartir todo ese que hemos multiplicado por infinito, con nuestros hijos. Nuestros y en plural, no podía ser de otro modo. Quiero levantarme por la noche, y asomarme a la cuna solo para poder sonreir una última vez, antes de abrazarte por la espalda y recordarte lo mucho que te quiero.
Quiero que en mi mesilla de noche, junto a las novelas que leo haya algún cuento infantil, sí. Porque nada me apetece más, que cada noche leer a mis hijos algún cuento. Me encantaría estar ahí, imitando las voces de los distintos protagonistas, mientras se le van cerrando los ojos y se va quedando dormido, en paz.

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Quiero pasear sin tener un destino fijo, mientras comentamos, hablamos e imaginamos. Es nuestro pequeño refugio del mundo, de nuestras obligaciones e incluso a veces, de nosotras mismas y nuestras responsabilidades. Mientras paseamos, no existe nadie más. No hay móvil, no hay estudios, no hay trabajo… Solo tú y yo, y la ciudad por delante, conversando.
Quiero seguir haciendo el amor y seguir sintiendo que nos unen tantísimas cosas. No puedo imaginarme lo que sería no sentirte. Pocas cosas hay tan placenteras, como saberte llena de deseo por la chica a la que amas. A mí me pasa. Siete años después, la deseo más y más cada vez. Es maravilloso, como ella.
Quiero días en los que no importe no peinarte y quedarte en pijama, en los que no importe no querer levantarte del sofá, en los que no importe nada más, que nosotras, despeinadas y en pijama, en el sofá. Compartiendo quizá un café, una película, o el silencio, pero será nuestro momento.
Quiero mirarla a los ojos cada noche, todas las noches. No importa lo que haya pasado ese día, no importa el estrés que tenga acumulado o la carga que llevemos cada una sobre nuestros hombros, quiero mirarla todas las noches a los ojos, porque solo así, me sentiré en casa, tranquila y confiada. Capaz de soportar esa carga o ese estrés, porque sé que merecerá la pena.
¡Quiero ahorrar agua con ella! Me encanta, cuando el tiempo nos pisa los talones y nos duchamos juntas, compartiendo esponja y champú. Pero aún me encanta más, cuando lo hacemos sin que haya un motivo aparente para ello, cuando lo hacemos por estar juntas, compartiendo el agua. Es increíble, ella lo es.
Quiero poder darte una casa, una casa de verdad. Grande, bonita, con suelo de parquet y con terraza. Quiero esa casa llena de niños, al menos tres, y que correteen por toda ella, dejando el pasillo inundado de juguetes a su paso.
Quiero un gran árbol de Navidad, dónde poner nuestros regalos y nuestros calcetines. Me gustaría tener muchísimas cajas, perfectamente envueltas colocadas a sus pies. Ella ya sabe, que no las envolvería yo, porque soy muy torpe. Pero estarían perfectamente envueltas para la ocasión.
Quiero casarme con ella, lo quiero. Aún quedan unos meses, cada vez menos y aun así, se me está haciendo eterno. Desde que se lo pedí, hasta que finalmente hemos dado el paso y hemos comenzado a organizarlo, ha pasado tiempo. Deseo que llegue ese día, verla de blanco y poder decirnos al fin, el sí quiero. Lo estoy deseando…
Quiero más noches de felicidad, sí. De esas en las que yo me recuesto en la cama y abro algún libro y ella, se recuesta a mi lado, me abraza y se queda dormida. No hay nada más placentero que eso, es de las cosas que hacen cosquillas al corazón.
Quiero viajar con ella, viajar alrededor del mundo. Me da igual ir a las zonas más pobladas, más bellas o más desérticas del mundo. Me da igual ir a veinte kilómetros de casa o a seis mil. Me da igual que mi equipaje sea de mano, facturado o una triste mochila y un bocata de tortilla, me da igual. Porque cada experiencia que vivimos, cada viaje, cada espacada, cada “cosa” fuera de nuestro día a día, es especial. Quiero más momentos de esos, más.
Quiero hacerla feliz, siempre. A veces, conoces a personas que son excesivamente buenas, excesivamente valientes, excesivamente luchadoras y trabajadoras. Ella es de este tipo de personas. No le cuesta ayudar a la gente, es más, está deseando hacerlo. Se ofrece para todo a todo el mundo. Trabaja muchísimo y sin mirar la hora, aunque tenga que comer a la hora de la merienda y se tenga que levantar antes que el cuco. Se merece ser feliz 365 días al año, se lo merece. Es lo justo. Yo quiero ser quién le haga feliz, al menos una de las personas. Quiero seguir estando a su lado, robándole una sonrisa y si se despista, una carcajada. Porque eso, es lo que le hace continuar y seguir ayudando. Quiero tener esa capacidad siempre.
Quiero una cita con ella, sí. Una cita romántica, una cita de salir a dar un paseo, quizá ir al cine a ver una película y por supuesto, llevarla a cenar. Así, podremos hablar, podremos compartir y podré intentar hacerla sentir la persona más importante del mundo. Quiero citas con ella a diario, y si a diario no puede ser, al menos que sean los días pares.
Quiero sorpresas, que nunca se acaben las sorpresas en nuestras vidas. Que siempre haya algo que veas y pienses, “esto le encantará a mi pequeña” y así, darle una sorpresa un miércoles, por el mero hecho de ser miércoles y ser la chica más bonita del mundo.
Quiero mensajes, muchos mensajes en mi teléfono. Me encanta cuando suena el móvil, con su melodía especial para ella y sale su foto en la pantalla. Se me viene el ánimo arriba y porque no, también se me escapa alguna sonrisa.
Quiero… Quiero… Quiero muchas cosas, queridos Reyes Magos. Pero todas con ella. Quiero ser feliz, quiero una casa, quiero hijos y juguetes, quiero leer cuentos e imitar voces. Quiero un árbol de Navidad gigante, dónde poner todos mis regalos, quiero citas y domingos en la cama. Sé que pido mucho, sé que las cartas normales son más cortas y más concretas. Piden cosas demasiado específicas, demasiado materiales.
No quiero ni necesito nada material, ¿Saben por qué? Porque el material ya lo tengo. Sí, el material para ser feliz, ya lo tengo. No quiero más jerséis, más vaqueros o un teléfono nuevo. Eso no me hace feliz, eso solo abriga o viste o me entretiene un rato. Yo quiero algo que de verdad abrigue el corazón, me vista con una sonrisa perenne y que no me entretenga un rato, que sea mi vida.