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Porque hay días que tienes marcado en rojo y no podrás olvidar jamás, aunque te vaya muy bien o te vaya mal.

Porque hay días que son tan importantes para tí, que te transportan sin querer y sin pedirlo hacia atrás, hacia el pasado. No hace falta volver la vista atrás para ver los días ya disfrutados porque esos días, aun viven en ti.

Porque hay días que cambien el resto de fechas del calendario. Un simple día, un simple cómputo de 24 horas, puede afectar directa o indirectamente, en el resto de días que componen tu existencia. Porque hay días, momentos y horas, que no deseamos que lleguen nunca, pero terminan llegando, como el invierno, como el verano, como el recuerdo de un cuento, o de tu mano simulando tocar el piano. Porque hay ausencias, recuerdos y circunstancias, que duelen sobremanera. Tú dueles, tu ausencia duele, tus recuerdos, aunque me hacen sonreír, duelen en el fondo de mí.

Porque hay días que dan miedo, sin ni siquiera llevar máscara o gritarte al oído. Da miedo vivirlos, volver a sentirlos sobre tu piel como la primera vez. Da miedo volver a revivir esa sensación de pérdida, de desasosiego y de madurez. Da miedo levantarse al día siguiente y decir en voz alta “es cierto, ha ocurrido. Ella ya no está.”. Da miedo, porque te obliga a aceptarlo, a asumirlo y a continuar hacia delante. Con miedo, sí. Pero hacia delante, aunque sea temblando y volviendo la vista atrás, pero hacia delante.

Porque hay días que sabes que van a llegar, que la vuelta al calendario se va a volver a cumplir y ese día explotará en ti, como explotó en su día aquella noticia, tu corazón o tus constantes vitales tras colgar la llamada. Esos días, has de luchar, has de enfrentarte a ellos. Por eso cargas sobre tus hombros todo el peso que puedes. A veces en forma de trabajo, mucho trabajo. Otras veces solo recados, quehaceres diarios. Otras veces, sumas todas las actividades que puedes a tu agenda. No importa no tener ni un minuto libre para sentarte en el sofá y ver las noticias o salir a tomar un café con tu pareja y comentar cómo os ha ido el día, no importa. Ese es el objetivo, tener la mente tan ocupada y tan llena de propósitos para ese día, para hoy, que te libere de tu miedo de enfrentarte a la puta realidad de su ausencia. Sigues cargando tu espalda de quehaceres, pero no puedes evitar quitarte los recuerdos de tu cabeza.

Porque hay días, que sientes el alma tan vacía, que apenas logra ponerse en pie y saludar a la vida. Las cosas pesan más cuando menos tienen, las cosas se mueven más por dentro, cuando menos te lo esperas. Las cosas cambian, los pesos, los recuerdos, las historias… Cambian. Tú nunca cambiaste. Yo nunca cambié estando contigo.

Porque hay días que son día 7, porque hay días que coinciden en enero, en el primer mes de año, en la primera semana de este nuevo año. Porque hay días que me traen tus recuerdos con la brisa, con el despertador, con el insomnio del día 7. Hoy es 7 de enero.

Porque hay días abuela, que te recuerdo aun más si cabe, más que siempre. Hoy hace un año que  nos dejaste, hoy, precisamente hoy hace un año que intento aprender a vivir sin ti, a vivir de tus recuerdos, de tus fotos y de millones de recuerdos, de historias y de anécdotas de ti, porque por suerte, hemos tenido a la mejor abuela del mundo. Sí, esa que nos cuidaba cuando estábamos malos y se recorría medio León para venir a nuestra casa y traernos algún pastel, jugar con nosotros a las cartas o simplemente ver los dibujos. Sí, esa que nos contaba dos mil anécdotas de su vida, de su infancia, de su marido o de su pueblo, y que nosotros sabíamos de memoria y aún así, disfrutábamos cuando volvías a contarlas. Ojalá hoy volvieras a recordarnos quién era Colasa o cómo bailabas en el Casino los días de fiesta. Ojalá hoy volvieras a contarnos un chiste o a hacerte doscientas fotos con nosotros, mientras sacamos la lengua y ponemos caras raras.

Porque hay días abuela, que te despiertas estando ya triste, estando melancólica, como hoy. Recuerdo el día como si fuese ahora mismo. Recuerdo cómo me llamó mi madre y supe que algo había pasado. Recuerdo los dos mil pensamientos que se me pasaron por la cabeza antes de descolgar y enfrentarme a la realidad. Recuerdo como supe que tenía que irme de Barcelona, supe que tenía que estar allí, cerca de ti, cerca de los míos.

Porque hay días abuela, que todos nos necesitamos un poco más. Hoy es uno de esos días, en los que quizá, sería más llevadero si en vez de cargarme el día de quehaceres y de recados, hubiera recorrido los 800 kilómetros que nos separan y me hubiera visto con los míos, y todos juntos, iríamos a verte.

Porque hay días abuela, que me acuerdo de ti sobremanera, como hoy.

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Siempre quise tener un animal en casa, al poder ser, un perro, pero mi padre calmaba todas esas ganas a base de hámster y tortugas… Pasaban los años y mis ganas de tener un perro en casa se acrecentaban.

No sé porque quería un perro, porque no cualquier otro animal doméstico… Adoro a ese animal, su compañía, su lealtad, su apoyo…  Aunque me tuve que consolar  disfrutando de la compañía de los perros de mis familiares y de mis amigos, a los que adoraba.

Muchísimos años después, mi cuñada, la hermana de mi novia nos pidió el favor de que cuidásemos de su gato durante un tiempo por un problema familiar. Aunque las dos éramos reacias a meter un gato en nuestra casa, accedimos.

Neo era un gato de cinco años cuando llegó a nuestra humilde casa y le adoptamos como uno más, porque jamás regresaría. Él nos dio todo. Desde el momento de entrar en nuestras vidas, se convirtió en una parte más de ella… Era un gato cariñoso y juguetón, era obediente y era un dormilón.

El hecho de que se hubiera criado con un perro, con un bóxer, creo que le ayudó a forjar su carácter y su forma de ser. Cuando entraba en casa a la vuelta del trabajo, el gato se levantaba y venía a recibirme a la puerta de casa, mientras movía el rabo. Cuando me ponía a cocinar y abría una lata de atún, el paquete de jamón york o cosas similares, el gato despertaba como por arte de magia y venía hasta la cocina para ponerme cara de cordero degollado y pedirme comida. Cuando, después de un día duro, nos tumbábamos en el sofá para ver una peli  y nos tapábamos con una manta, el venía y se refugiaba del mundo y del frio encima de mí, al igual que para dormir, que no se movía de mi vientre.

Neo ha sido un gato diferente que ha hecho nuestra vida diferente… Hasta que enfermó.

A partir del mes de febrero comenzó a comportarse de manera un poco extraña, pero ese comportamiento le duraba muy pocos días, y volvía a ser el mismo de siempre.

Pero hace unas dos semanas o así, comenzó a beber y a comer muy poco y le notamos muy débil… Le llevamos al veterinario y le hicieron un análisis de sangre en el que salió que el gato estaba muy débil y que le fallaban los riñones, tenía insuficiencia renal.

Nos mandó unos medicamentos y una comida especial que compramos ese mismo día para comenzar cuanto antes el tratamiento. Había que remontarlo, solo tenía 10 años…

Se pasó dos días sin comer ni beber, salvo lo que le metíamos en la boca con una jeringuilla de 5, porque no podía estar así. A los dos días le llevamos de urgencia al veterinario y se quedó ingresado. Jamás volvería a casa.

Nos llamó el veterinario de que había tenido dos paradas y que sería mejor ponerle la eutanasia… Y así fue, cuando cogimos el coche y llegamos a la clínica el gato ya no estaba con nosotras, pero estaría sin dolor.

Así que, por el mejor animal que podía entrar en mi vida, en nuestra vida. Por todas las noches que has compartido con nosotras, por las veces que has venido a lamerme la mano cuando me notabas triste, por las veces que me has recibido a la entrada de casa… Por todo, gracias Neo.