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¡Quiero unas gafas!

Publicado: 15 noviembre, 2013 en Uncategorized
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Os voy a confesar una cosa… Me encantan las gafas. Es una cosa, que quizá no sea demasiado habitual, o sí, no lo sé, pero a mí me encantan.

Hace unos días me dieron mis nuevas gafas… El modelo que yo quería desde hacía tiempo y que por una cosa o por otra, no he podido tener antes. Pero ahora sí, las tengo en mi poder (es más, ahora mismo las tengo puestas) .

Pero lo que quiero contaros no es que tengo mis gafas nuevas, que también, porque estoy muy contenta. Lo que quiero contaros es un recuerdo que me trajo el hecho de ir a por mis gafas nuevas.

Ya os he dicho que me encantan las gafas y este gusto viene desde que era bien pequeña. Recuerdo que les pedía a mis padres encarecidamente que me compraran un par de gafas, me acuerdo que les hacía mil promesas sobre su cuidado, sobre que las trataría bien y también les prometía que yo misma me portaría bien si tuviera unas gafas… Mis padres día sí y día también me decían que no podía llevar gafas, que yo veía bien, que no me hacían falta… ¡Qué sabrán ellos!, pensaba yo y me enfadaba.

Así fue pasando el tiempo y mis ansías por poseer unas iban en aumento. No me conformaba con las gafas de sol de mis padres, que también las hurtaba en verano cuando ellos no me miraban… Quería unas gafas de ver.

Así que empecé con mi plan A… Desde ese momento, ya no “veía bien”. Así que, cuando íbamos por la calle paseando leía los letreros de las tiendas o los anuncios mal. Mis padres me preguntaban y me corregían y yo les contestaba con un … “Ah es que no lo veía bien”.

Así conseguí que me llevaran por primera vez al oculista… Tenía que ser una buena actriz, tenía que conseguir mentir a ese hombre de la bata blanca, como ya había hecho en alguna otra ocasión a otros médicos diciéndoles que me dolía la barriga… El plan era fácil, no podía haber ningún error.

El hombre me miró y comprobó varias cosas, anotando todo en su libreta… Yo no sabía que estaba apuntando y me estaba empezando a poner nerviosa. Al final me sentó en un taburete y me hizo leer unas letras que estaban a una relativa distancia… ¡Ese era mi momento!

Mezcle todas las letras, me saltaba las filas, las equivocaba… ¡Fue increíble! Al final el hombre tenía su diagnóstico. Yo ya me frotaba las manos mientras miraba a ambos lados eligiendo mis gafas…

Cuando salimos de la consulta mis padres me dijeron que teníamos que ir a la farmacia a comprar lo que nos habían mandado. Nos dieron un bote pequeño con un líquido dentro. “¿Qué es eso?” Pregunté y me dijeron que era lo que me iba a curar.

Durante dos o tres días me estuvieron poniendo dos veces al día el “líquido mágico”, el líquido que me tenía que salvar la vista. Yo seguía en mis trece. Mi padre me hacía pruebas una y otra vez. Recuerdo que me ponía el telexto en la televisión y me pidiera que leyera la programación… Al principio me era fácil engañarle, pero después… ¿Cómo iba a seguir engañándolos cuando me habían dado un líquido mágico que curaba los ojos?…

Mis padres guardaron el colirio en el botiquín y se frotaron las manos… ¡Creo que las primeras gafas que tengas, serán de sol! Y así fue…

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Y tras horas delante del ordenador, escribiendo, corrigiendo, pasando a limpio mil y una palabras, he de decir, y puedo hacerlo con la boca grande, que me siento bien, satisfecha y orgullosa de cada una de las palabras que a medida que pasaba el tiempo, yo iba sangrando, que a medida que  el minutero se movía, una palabra nacía en algún sitio ilocalizable de mi interior y explicaba lo que me mueve, lo que me hace volar, lo que me hace continuar aquí, bolígrafo en mano, contando todas estas cosas.

Y me siento vacía, sin nada más que exprimir, sin más jugo al que sacarle partido. Me siento parca en palabras y a pesar de buscar y rebuscar en mí, en ti, en tu mirada, en mis manos… No encuentro más que decir, no encuentro más que describir, no encuentro más que poder transmitir…

Pero mi vacío lo llena la satisfacción, lo llena el orgullo de leer y releer lo escrito y pensar… “Me gusta…” ; Porque eso es lo que siento cuando me pongo a escribir, porque he sabido expresar lo que quería, porque se entiende perfectamente cada palabra, cada rima, cada parada entre comas, cada palabra llana o esdrújula.

Porque crear personajes no es fácil. Porque darle vida a algo o a alguien que nunca ha existido fuera de tu imaginación… Fácil no es, pero es bonito. Y una vez que empiezas a forjar su carácter, a forjar su futuro, sus acciones, sus deseos inevitables, sus pasiones confesables e incluso, alguna que tanto  no lo es.

Y llega un momento, que llega sin darte cuenta, sorprendiéndote, que llegas al final, que estás escribiendo las últimas palabras de tu historia, de tu creación, de tus frases  con punto final. Te asaltan dudas, te asaltan mil finales, te asalta el miedo de no acertar en la elección, pero como todo en esta vida, por alguno te has de decantar, y pienses lo que pienses, sabes que acertarás. Al fin y al cabo es tu historia, son tus personajes, es tu imaginación inagotable la que les ha dado vida, amor, sexo con mucha pasión… Es tu imaginación la que los ha creado de la nada, las que les ha dado pulso y motivación, así que elijas lo que elijas, será un éxito de elección.

Y sí, ayer acabé uno de los relatos. Pero mi imaginación, borracha y ávida de mil sinónimos me animó a que continuara y eso hice. Comencé una nueva historia, página en blanco y acción, que comenzamos.  Hoy he terminado de pulir cada palabra, dándole mi sello personal.

Así que agotada, con mi imaginación extenuada, con mis dedos cansados de teclear y con mis ojos más ciegos que ayer, me despido. Os debo más entradas, os debo más noticias, os debo más verdades y llegaran, por supuesto que llegarán, darme tiempo, siestas y café, solo esperad.

Mil gracias por estar ahí, mil gracias por leer este montón de letras que para muchos solo están amontonadas, sin decir nada. Pero vosotros las entendéis perfectamente. Gracias, de corazón.