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Desde antes de embarcarnos en esta gran aventura, temía este día, el día 4. Tampoco os penséis que tenía un miedo desmedido o algo así, pero me “daba respeto”.

El día 4 íbamos a coger el coche y lanzarnos a conducir 7 horas y pico, para llegar a un magnífico pueblo, el último antes de llegar al Parque Nacionak del Gran Cañón. El pueblo en cuestión es Williams, Arizona.

Nos levantamos sin demasiada prisa y fuimos a desayunar por Hollywood Blv, como días anteriores. Y tras llenar el estómago y cargar las maletas, cogimos nuestro coche y pusimos rumbo al Gran Cañón.

La salida de los Ángeles tenía mucho tráfico, por lo que circulábamos muy lentas y con mil ojos, para no saltarnos las salidas. Pero a partir de ahí, fue todo como la seda.

Paramos a repostar en un área de servicio, y s pesar de que la máquina del surtidor era muy intuitiva, nos daba error, por lo que tuvimos que entrar y decir el famoso, Full, please!


También paramos a comer en un pueblo pequeño que había junto s la carretera, y por suerte topamos con una camarera súper simpática que nos ayudo con el pedido.

Al fin, sobre las 18 llegamos a Williams, y nada más entrar en el pueblo, nuestra boca comenzó a abrirse… ¡Era genial!

Williams es el típico pueblo del interior, rodeado de vegetación y alumbrado por las luces de neón de sus comercios. Todas las casas y locales eran casas bajas, de no más de dos alturas.


El pueblo olía a cuero, de las sillas de montar, botas, cinturones, y también a barbacoa… Era magnífico.

Desde allí pudimos ver una de las mejores puestas del sol…


Volvimos pronto al hotel, quedaba una ducha y prepares todo para el día siguiente, el Gran Cañón.

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¡Qué difícil fue llegar hasta el hotel! 

No por nada en particular, sino porque parecía que era imposible.

Primero, nada más aterrizar, estuvimos un buen rato dentro del avión, porque al parecer no había sitio donde “aparcar”, y claro, después de 12,30 horas de vuelo más el vuelo de Barcelona a Madrid que nosotras llevábamos, eran ya muchas horas, y estábamos deseando llegar y darnos una ducha.

No penséis qu en tierra firme fue la cosa mucho más rápida… Primero vino las aduanas y los controles de pasaporte. Mi chica g yo lo hicimos juntas y le explicamos al funcionario que estábamos casadas. Fue todo muy bien, lo único que había mucha gente y tardamos.

También tardó en salir nuestra maleta por la cinta… Pero al fin salió y con todos nuestros bártulos y nuestra ilusión salimos, al fin a la calle.

Habíamos alquilado un coche para poder movernos bien por todos los sitios. Para llegar a la zona donde se encuentran las emprendas de alquileres de coches, tienes que coger un autobús, aunque está muy bien explicado. Has de seguir los carteles que indican “rental cae” y que te dejan en una parada de autobús.

Al fin con nuestro coche y con nuestro seguro a todo riesgo, nos dirigimos a Hollywood… ¡Qué ganas!

El camino, aunque con tráfico, lo hicimos sin ninguna dificultad. Al final llevó el coche mi chica, que es muy valiente para estas cosas, y yo indique, que se me da muy bien.

El hotel está tan cerca de Hollywood Blv, que tuvimos que atravesar por ahí, disfrutando de una de las atracciones más famosas de LAX, el paseo de la fama.

Se había hecho de noche y estábamos realmente cansadas, por lo que salimos a buscar aparcamiento para el coche, que de 20-8 es gratuito y nos fuimos a cenar.

Una amiga nos recomendó cenar en Hooters, muy cerca del teatro chino, por lo que allí nos dirigimos, muertas de sueño y de hambre.

Cenamos muy bien y las camareras muy simpáticas

Hamburguesa y nachos de Hooters


Mañana iremos al Downtown y veremos todo el centro de LAX, su calle Olivera, el auditorio… Y por la tarde queríamos ir a Santa Mónica y Venice… ¡Iré informando!