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¡¡Hoy es el día del libro!! ¡¡Hoy es Sant Jordi!! Y yo… No podía pasar por este día, sin escribir y sin haceros leer algo…

 

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Desde siempre me ha encantado leer, supongo que era la manera más cómoda que tenía de esconderme del mundo y de poder ser la persona que quisiera, la única protagonista de la historia.
Recuerdo haber leído varios libros infantiles del estilo a “La cocina se va de vacaciones”, por cierto ¿Se titula así? Han pasado tantísimos años…
Pero sin duda, no he podido olvidar el primer libro que leí por mi misma. Estaba en casa de mi abuela, en un pueblo de la montaña asturiana, con vistas a Los Picos de Europa, un lugar para perderse. En el piso de arriba, había una estantería llenísima de libros. Cada vez que pasaba para ir a mi habitación, los veía, pero no me detenía a echar un vistazo. Hasta que lo hice
Pasé mis manos por los lomos de los cientos de libros que mi abuela tenía allí almacenados y al final me decanté por uno que estaba cubierto con un forro de lunares rosas y verdes. Supongo que sería precisamente eso lo que me llamó la atención.
El libro en cuestión era “Mujercitas” de Louisa M. Alcott. No recuerdo que edad tenía, pero os aseguro que era muy pequeña. El libro tenía en la cubierta a la feliz familia abrazando a su madre. Conocía la historia porque por aquella época, había unos dibujos que llevaban el mismo nombre y que, contaban la misma historia. A mi me encantaban.
Siempre sentí una inmensa conexión con Jo, era la mejor. Sin lugar a dudas, todas las decisiones que la chica tomaba o la manera que tenía de comportarse para ser principios del siglo pasado me recordaba un poco a mí.

 

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La historia se hizo un imprescindible en mi vida, aunque seguramente no fuese solo por la historia en sí, sino por aquello que representaba para mí.
Releí el libro mil veces, sabiendo los diálogos y si me apuras, hasta la puntuación. Después, pasados muchos años, estrenarían la película moderna, la que protagonizaban Susan Sarandon y Cia. Esa película es un clásico en mi casa, aunque he de reconocer, que me apasiona más la antigua, la de Elizabeth Taylor.

Por suerte, a mi madre le encantaba leer y en mi casa había muchísimos ejemplares para poder elegir cual sería mi siguiente víctima. Recuerdo que mi madre sacó de una caja de cartón del trastero una colección de “Los cinco”, que devoré como si nada hubiera leído nunca. Fueron una delicia.
A partir de ahí, mis padres me hicieron socia de la biblioteca de la ciudad (aún guardo mi carnet como oro en paño, aunque más por la foto…). Me encantaban los cómics de Garfield, de Lucky Luke…
Y así, poco a poco, fui devorando los libros que caían en mis manos. Cada uno representa una etapa de mi vida, un estar, un ser… Un querer y a veces, un poder.
Leer es una de las mejores cosas que puedes hacer, a mí me da la vida.
Así que, sí, leer y devorar los libros, nutrirse por dentro es tan importante como hacerlo a base de vitaminas, imprescindible para continuar.

Terminé admirando tanto a la gente que plasmaba esas historias increíbles, que me di cuenta que yo también quería transmitir, que yo también quería escribir. Pero no fue algo tan fácil.
Al principio solo escribía para sacar todo aquello que me pesaba dentro de mí, para sentirme mejor. Solo intentaba expresar lo que no me hacía feliz o lo que lo hacía en exceso, necesitaba vaciarme para poder continuar, no es bueno hacer un viaje a pie con las maletas a cuestas.
Poco a poco, me di cuenta de que hay muchas maneras de vaciarte, de expresarte, de contar… Hay tantas maneras como palabras existen, muchas. Por eso, mis escritos comenzaron a formar diálogos, a formar personajes, a formar historias… A formar esto que estás leyendo. Y por suerte para mí, en enero de este año pude publicar mi primera historia. MI primera historia llevada al papel… Es increíble el poder de las palabras….
Os dejo aquí el enlace de amazon dónde podéis encontrar mi novela y las reseñas que tiene, por si a alguien le apetece leer una historia diferente.

No obstante, aprovecho para felicitar el día a todas las personas que crean historias y hacen que mis días sean más llevaderos. También aprovecho para dar las gracias a todas las personas que me han ayudado y apoyado en seguir escribiendo, en seguir con el blog y en por supuesto, publicar mi historia.

¡¡Gracias!!

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He pasado una semana alejada de mi chica y de Barcelona. He pasado una semana alejada del trabajo y de los estudios. He pasado una semana alejada del denso tráfico y de madrugones matadores. Y a pesar de todo lo bueno, he pasado una semana echándolo de menos.

Me he ido a pasar unos días a casa, a mi tierra. He podido disfrutar de mis sobrinas y ver lo rápido que crecen y lo rápido que pasa el tiempo, ellas son la prueba. 

Estar en mi casa, me hace bien, pero está tan lejos…. Pocas veces me voy sin mi novia, la verdad, pero este viaje era distinto, era especial. He ido a por mi vestido de novia ¿y sabéis que? ¡Que ya lo tengo!

Sí, habéis leído bien, ya tengo mi vestido de novia elegido y encargado… Y eso me pone nerviosa. Parece que queda mucho para ese día, nuestro dia, donde nos diremos el sí quiero en la noche más corta, mágica y especial del año, pero lo cierto es que no falta tanto…

Estoy contenta de lo que vamos avanzando y nerviosa por lo que aún nos queda y porque, todo salga bien. No es fácil planear las cosas en la distancia.

Así que, os saludo desde el tren llegando a Barcelona ya, entre algún punto entre Lleida y Tarragona. Deseando llegar a Sants, comerme a besos a mi chica y enseñarle mil fotos de esta semana, eso sí, ninguna será con un vestido blanco.

¡¡Buenos días, buenas noches y a comerse el miércoles!!

Siempre quise tener un animal en casa, al poder ser, un perro, pero mi padre calmaba todas esas ganas a base de hámster y tortugas… Pasaban los años y mis ganas de tener un perro en casa se acrecentaban.

No sé porque quería un perro, porque no cualquier otro animal doméstico… Adoro a ese animal, su compañía, su lealtad, su apoyo…  Aunque me tuve que consolar  disfrutando de la compañía de los perros de mis familiares y de mis amigos, a los que adoraba.

Muchísimos años después, mi cuñada, la hermana de mi novia nos pidió el favor de que cuidásemos de su gato durante un tiempo por un problema familiar. Aunque las dos éramos reacias a meter un gato en nuestra casa, accedimos.

Neo era un gato de cinco años cuando llegó a nuestra humilde casa y le adoptamos como uno más, porque jamás regresaría. Él nos dio todo. Desde el momento de entrar en nuestras vidas, se convirtió en una parte más de ella… Era un gato cariñoso y juguetón, era obediente y era un dormilón.

El hecho de que se hubiera criado con un perro, con un bóxer, creo que le ayudó a forjar su carácter y su forma de ser. Cuando entraba en casa a la vuelta del trabajo, el gato se levantaba y venía a recibirme a la puerta de casa, mientras movía el rabo. Cuando me ponía a cocinar y abría una lata de atún, el paquete de jamón york o cosas similares, el gato despertaba como por arte de magia y venía hasta la cocina para ponerme cara de cordero degollado y pedirme comida. Cuando, después de un día duro, nos tumbábamos en el sofá para ver una peli  y nos tapábamos con una manta, el venía y se refugiaba del mundo y del frio encima de mí, al igual que para dormir, que no se movía de mi vientre.

Neo ha sido un gato diferente que ha hecho nuestra vida diferente… Hasta que enfermó.

A partir del mes de febrero comenzó a comportarse de manera un poco extraña, pero ese comportamiento le duraba muy pocos días, y volvía a ser el mismo de siempre.

Pero hace unas dos semanas o así, comenzó a beber y a comer muy poco y le notamos muy débil… Le llevamos al veterinario y le hicieron un análisis de sangre en el que salió que el gato estaba muy débil y que le fallaban los riñones, tenía insuficiencia renal.

Nos mandó unos medicamentos y una comida especial que compramos ese mismo día para comenzar cuanto antes el tratamiento. Había que remontarlo, solo tenía 10 años…

Se pasó dos días sin comer ni beber, salvo lo que le metíamos en la boca con una jeringuilla de 5, porque no podía estar así. A los dos días le llevamos de urgencia al veterinario y se quedó ingresado. Jamás volvería a casa.

Nos llamó el veterinario de que había tenido dos paradas y que sería mejor ponerle la eutanasia… Y así fue, cuando cogimos el coche y llegamos a la clínica el gato ya no estaba con nosotras, pero estaría sin dolor.

Así que, por el mejor animal que podía entrar en mi vida, en nuestra vida. Por todas las noches que has compartido con nosotras, por las veces que has venido a lamerme la mano cuando me notabas triste, por las veces que me has recibido a la entrada de casa… Por todo, gracias Neo.

Ayer, tras colgar el anterior post se me vinieron a la mente varias cosas que no os he contado y son importantes para llegar a conocerme. La primera de ellas, por ser la más relevante para mi educación, para mi infancia y para mi vida en general es mi abuela. Bueno, en realidad es la abuela de mi madre, es decir es mi bisabuela, aunque en casa todos la llamamos abuela.

Mi abuela ha estado presente en mi vida desde que tengo uso de razón. Al principio venía días sueltos, aunque los domingos era su día, ningún domingo faltaba en casa. Siempre traía una torta para que merendásemos todos. Nos llevaba a dar un paseo con la bici e incluso ella montaba también. Nos enseñaba miles de canciones y de poemas, de refranes, de dichos de mi tierra, por allí dirían “decires”.

Después, cuando mi hermana creció un poco, mi madre comenzó a trabajar, así que era mi abuela la encargada de ir a por nosotras dos al colegio ( estudiamos en el mismo centro ) y de llevarnos a casa para darnos la comida, para al cabo de un rato volvernos a llevar. Cuando nos poníamos malos, era ella la que venía a cuidarnos a casa. Recuerdo que siempre que venía porque alguno de los tres estuviera mala traía un milhojas…. ¡Qué recuerdos! Estábamos deseando ponernos malos para que ella viniera con el pastel y nos hiciera sacar el parchís, las damas, la oca, las cartas… Creo que ninguna persona ha jugado al parchís como mi abuela. Se podía pasar horas y horas jugando, además que no lo hacía por compromiso, le encanta jugar al parchís.

Muy cerca de donde íbamos mi hermano y yo (también mi primo) a entrenar a kárate había unos cines. Siempre al pasar veíamos los anuncios de la cartelera. Recuerdo cuando ví por primera vez el anuncio de Parque Jurásico I… Y los anuncios que daban en la televisión que parecía que los dinosaurios eran capaces de comerse la pantalla. Mi hermano y yo lo tuvimos claro desde el principio… ¡Teníamos que ir! Y lógicamente…fuimos. ¿Sabéis quién nos llevó? … Mi abuela. Sí, sí, se pasó toda la película diciendo cosas como: “Ay Dios mío… Cuidado, cuidado, que hay un bicho detrás…” Y también se tapaba los ojos con las manos. Mientras, nosotros, sentados cada un lado de ella disfrutando como nunca. Cuando salimos del cine la pobre mujer preguntándonos que cómo era posible que nos hubiera gustado aquello… Que para películas buenas, las de su época…. Fue un gran día

Cuando nosotros nacimos mi abuela ya estaba viuda y hacía muchos viajes con las amigas. Su destino preferido no lo vais a adivinar… Benidorm! Se iba si todo iba bien tres veces al año, verano, navidades y para semana santa. Siempre nos traía camisetas con un barco bordado y una frase del estilo a: Mi abuela estuvo en Benidorm y se acordó de ti. Cosas de ese estilo.

También guardo un buen recuerdo del día que hice la primera comunión. No por el vestido ( ni mucho menos) , ni los regalos , ni por recibir a Dios … Para comenzar, mi madre me vistió, me puse el vestido, mi tía que es peluquera me peinó y todos juntos nos encaminamos a la iglesia, que estaba justo detrás de mi casa. Para acceder al interior de la iglesia había que subir varios escalones, y ahí empezó el drama. Cuando iba a subir, vino mi madre a ayudarme con el vestido, el cancán y todas esas cosas y cuando alcé la pierna para subir el escalón, ahí estaba. No llevaba los zapatos que me habían comprado, pero sí mis zapatillas de deporte. Imaginaros el drama que se vivió. Alguien fue corriendo hasta mi casa para traer los dichosos zapatos, porque ¿Cómo iba a recibir a Dios en zapatillas de deporte?

Guardo muy buenos recuerdos de mi primo, el que venía a kárate conmigo. Somos de la misma edad, por lo que siempre hemos estudiado juntos, en las mismas clases y practicado casi las mismas actividades, además de compartir los mismos amigos. Éramos como aquel que dice inseparables.  En clase nos sentábamos juntos, cuando nos íbamos de excursión también, hacíamos los trabajos y los deberes juntos mientras merendábamos un bocata de mantequilla con azúcar… También hice muchos viajes con mis tíos, sus padres. Mis tíos son los típicos “enrollados” que todos queremos tener en nuestra familia. Con los que puedes hablar de todo sin morderte la lengua.

También recuerdo mi obsesión por las gafas. Desde muy pequeña me han gustado. Veía a las niñas que llevaban gafas, y no se, yo también quería llevarlas, pero había un problema, al parecer tenía una vista de lince. ¿Qué hice? Fingir que era como un topo, que no veía nada.

Llegaba a casa y hacía que no veía bien, que no era capaz de leer la publicidad del envase de la leche o de cosas parecidas y cuando me preguntaban que qué hacía, les decía que no veía. Recuerdo que mi padre me ponía el teletexto de la televisión para que le leyera la programación y yo fruncía el ceño, medio cerraba los ojos como focalizando… Y le decía, no lo veo papá. Así que conseguí que me llevaran al oftalmólogo. Éste me envió un colirio. Yo no sabía que era eso, pero me lo ponía dos veces al día y al final “Me curé”. Desde el principio mis padres y el médico sabían que fingía…

Cuando a mis padres les decía que estaba mala, que me dolía algo, me daban una cucharada sopera con agua y azúcar, como si fuese una aspirina, si al rato me seguía doliendo, era cierto, estaba mala. Sin embargo, si milagrosamente me ponía buena, que era lo más normal, me mandaban al colegio. Que ingenuos nosotros y que ingeniosos ellos.

Pues creo que por ahora ya está de recuerdos, a todas las que os pasáis por aquí, mil gracias.

Un saludo, muac.

Mi infancia

Publicado: 28 febrero, 2013 en bollo, homosexual, lesbianas, salir del armario
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Para ser sincera, recuerdo vagamente como fue mi infancia. A veces veo fotografías e incluso algunos vídeos y me acuerdo solo de algunas cosas.

Somos tres hermanos y yo soy la del medio. De mi infancia junto a mi hermano, que es el mayor, si que recuerdo alguna cosa más, aunque todo detalles. Recuerdo que nos llevábamos fatal, que nos peleábamos por todo. También, que teníamos varios insultos siempre en mente para referirnos el uno al otro y que siempre nos chivábamos a nuestros padres de cualquier cosa que hiciera el otro.

Sin embargo, con mi hermana no tengo tantos recuerdos, y eso que le llevo 3 años y medio. Los recuerdos con ella llegan cuando yo era algo más mayor. Recuerdo ayudarla con los deberes o que jugábamos al básquet, explicándole las normas. Sin embargo, con el tiempo, me surgen más recuerdos que los contaré e el siguiente post.

Recuerdo que era una niña inquieta, nerviosa. Me gustaba leer. Aun conservo el primer carné de la biblioteca. Me acuerdo que mi padre me llevaba alguna vez. Iba, cogía algún cuento, algún comic y me sentaba en esas mesas redondas y leía un poco. Si veía que me iba a gustar, me lo llevaba, siempre me llevaba alguno.

En casa de mis abuelos paternos había una pequeña biblioteca y me acuerdo que había una enciclopedia infantil en la que te explicaba muchísimas cosas, bueno, en verdad, para mí lo explicaba todo. Además era muy gráfica, todo con dibujos y fotografías para que entendieras cada tema.

Se que desde bien pequeña me gustó el deporte. El primero que practiqué fue el futbol. Mis padres se mudaron de casa cuando yo tenía 3 años. En el sitio nuevo había muchos niños de mi edad y de la edad de mi hermano y sin embargo pocas niñas. Comencé a pasar más tiempo con mi hermano, no me quedaba otra. Y ellos solo se dedicaban al futbol, así que yo jugaba con ellos. Este fue el principio de una de mis mayores aficiones.

Recuerdo la casa, mi habitación, el cuarto de baño tan pequeño y a todos nosotros ( cinco que éramos) peleando por entrar. Recuerdo el olor a café en la casa cuando nos levantábamos. En mi casa han sido muy cafeteros, cosa que he heredado yo, y nada más levantarte olía a café recién hecho.

Nosotros vivíamos en una especia de urbanización privada y cerrada. Eso es un regalo para cualquier padre. Nos soltaban en el patio y nosotros jugábamos hasta que desde la ventana nos llamaban y subíamos a casa. Había un pequeño polideportivo y varias zonas verdes. Jugábamos a “Pillar y salvar”, a “Pica-acera”, al “escondite”… La verdad es que nos lo pasábamos bien, éramos bastantes niños.

Recuerdo que me quejaba por todo, no estaba nunca conforme. Desde bien cría, defendía a mis hermanos con todos los argumentos que mi labia me permitía, descolocaba a los profesores, a la familia… Siempre había un ¿Por qué? Todo lo cuestionaba, bueno, todo tampoco, las cosas que no entendía, que no me parecían bien.

Desde bien pequeña me ha gustado respetar a todo el mundo y no me gustaba cuando no lo hacían. Ya sabéis como son  los niños. A los que son algo diferentes por el motivo que sean, les atacan. Y no se muy bien por qué, supongo que por mis padres, yo les defendía. Así que muchos de mis amigos de la infancia son los que en esa época eran gorditos, con gafas, con aparato en los dientes…. En fin.

Recuerdo que era buena estudiante. Me gustaba el colegio y también hacer los deberes. Cuando salía del colegio, mi padre me esperaba en la puerta y siempre me compraba algún dulce. Una vez en casa se sentaba conmigo en la mesa camilla y me ayudaba con los deberes, me corregía faltas de ortografía… Aunque cuando crecí un poco más, dejó de hacer eso. No se muy bien por qué.

La primera actividad extraescolar a la que me apuntaron mis padres fue Kárate. Mi padre siempre me decía que tenía que saber defenderme. También me dijo cuando me hice más mayor que además de defenderme que me dedicara a lo que me dedicara que no dependiera jamás de nadie, que pudiera ser totalmente independiente.

El kárate me gustaba, disfrutaba mucho practicándolo. Mi hermano y mi primo también estaban apuntados, así que allí nos plantábamos los tres.

Y pocas cosas más recuerdo. A veces, al ver una foto…Recuerdo el momento en que se tomó esa foto, aunque antes no lo había recordado.

El siguiente post irá de cuando crecí un poco.

Un saludo, muac