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Silencio…

Me envuelve el silencio a cada paso que doy, me persigue y me retuerce. No consigo descifrar ningún mensaje, solo silencio carente de sentido, carente de melodía, ausente de drama. No hay nada, nada.

Agudizo el oído, me propongo centrarme y concentrarme en mi misma, en escuchar todo lo que tengo que decir, por todo lo que tengo que contar. No hay nada, el silencio ha convertido en gris e invisible mis millones de sentimientos. Tengo atasco de sentimientos, tengo atasco de historias que viven cuando comienzo a quedarme dormida, pero que se silencian por la mañana, mientras me siento frente a este escritorio frío, que siempre había conseguido sacar lo mejor de mí.

Millones de mariposas revolotean a mi alrededor, intentando descentrarme y distraer mi imaginación. No quiero mariposas que engañen mi voluntad y que insten a mis palabras a desaparecer. No quiero que mis palabras más profundas y sentidas, mueran antes de nacer, en un proceso más que doloroso e imprevisible, que surge cuando no te lo esperas y que cuando lo esperas, ya es demasiado tarde.

Me siento de manera mecánica, con el conjunto de palabras, de historias y de sentimientos que quiero plasmar en un maldito trozo de papel, y al contacto con la realidad, desaparecen. ¿Debería de preocuparme?

 

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Timidez en mis palabras, quizá. O simplemente se ha acabado la tinta que brota de mis dedos tecleando historias y pasajes. Quizá se ha terminado todo lo que tenía que contar, todo lo que tenía que expresar, todo lo que yo era…

No me vale, nunca me vale. Siempre quiero más, de todo lo que me gusta, quiero más y más. De tí, dulce tinta, dulce palabras que vacías mi más profundo ser, de ti necesito más, es cuestión de prioridad y de poder continuar.

Lucharé cada palabra y cada historia, cada sentimiento y cada gloria, diré que sí o quizá diré que no, pero todo será luchado y batallado.

Silencio…

Que romperé a base de sentarme y de vaciarme.

Que me hablará en sueños hasta que me despierte.

Que hará que me levante y que os cuente.

Sentimentos, sensaciones, mentiras y medias verdades…

Me enfrento a este folio en blanco con el alma rebosante de burbujas y la voz acallada de timidez y ruido.

Barcelona se ha despertado bajo un cielo oscuro, de los que rompen el compás de la semana y te obligan a cargar con el paraguas. Las gotas que golpean el cristal de mi ventana marcan el ritmo de cada una de estas letras. Llueve en Barcelona, llueve pero no importa si tu alma está recubierta de burbujas y tu ilusión está intacta.

Me siento en mi escritorio y pongo un poco de música para intentar hacer bailar a estas letras, mientras enciendo un poco de incienso que me acompañe en esta mañana otoñal de mayo y me enciendo una vela, que quizá no me alumbre pero me da calor, calor de hogar, de los que mantienen la vida.

22d

No hay días fáciles para los que se rinden, y los que se rinden no viven días fáciles. Muchas veces, más de las que reconoceré, he tenido que cerrar los puños y apretarlos con fuerza para comprobar que aún me quedaba vigor suficiente para seguir.

Muchas veces he cerrado los ojos y respirado hondo tres y cuatro veces seguidas, para contener las lágrimas y la desilusión alejadas, y poder continuar con mi vida.

Muchas veces, más de las que quisiera, he creído que la suerte no iba en mi mismo barco, que la había perdido en alguna tormenta lejana y que, por más que lanzara los dados, jamás sacaría un siete.

Muchas veces… Muchas veces… Pero al final, siempre volvía a la palestra, cogía los dados de nuevo y tras respirar hondo, cerrar los puños y apretar los dientes, los lanzaba hacia el futuro… Siempre hay que volver a lanzar los dados, siempre.

Llueve en Barcelona y el cielo, encapotado y de ala caída me blinda el homenaje perfecto para quedarme en casa y vaciar ese alma llena de burbujas y voz templada pero silenciada.

Llueve en Barcelona, pero a mi alma encapuchada no le importa. Hoy puedo mirar a la lluvia a los ojos y no temblar. Hoy levanto la vista al cielo y aunque la lluvia cumpla con la ley de la gravedad, no me importa. La lluvia solo puede mojarte, nada más. Pero si tu alma te sirve de chubasquero y te cubre, ¿que puede pasarte? Nada, nada malo.

Tómate el pulso. Dedica dos minutos a colocar tus dedos sobre tu muñeca y ver si respiras, si hay pulso, si el corazón sigue bombeando fuerza a través de las venas. ¿Respiras? ¿Late el corazón? Entonces, dale sentido a cada bocanada de aire y a cada paseo de la sangre recorriendo tu cuerpo. Si respiras, si aún hay pulso tienes lo más difícil, la vida.

Tómate cinco minutos o quizá diez, o los que estimes oportunos para valorar la situación. Tienes toda la vida por delante, porque aún hay pulso, por lo que tómate cinco minutos para ver dónde estás y dónde querías estar, porque ambos lugares no deberían distar mucho entre sí y si la distancia es demasiado grande, la tristeza y la culpa quizá carcoman tu corazón de madera. Piensa, valora e implícate en reducir la distancia, en recorrerla, en superarla… Ve dónde quieras ir y se quién quieras ser. No es fácil y seguramente el camino estará lleno de cuestas pronunciadas y de piedras que te dificultarán aún más el trayecto, pero cuando tienes la convicción de querer algo, no hay cuestas suficientemente empinadas ni piedras tan grandes como para no sortearlas a golpe de poder, porque puedes.

Tómate un respiro y deja de pensar por cinco minutos. No todo consiste en sintetizarlo ni en que las neuronas le den el visto bueno. Respira y lánzate, empieza la cabeza por el tejado, lucha sin escudo y saborea el sudor de la adrenalina palpitando en tu boca. La vida no es predecible, ni se puede vivir en automático ni con la quinta puesta. Desembraga y embraga, y no pienses por un instante en nada más. ¿Qué puede pasar? ¿Que el corazón se te cale?

 

Tómate un lunes en broma y un sábado en serio. Porque no todos los días son días de trabajar y generar, y no todos los fines de semana serán días de gastar y quemar. Los días son sólo 24 horas que transcurren juntas, consecutivamente, pero no tienen más etiquetas que las que tú les pongas. Un lunes puede ser el mejor día de la semana si tú te lo propones, aunque te toque madrugar, trabajar y luchar contra el mundo. Tú tienes las etiquetas y también, la grapadora que hará que se cumplan. Grapa tus decisiones al aire y a tu convicción, pero no a los días que manipularán tus horas.

Tómate un te o quizá un café, pero descansa del día, de la vida. Siéntate y contempla. La vida pasa, sí, pero tú estás en ese pasaje junto a ella. Quizá no vayáis de la mano o quizá no os deis las buenas noches a diario, pero vais juntos, como un viajero y su maleta de mano. Sois una extraña pareja que riñe pero que no pueden pasar sin estar juntos, por lo que tómate un té y valora lo que ves, porque no hay más realidad que la que podemos ver. Que nadie te cuente lo duro que es vivir, lo duro que es sufrir, lo duro que es un puto lunes de abril, que nadie te cuente cuentos sobre vivir, vive tú y contempla lo que la vida te da y te quita, lo que la vida te proporciona y te pide a cambio, lo que la vida necesita de ti y lo que tú estás dispuesto a ofrecer. Se siempre tú el que tiene la sartén por el mango y el reloj sin darle cuerda.

Tómate la vida como si fuera un gintonic. Tómatela con alegría y con ganas, porque solo tenemos una y muchos matarían por tener más tiempo, porque el tiempo es el único producto que en realidad caduca y perece, y nosotros con él. Tómatela junto a las personas que más quieres, reúnete con tus amigos, con tu familia y también con algún enemigo, y alza tu copa y brinda por las sacudidas que da la vida. Pero tómatela antes de que el hielo convierta en agua una ginebra sazonada y adornada como una ensalada cesar, porque después, no te sabrá igual. El tiempo todo lo vence, todo lo cura y todo lo convierte en agua o en polvo. No dejes que la vida te cale e impida que te muevas. La vida está para tomársela así, en frío y de varios tragos.

Tómate en serio y escúchate, nadie te conoce como tú mismo, aunque lo quieras negar. Tú conoces tus debilidades, y te aprovechas. Tú conoces tus garantías de éxito, y te aprovechas. Tú conoces tus necesidades, y te aprovechas. Tú conoces el cómo y el porqué, y te aprovechas. Pero aprovecha todo lo que sabes sobre tí mismo para ser feliz y poder aprender como hacer las cosas. Conocerse a uno mismo es lo mejor que te puede pasar, es como jugar una partida de póker conociendo las cartas de tus rivales, tienes media mano asegurada. Sabes cuando ir y cuando plantarte, cuando subir la apuesta o tirar las cartas. Eso amigo mío, es lo que tienes tú de ventaja conociéndote.

Lo cierto es que no se porque he esperado a que terminen todas las fiestas para darte mi carta de deseos… Igual lo he hecho sabiendo exactamente que lo hacía y no por descuido o por falta de tiempo como quizá piensas tú… No lo sé, pero bueno, tampoco importa demasiado el porqué.

Quería darte esta carta porque, de muchas maneras y todas ellas imprescindibles, sales en ella.
No es una carta al uso, con sus membretes, sus saludos, su fecha y el lugar dónde fue escrita. No es de ese tipo de cartas, no.
Es más bien de esas en las que las palabras revolotean sobre los renglones en blanco, dejándote elegir las palabras libremente, sobre el vuelo y después, dejar que se evaporen, traspasando el papel, el cristal y hasta el alma de aquellos que aspiran sus letras.
Más que una carta en papel, es un grito de tinta o un grito en “Arial 11 con interlineado sencillo”, pero un grito al fin al cabo, que traspasa el umbral del sonido y llega a dónde el silencio no pudo o no quiso. Mi carta, llena de gritos y de tinta, llega allí, allí dónde nadie quiso ir y dónde nadie está.
Ahí va, mi carta llena de exclamaciones y de gritos sin aliento pero con intenciones.

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Este año es diferente al anterior, pero igual que todos. Deseo muchas cosas, muchísimas, pero sin embargo, no necesito nada. ¿Qué más puedo pedir? No puedo, no quiero y no debo pedir nada más, lo tengo todo. Todo lo que se puede poseer, lo tengo.
No quiero pedirte un móvil nuevo, un ordenador o ropa. No voy a pedirte un reloj o quizá algún artilugio de deporte. No voy a escribirte que deseo cambiar la decoración de la casa o quizá, algún accesorio cool para enfrentar este invierno. No haré eso, porque no lo necesito y no lo quiero. Solo quiero esto:

No quiero que me regales un reloj, sino que me regales tiempo para vivir millones de momentos por segundo contigo, a tu lado y junto a ti. Quiero millones de momentos compartidos contigo, vividos contigo o recordados contigo. Quiero momentos y este momento, es nuestro. Porque este año viene cargado de tiempo, de únicos momentos y únicos días en los que, las dos juntas tendremos que enfrentarnos a todo lo que nos surja. Quiero esos momentos contigo, no les tengo miedo.

No quiero que me regales un ordenador, prefiero que me regales un disco duro o más espacio en el que ya tengo, porque todos los recuerdos que colecciono son importantes y todos tienen un sitio importante dentro de mí. No quiero perder, olvidar u obviar ninguno, por mucho que esos momentos no sean del todo buenos o que incluso, no me hagan sentir del todo bien. Todo forma parte de mi, de ti y por supuesto de nosotras, por lo que significan algo, lo que sea. Todo forma parte de todo.

Me encanta la cámara de fotos que tengo y que, siempre que puedo saco a pasear y a capturar la magia que, gracias a ti puedo vivir. Quiero eso, más paseos y más fotos por todo el mundo.
Ya sabes que tengo varios sitios pendientes de visitar y algunos de revisitar. Quiero fotos de todos esos sitios a todas las horas del día, porque la luz cambia tanto, que todo merece espacio en mi cámara y en mi nuevo disco duro.
Quiero que me lleves a mil sitios, o dejarte llevar por mi dónde la luz nos llevo, pero sin olvidarnos de mi “Puente del Petróleo”, tanto al amanecer como al atardecer. Quiero ir al templo budista y visitar el monasterio de Pedralbes. Quiero perderme por las historias de los refugios de Barcelona, del barrio gótico o de un atardecer compartiendo un café desde el Tibidabo o quizá desde el Carmel. Quiero perdernos por esta ciudad que comencé odiando y que ahora no solo me ha dado la vida, sino que continua haciéndolo día tras día.

Quiero más viajes y escapadas. Cerca de Barcelona y lejos. Mar y montaña. Entre semana, vacaciones o fin de semana. No importa si son horas o días, pero lo quiero. Porque necesito coger aire y sacudirme las responsabilidades y el estrés aunque sea un rato, y simplemente vestirme de la tranquilidad, mirarte y disfrutar del aire.

Quiero más comidas y cenas fuera de casa, muchas. Quiero que conozcamos todos esos sitios que tenemos pendientes, que son muchos. Quiero que te lances y que me invites a salir a cenar, sin miedo.

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Quiero muchas tardes de cine casero o cine en pantalla extra grande, pero sesión de cine. Adoro salir e ir al cine contigo, elegir una película y elegir el combo de palomitas que nos llevaremos a la sala. Adoro comentar la película una vez hemos abandonado la sala y caminamos hacia casa. Adoro todo eso.

Quiero más domingos de no madrugar y quedarnos en la cama, robando tiempo al tiempo y retrasando el desayuno. Quiero que esos domingos de descanso culminen con un paseo por nuestra Barcelona secreta y que, llegado el momento, nos sentemos en un café, de esos pequeños e íntimos y que, compartamos más que cafeína. Son nuestros momentos, únicos todos ellos.

¡Quiero compartirte con toda mi gente! ¡Quiero que tú me compartas con toda tu gente! Adoro ser muchos, adoro el jaleo y las voces. Adoro quedar con un grupo de amigos y compartir nuestra semana con ellos, contarles y que nos cuenten, alegrarnos los unos por los otros y en definitiva, preocuparnos. Porque los amigos son esa familia que no se elige, pero que es sumamente importante.

Quiero besos y abrazos a diario, de noche o sin preámbulos. Quiero que eso nunca se nos pase, que eso nunca muera, que no caduque, como lo que las dos sumamos. Quiero que luchemos y cuidemos lo que tenemos, porque es prácticamente magia, no hay más que vernos.

Quiero más noches de lectura mientras te duermes sobre mí, abrazándome. Tras un largo día es el mejor regalo que podía tener, entretener la mente leyendo y despistar la fatiga abrazada a ti, no hay nada mejor.

Así que envuelve este año con el mejor papel, porque nos traerá muchos momentos, muchos viajes, muchas escapadas arropadas de besos. No te preocupes de desenvolverlo, no tengas prisa y mucho menos miedo. Los días irán descubriendo el regalo, quitándole las capas del papel que intentaba esconder la verdad, nuestra verdad, pero al final saldrá y lucirá, como el sol desde el puente del petróleo… Igual que eso.

Feliz año y feliz día, no solo el de Reyes, no. Feliz día para cada uno de los días de este nuevo calendario. El mundo es muy grande y el tiempo inmortal como para encasillarlo en solo 24 horas. Se feliz cada día y regala momentos, sonrisas o lo que te de la gana cualquier día del año, porque todos cuentan y todos son importantes, incluso un martes 13 o un miércoles 14, todos.

Ser feliz es más que una condición, es una necesidad. Yo necesito ser feliz, busco ser feliz, lucho por serlo. No siempre es fácil pero ¿qué lo es¨? Nada que importe se consigue sin perseguirlo, nada. Así que, día tras día, lucho por aquello que me importa y ser feliz es lo máximo, porque reúne dentro todo lo que me importa.
Feliz día, feliz año. Feliz, tú.

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Día gris en la ciudad condal, con cielos encapotados de ceniza y con ganas de estallar, como muchas veces nosotras mismas.

La lluvia repiquetea en el cristal, ahuyentando el sueño y quizá, la esperanza. El sonido cristalizado y empapado de oxigeno, que a mí me falta, llama mi atención y capta mi mirada.
La ventana está fría, muy fría. Acaricio su suave textura con mi mano y un escalofrío me recorre desde la nuca hasta el final de la espalda, dónde muere la calma y nace la tempestad.

No hay nadie al otro lado del cristal ¿a quién esperaba? Sonrío tristemente a un reflejo que apenas me devuelve una mueca disfrazada. Lo cierto es que, esperaba encontrar tanto detrás de aquel cristal, que la lluvia que sigue repiqueteando, me taladra muy adentro, dónde no llega nadie, ni una misma.

 

22d

 

Me recompongo de súbito, sin miramientos. No existe la pena, al no ser que la cultives tan dentro de ti, que tú mismo seas el abono y el barbecho. No existe la pena si no le dedicas las noches en vela, ni los días de sueños descafeinados y lunes de 72 horas. No existe. No existe aquello que no está.

Le doy la espalda al cristal frío y empapado de tristeza, gris escandaloso y huérfano de acordes. Le doy la espalda a aquello que consigue que me tiemblen las piernas al dudar de mi misma. No miro atrás, no quiero hacerlo, no he de hacerlo. ¿De qué serviría? No me hace falta comprobar si el miedo me persigue, tampoco me hace falta comprobar si hay alguien esperando. No debo mirar atrás ni comprobar. Se la verdad, porque la tengo dentro, pero cuesta tanto sacarla, que a veces somos nosotras mismas las que tragamos aire y la empujamos hacia el fondo de nosotras, a ese sitio dónde solo llega la desesperanza que te taladra. Sólo un taladro. Muy adentro.

Me siento en mi sofá, necesito tiempo, aunque soy consciente de que lo que más me sobra, es carretilla a mi segundero. Soy fuerte y soy valiente, esto ha de valer para mirar hacia delante sin desear echar la vista atrás, por si algo quedara. Soy valiente, lo soy y lo se. Soy fuerte, lo soy y lo se. Pero es el miedo el que pone todo patas arriba, desde mi coraje hasta mi sobrada osadía, sin olvidar que mis espaldas cargan con todo eso y nunca se han quejado.

No es fácil ser una misma, en ocasiones; pero no lo cambiaría por nada del mundo, a diario. Soy lo que soy a base de vivir cada día dentro de esta piel paliducha. No es fácil, pero tampoco lo fue el camino que he recorrido y mira, aquí sigo, de pie, mirando a la vida a los ojos y en ocasiones, hasta guiñándole un ojo.
Es fácil entender quién soy sabiendo de dónde vengo y cómo he llegado hasta aquí. Es fácil, si me conoces. Soy lo que veis envuelto en millones de circunstancias que me hacen única e irrepetible. A veces estúpida y a veces increíble, pero siempre única.

No me da miedo las tardes de diciembre, ni los domingos lluviosos. No me dan miedo los kilómetros, ni el silencio. No me da miedo el no saber o el no estar. No me da miedo tener miedo, de verdad que no. No me da miedo la prisa o las dudas. Solo me da miedo dejar de estar, dejar de ser, dejar de existir… No me refiero a la manera tradicional… ¡Hay tantas formas de dejar de existir, que de tantas que ahí… Existes!

Quiero seguir aquí, en este mismo punto dónde antes me sentía segura y feliz. Quiero seguir y que nada cambie, que evolucione, que el tiempo pase pero sin que nada cambie.
Quiero que, a pesar de que ese tiempo corra y salte por nuestras vidas y por nuestras memorias, sigamos en este mismo punto, en este sofá y en este domingo lluvioso, de lluvias calientes y velas con aromas, pero aquí.

Si hay algo mágico en la lectura de unos votos, es precisamente eso, los votos. Porque cada una de esas palabras que le lees a la persona que amas tiene vida propia, la que consigue hacer sonreír a una persona, la magia que consigue que te tiemblen las piernas, el corazón y las lágrimas. Esa magia que no sale de una chistera, pero que revoluciona todo.

Si hay algo mágico en la lectura de unos votos, es tenerte a ti enfrente, mi vida. Pronunciar las palabras que llevaba tanto tiempo hilando de garganta para dentro y que, con voz temblorosa y velocidad no apta para cardíacos, intenté recitar.
De vez en cuando, levantaba la vista del papel y te miraba. Emocionada y sonriente, me mirabas. Y eso cala, cala tanto que el corazón se me aceleraba y las palabras buscaban salir de mi y encontrarse contigo.

Si hay algo mágico en la lectura de unos votos, es que ese sentimiento crece cada día, a cada momento. Crecen las palabras que te dije hace apenas medio año. Crecen los sentimientos que intentaba recoger en varios renglones. Crece la necesidad de ti y el amor por ti, crece todo… Todo. Mis votos no se han estancado, no se han parado y se han dejado arrastrar, no. Mis votos no son de esos, como tampoco lo es lo que yo siento por ti.

Mis votos, al igual que yo, somos de los que crecemos a tu lado y nos hacemos grandes y fuertes. Somos de los que saltamos al vacío si ese vacío lleva tu nombre. Somos de los que nos sentimos los seres más afortunados de la tierra, porque lo tenemos todo… Todo. Yo te tengo a ti, mi todo más completo.

Quería compartir aquí mis votos, porque quiero que nunca olvides ese día y lo que representó para nosotras. No quiero que olvides todo aquello que nos prometimos y todo aquello por lo que decidimos luchar. No será fácil, pero estamos juntas, mi vida. Todo saldrá bien, todo saldrá bien, no puede ser de otra manera.

 

 

1

 

Una vez leí que hay dos días importantes en la vida de una persona: Uno es cuando nace, y el otro, el día que sabe para qué.
Desde hace 7 años tengo claro para que nací yo… Nací para encontrarte, aunque para ello tuviera que cruzarme España entera.

No sé si alguien puede enseñar a otra persona a amar la vida, pero creo que es lo que tú has hecho conmigo. Has conseguido dar sentido a aquello que me rodea, a todo lo que soy y a todo lo que estamos construyendo. Contigo he aprendido mi vida, a ser feliz sin sentir miedo, y eso no tiene precio, es incalculable, como lo que tú significas para mí.

Llegué a Barcelona sintiéndome bastante perdida u quizá, algo sola. Tú has llenado esos vacíos a base de abrazos, de confianza y del hecho de estar siempre conmigo, al pie del cañón.
Tú has cambiado mi vida, convirtiéndola en algo tan sumamente valioso e importante, que cada mañana me levanto con ganas de luchar porque así soy. Porque las cosas importantes, hay que cuidarlas y valorarlas, hay que amarlas y mimarlas, hay que levantarse e ir a por ellas. Hay que cogerlas con las dos manos.

La vida no ha sido fácil, cariño. Tú y yo lo sabemos, pero al final eso
Nos ha unido más aún y nos ha hecho más fuertes, demostrando que tú h yo juntas, somos mucho más que dos
Así que prometo luchar por nuestra vida, esa que hemos construido juntas. Prometo que siempre habrá momentos para sonreír o salir a cenar para celebrar algo, y si no lo hubiera, lo crearíamos nosotras, imaginación no nos falta. Prometo que cuando los días no sean buenos, que los habrá, intentare arrimar el hombro, escuchar, ayudar o simplemente guardar silencio, pero no desapareceré. Prometo que habrá besos de buenos días y por supuesto, de buenas noches, cafés a media tarde, paseos por la montaña, domingos sin prisa en la cama… Prometo que tendremos tiempo para todo aquello que queremos hacer, aunque para ello tenga que atrasar los relojes… Prometo que tendremos muchos días para hacer promesas y que habrá muchos días con promesas.
Prometo que te voy a querer siempre.

Como muchas de vosotras sabéis, no estamos pasando por el mejor momento. Mi suegro, al que adoro, está hospitalizado en la UCI y su pronóstico no es bueno, no saldrá de esta.
Tras una aventura que dura ya algo más de mes y medio, se encuentra en coma y con escasas posibilidades de salir de ahí. Además, por si eso no fuera suficiente, tiene muy dañado el tronco cerebral, que es la parte del cerebro que se encarga de las funciones más básicas y vitales del ser humano, por lo que, en el supuesto de que saliera del coma, se encontraría con las lesiones cerebrales. Estaría en estado vegetal.
Pero no siempre ha estado así, no. Esto ocurrió la semana pasada, el pasado domingo, cuando le operaron de urgencia, siendo este el resultado.
Antes del domingo, se había enfrentado a una operación muy difícil, una aneurisma gigante y había salido victorioso.
La operación había salido bien, aunque despertó sin apenas mover el lado izquierdo de su cuerpo y sin apenas poder pronunciar una palabra, pero evolucionaba muy bien. El domingo, antes de esa operación, hablaba perfectamente, se movía igual de bien, tanto la parte derecha como la izquierda, evolucionaba tan bien, que ya nos veíamos con él en casa…

Otro día os contaré más cosas sobre lo que pasó, para que podáis entender la rabia y la frustración que nos envuelve y apenas nos deja respirar, pero hoy no. Hoy quiero contaros una bonita historia. Una historia de amor.

 

Hoy vengo a contaros una pequeña y preciosa historia de amor. Es solo un pequeño párrafo dentro de una gran historia, pero es de esos que te encoge el corazón y consigue secarte la boca.

Pocas parejas conozco tan enamoradas y tan bien avenidas como mis suegros. Siempre están juntos y siempre quieren estarlo. Planean, salen, entran, comparten sus cosas y se ríen, se ríen muchísimo.
Son la pareja que te encuentras por la calle siempre de la mano, siempre juntas. La típica pareja que solo tiene piropos entre ellos.
Así eran mis suegros cuando estaban juntos, simplemente felices.

 

 

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Mi suegro ha estado ingresado algo más de mes y medio, y son muchísimos los días en los que mi chica y yo, hemos estado allí con él. Forzando la máquina para que hablara, para que se moviera, para que pensara…
Allí siempre estaba la incansable y preocupada suegra, a su lado, de pie junto a la cama, ofreciéndole la mano mientras le decía algún piropo o simplemente le recordaba lo mucho que le quería.
Esta era la escena principal que nos encontrábamos cada vez que empujábamos la puerta verde de la habitación. Son pura ternura.
Uno de los días, empujamos esa puerta y nos encontramos a mi suegro llorando. Lloraba como un niño, con ganas. Se le veía alterado y preocupado, mientras se llevaba las manos a la cara para que no viéramos como las lágrimas caían mejilla abajo, sin remedio y sin freno.
Nos asustamos. Mi chica corrió hacia su padre y se puso junto a él, en el sitio que solía ocupar mi suegra. “¿Qué pasa, papá? ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? ¿Qué te han dicho?”… Mi chica soltaba las preguntas, aún sabiendo que las respuestas no llegarían.
Yo me coloqué a sus pies, tocándole las piernas y aguardando a que las lágrimas le dejaran hablar y explicarse…

El hombre, cogió aire, como si fuese el hombre más valiente y se incorporó un poco en la cama. Le pidió a su mujer, que aguardaba a un lado de la habitación, que saliera y esperara un momento fuera. La confusión era total. Nos miramos entre nosotras, les miramos a ellos, pero no podíamos desencriptar qué pasaba allí.
Mi suegra, abandonó la habitación y mi chica y yo, nos acercamos a él.

Me tenéis que hacer un favor. Nos espetó mientras seguía llorando y con los puños cerrados, como intentando controlarse.
Claro, papá. Lo que necesites. ¿Qué pasa? Preguntó mi chica preocupada. El hombre, con los ojos enrojecidos y la mirada triste, no parecía el mismo de siempre.
La tristeza se había enganchado en su mirada y se le veía más meditabundo.

El lunes es día 10 de octubre, tu madre y yo hacemos 41 años de casados. Es nuestro aniversario, cariño. El día 10…. Soltó de repente, mientras desviaba la mirada hacia la ventana y se perdía por una luz casi blanca que por allí entraba.

¿Qué clase de marido sería si no le tuviera preparado un detalle? En 41 años siempre ha habido detalles, regalos, viajes… ¿Y este año… ? Balbuceó emocionado. Este año, sois vosotras las que me tenéis que hacer el favor de traerme el regalo aquí, al hospital.

Nos miramos, las dos. No sabría decir si nuestra mirada tenía más de ternura o de alivio. El hombre sufría porque su aniversario, después de 41 años, no iba a poder ser la fiesta que de costumbre. Sufría por si su mujer, mi querida suegra, no sentía ese amor y ese cariño que él la profesaba. Todos sabíamos que los dos sabían lo que significan el uno para el otro, y supongo que en el fondo ellos también.

 

 

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Lo tengo pensado, cariño. Que sea algo sencillo, porque tampoco se pueden hacer milagros. Comenzó a decir, como cogiendo la ilusión a puñados y la esperanza se extendiera por toda la habitación. Tu madre necesita un albornoz, ¿vale? Que sea blanco, por favor. Así que le compráis un albornoz blanco ¿vale? y por supuesto, me tenéis que traer una postal grande. No, grande no, gigante, de esas que ponen que te quiero mucho con letras gigantes y en colores vivos. Pero que también tenga una parte dónde pueda escribir yo y firmar la postal.
Me lo tenéis que traer como muy tarde el domingo, y yo lo esconderé aquí, debajo de la cama. El lunes, lo tendré preparado en la mesa, para que cuando tu madre venga a primera hora de la mañana lo verá, y seguro que le hace mucha ilusión.

Esta era la preocupación de un hombre recién operado de una aneurisma gigante.

El lunes, el día del aniversario, los médicos nos reunieron y nos explicaron que no había ninguna posibilidad de que sobreviviera. Su cerebro estaba seriamente dañado y, por más que lo habían intentando, no se podía hacer nada.
Estaba en coma encefálico, nos dijeron, y las posibilidades de que de allí regresara, eran mínimas.

Era 10 de octubre, cuando nos dijeron que no había nada más que pudiéramos hacer. Era 10 de octubre, el día que hacían 41 años de casados.