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Desde siempre, a las leonesas y leoneses se nos conoce comúnmente como “cazurras y cazurras”. Es cierto que en el resto del mundo esta palabra se utiliza para otros fines. Se suele utilizar para adjetivar a alguna persona como bruta/o, brusca/o, torpe… Sin embargo, a la gente de León les encanta que les llamen cazurros, y yo como buena cazurra, cumplo bien con el significado.

Todo el mundo sabe de dónde soy y lo orgullosa que estoy de mi tierra, y como buena cazurra hago gala de mis orígenes y de mi sangre por todos los sitios. Por eso creo que soy una buena cazurra, en el sentido leonés del mismo. Os preguntaréis, ¿pero qué significa?

Pues bien, la palabra “CAZURRO” deriva de las palabras árabes CAD` UR, el que no cesa, y esa precisamente soy yo.
Yo soy esa que no cesa, que lucha por aquello en lo que cree y busca la manera de conseguirlo. Yo confío en los sueños y confío en lograrlos. Yo soy la que mantiene la mente fría, pero atiborrada de ideas, algunas absurdas o difíciles, que me mantienen viva.

Todo lo que he hecho en mi vida tiene que ver con esta forma de entenderla, la de no cesar y luchar. He luchado por todo y he logrado más de lo que, a priori, iba a conseguir. Conseguí sacar mis estudios, conseguir el trabajo de mis sueños, emanciparme totalmente de mi casa, vivir en una ciudad como Barcelona con mis propios medios, encontrar el amor y cultivarlo día a día, casarme, ser madre… He conseguido tantas cosas…

Por eso cuando la historia que narro en SALIDA 6 apareció en mi mente, tuve que escribirla. Aunque no lo creáis, esa historia lleva rondándome mucho tiempo, a pesar de que no sabía como iba a unir todas las piezas o como remataría exactamente el final. Por eso, desde hace algunos años ya, la tenía casi lista, solo he estado ultimando y puliendo cada párrafo para que estuviera perfecta.
Así que sí, apareció esta historia y tuve que formarla y darle sentido, tuve que narrarla y darle un final. Tuve que publicarla y presentarla al mundo.
Esa soy yo, la que no cesa.

Orgullo cazurro. Orgullosa cazurra.

 

 

Os facilito el link de Amazon donde podéis encontrar la novela en los dos formatos, espero que la disfrutéis tanto como yo.

 

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Me enfrento a este folio en blanco con el alma rebosante de burbujas y la voz acallada de timidez y ruido.

Barcelona se ha despertado bajo un cielo oscuro, de los que rompen el compás de la semana y te obligan a cargar con el paraguas. Las gotas que golpean el cristal de mi ventana marcan el ritmo de cada una de estas letras. Llueve en Barcelona, llueve pero no importa si tu alma está recubierta de burbujas y tu ilusión está intacta.

Me siento en mi escritorio y pongo un poco de música para intentar hacer bailar a estas letras, mientras enciendo un poco de incienso que me acompañe en esta mañana otoñal de mayo y me enciendo una vela, que quizá no me alumbre pero me da calor, calor de hogar, de los que mantienen la vida.

22d

No hay días fáciles para los que se rinden, y los que se rinden no viven días fáciles. Muchas veces, más de las que reconoceré, he tenido que cerrar los puños y apretarlos con fuerza para comprobar que aún me quedaba vigor suficiente para seguir.

Muchas veces he cerrado los ojos y respirado hondo tres y cuatro veces seguidas, para contener las lágrimas y la desilusión alejadas, y poder continuar con mi vida.

Muchas veces, más de las que quisiera, he creído que la suerte no iba en mi mismo barco, que la había perdido en alguna tormenta lejana y que, por más que lanzara los dados, jamás sacaría un siete.

Muchas veces… Muchas veces… Pero al final, siempre volvía a la palestra, cogía los dados de nuevo y tras respirar hondo, cerrar los puños y apretar los dientes, los lanzaba hacia el futuro… Siempre hay que volver a lanzar los dados, siempre.

Llueve en Barcelona y el cielo, encapotado y de ala caída me blinda el homenaje perfecto para quedarme en casa y vaciar ese alma llena de burbujas y voz templada pero silenciada.

Llueve en Barcelona, pero a mi alma encapuchada no le importa. Hoy puedo mirar a la lluvia a los ojos y no temblar. Hoy levanto la vista al cielo y aunque la lluvia cumpla con la ley de la gravedad, no me importa. La lluvia solo puede mojarte, nada más. Pero si tu alma te sirve de chubasquero y te cubre, ¿que puede pasarte? Nada, nada malo.

Tómate el pulso. Dedica dos minutos a colocar tus dedos sobre tu muñeca y ver si respiras, si hay pulso, si el corazón sigue bombeando fuerza a través de las venas. ¿Respiras? ¿Late el corazón? Entonces, dale sentido a cada bocanada de aire y a cada paseo de la sangre recorriendo tu cuerpo. Si respiras, si aún hay pulso tienes lo más difícil, la vida.

Tómate cinco minutos o quizá diez, o los que estimes oportunos para valorar la situación. Tienes toda la vida por delante, porque aún hay pulso, por lo que tómate cinco minutos para ver dónde estás y dónde querías estar, porque ambos lugares no deberían distar mucho entre sí y si la distancia es demasiado grande, la tristeza y la culpa quizá carcoman tu corazón de madera. Piensa, valora e implícate en reducir la distancia, en recorrerla, en superarla… Ve dónde quieras ir y se quién quieras ser. No es fácil y seguramente el camino estará lleno de cuestas pronunciadas y de piedras que te dificultarán aún más el trayecto, pero cuando tienes la convicción de querer algo, no hay cuestas suficientemente empinadas ni piedras tan grandes como para no sortearlas a golpe de poder, porque puedes.

Tómate un respiro y deja de pensar por cinco minutos. No todo consiste en sintetizarlo ni en que las neuronas le den el visto bueno. Respira y lánzate, empieza la cabeza por el tejado, lucha sin escudo y saborea el sudor de la adrenalina palpitando en tu boca. La vida no es predecible, ni se puede vivir en automático ni con la quinta puesta. Desembraga y embraga, y no pienses por un instante en nada más. ¿Qué puede pasar? ¿Que el corazón se te cale?

 

Tómate un lunes en broma y un sábado en serio. Porque no todos los días son días de trabajar y generar, y no todos los fines de semana serán días de gastar y quemar. Los días son sólo 24 horas que transcurren juntas, consecutivamente, pero no tienen más etiquetas que las que tú les pongas. Un lunes puede ser el mejor día de la semana si tú te lo propones, aunque te toque madrugar, trabajar y luchar contra el mundo. Tú tienes las etiquetas y también, la grapadora que hará que se cumplan. Grapa tus decisiones al aire y a tu convicción, pero no a los días que manipularán tus horas.

Tómate un te o quizá un café, pero descansa del día, de la vida. Siéntate y contempla. La vida pasa, sí, pero tú estás en ese pasaje junto a ella. Quizá no vayáis de la mano o quizá no os deis las buenas noches a diario, pero vais juntos, como un viajero y su maleta de mano. Sois una extraña pareja que riñe pero que no pueden pasar sin estar juntos, por lo que tómate un té y valora lo que ves, porque no hay más realidad que la que podemos ver. Que nadie te cuente lo duro que es vivir, lo duro que es sufrir, lo duro que es un puto lunes de abril, que nadie te cuente cuentos sobre vivir, vive tú y contempla lo que la vida te da y te quita, lo que la vida te proporciona y te pide a cambio, lo que la vida necesita de ti y lo que tú estás dispuesto a ofrecer. Se siempre tú el que tiene la sartén por el mango y el reloj sin darle cuerda.

Tómate la vida como si fuera un gintonic. Tómatela con alegría y con ganas, porque solo tenemos una y muchos matarían por tener más tiempo, porque el tiempo es el único producto que en realidad caduca y perece, y nosotros con él. Tómatela junto a las personas que más quieres, reúnete con tus amigos, con tu familia y también con algún enemigo, y alza tu copa y brinda por las sacudidas que da la vida. Pero tómatela antes de que el hielo convierta en agua una ginebra sazonada y adornada como una ensalada cesar, porque después, no te sabrá igual. El tiempo todo lo vence, todo lo cura y todo lo convierte en agua o en polvo. No dejes que la vida te cale e impida que te muevas. La vida está para tomársela así, en frío y de varios tragos.

Tómate en serio y escúchate, nadie te conoce como tú mismo, aunque lo quieras negar. Tú conoces tus debilidades, y te aprovechas. Tú conoces tus garantías de éxito, y te aprovechas. Tú conoces tus necesidades, y te aprovechas. Tú conoces el cómo y el porqué, y te aprovechas. Pero aprovecha todo lo que sabes sobre tí mismo para ser feliz y poder aprender como hacer las cosas. Conocerse a uno mismo es lo mejor que te puede pasar, es como jugar una partida de póker conociendo las cartas de tus rivales, tienes media mano asegurada. Sabes cuando ir y cuando plantarte, cuando subir la apuesta o tirar las cartas. Eso amigo mío, es lo que tienes tú de ventaja conociéndote.

Igual no lo sabes, o quizá sí, pero cada día estoy más enamorada de ti.

Pasa el tiempo, pasa la vida, pasan historias y en todas junto a ti me quedaría. No me importa si la historia trata sobre un viaje o sobre una tarde en casa, sobre un fin de semana de baile y fiesta o sobre una mañana en la montaña, no me importa mientras te tenga cerca.

Igual no lo sabes, o quizá sí, pero cada día estoy más enamorada de ti.

Los sentimientos gravitan en mi interior haciéndome cosquillas y consiguiendo cambiar mi expresión. Ya no importa si he tenido un día gris y oscuro además de duro, porque las cosquillas consiguen que sonríe y el sonreír te devuelve a la vida dentro de mi. Todo pasa, todo se evapora, todo se va, salvo tú, que en ningún sitio te necesito más que cerca de mi, dentro de mi.

Igual no lo sabes, o quizá sí, pero cada día estoy más enamorada de ti.

Es tan grande el sentimiento que a veces cuando duermo, me despierta y necesito girarme y abrazarme a tu espalda, para sentirte cerca y besarte la cara. A veces creo que estoy dormida, y que lo he soñado, otras se que estoy despierta porque mientras te observo, procuro no ser descubierta.

Igual no lo sabes, o quizá sí, pero cada día estoy más enamorada de ti.

Invento, creo, planeo… Cualquier cosa para distraer la vida y que no resulte una acción fallida. No hay dos días iguales, ni más de dos males. No hay discusión que valga que no termine que un perdón. No hay noche que no empiece y termine con una retahíla de besos y confesiones de te quieros. No las hay porque no las queremos y no las queremos porque no nos lo merecemos.

Igual no lo sabes, o quizá sí, pero cada día estoy más enamorada de ti.

Me conoces tan bien que sabes cuando el día me ha dado más de un vaivén y cuando necesito escaparme en el primer tren. Me conoces tan bien, que cuando necesito a alguien, tú sabes a quién. Me conoces tan bien, que sabes cuando necesito un solo abrazo o quizá cien. Me conoces tan bien porque tú alma vive aquí, en mí, de retén, en medio de las costillas.

Igual no lo sabes, o quizá sí, pero cada día estoy más enamorada de ti.

Nunca imaginé que el amor sería esto. Amor, que siempre lo comparé o lo equiparé a dolor y que ahora siento que me cubre con una capa que me cuida, en su afán más protector, y que me lanza al mundo sin que sienta yo dolor. Porque gracias al amor, me levanto un lunes de buen humor y lucho por mis sueños, desde los más fáciles a los inalcanzables, porque ya no me para ningún factor. Tengo fuerza, tengo confianza y tengo ganas, la vida se rinde mientras yo pago mis impuestos en la aduana.

Igual no lo sabes, o quizá sí, pero cada estoy más enamorada de ti.

Soñaba contigo sin saber quién eras y mucho menos cómo serías, cosas que ahora me se de memoria y que, me encanta.
Soñaba contigo sin saber dónde vivías, cómo sonaba tu voz en la oscuridad o tu risa en tu inmensidad, pero te buscaba.
Soñaba contigo sin saber si tomabas café o té, si eras vegetariana o si te gustaba el cine.
Soñaba contigo, todos los días, y te buscaba entre brumas y odiseas. Has tenido mil caras, miles de timbres de voz distintos y sin embargo, siempre eras la misma, la misma.
Soñaba contigo desde siempre, como ahora, y para siempre.

Hace un día de perros y yo, que no se ladrar, me pierdo en el embrujo de la luna que me mira, me observa y me hace temblar.
Hace un día de perros, de cuestas atropelladas sin freno de mano, de flores marchitas sobre un jarrón cansado, de domingos sin vísperas y de noches sin almohada ni pijama. Hace un día de perros, de lluvias intensas y truenos ladradores que taladran el día.
Hace un día de perros y yo, que descanso de la vida en pasillos kilométricos, me escondo bajo una capucha que me resguarda de la lluvia y de un cielo negro, que parece que en cualquier momento, se va a desplomar.

 
Hace un día de perros y mi capa protectora se desquita del polvo que la envuelve. Llueve y mancha la soledad de esta carcasa de embrujo pero sin abrigo, que me da y me quita a partes desiguales y que, me mira a los ojos después de haberte robado la cartera.
Pero sigo siendo yo, aunque no pueda identificarme mediante el DNI o el carné de la biblioteca. Sigo siendo yo aunque, el miedo haya condensado mi fatiga y la lluvia haya lavado un mal día. Sigo siendo yo porque, a pesar de que siga siendo un día de perros y yo no haya aprendido a ladrar, la luna ya no me hace temblar, aunque lo intenta intensamente. Sigo siendo yo, porque me reconozco en las sombras y en los reflejos que me devuelven los charcos, aún humeantes. Sigo siendo yo porque la piel que me cuida y me protege y me hace ser tan fuerte, sigue aquí, pegada a mí, convirtiendo los temblores en simples escalofríos y convirtiendo el sentir en la vida en un palpitar cercano y ruidoso que me hace agarrarme con fuerza al mundo y, luchar.

 

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Sigo siendo yo, porque si cierro los ojos y respiro hondamente, reconozco mi propio olor y mi propio tacto. No huelo a miedo o a humedad, a pesar de que hace un día de perros. No siento la sequedad de mi piel, a pesar de que la lluvia ha hecho mella en mí. Me siento a mí misma, con ese tacto seguro y certero que te transmiten las cosas que reconoces sin ver. Me siento yo misma, porque aspiro mi propio yo, y eso me hace sentirme en casa, en paz, tranquila… A pesar de que haga un día de perros y el chubasquero esté calado.
Hace un día de perros y yo, sin carcasa ni chubasquero, sin miedo y con la identidad intacta, me empapo de esa lluvia que, solo me recuerda el valor de las cosas. No tengo miedo de mirar la lluvia caer sobre mí y empaparme entera, de cabeza hasta el alma. No tengo miedo de la humedad o del frío que me transmiten unas minúsculas gotas de agua, no tengo miedo. El miedo lo olvidé en uno de esos charcos que, sin darme cuenta pisé tras la tormenta.
No temo al día de perros ni a la luna, ni siquiera a una carcasa rota. Temo que llegue un día en el que no tenga osadía para salir a la calle y mirar a la lluvia a la cara, mientras le reto a que me empape de realidad. Porque si la lluvia cae, bailemos bajo ella.

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Día gris en la ciudad condal, con cielos encapotados de ceniza y con ganas de estallar, como muchas veces nosotras mismas.

La lluvia repiquetea en el cristal, ahuyentando el sueño y quizá, la esperanza. El sonido cristalizado y empapado de oxigeno, que a mí me falta, llama mi atención y capta mi mirada.
La ventana está fría, muy fría. Acaricio su suave textura con mi mano y un escalofrío me recorre desde la nuca hasta el final de la espalda, dónde muere la calma y nace la tempestad.

No hay nadie al otro lado del cristal ¿a quién esperaba? Sonrío tristemente a un reflejo que apenas me devuelve una mueca disfrazada. Lo cierto es que, esperaba encontrar tanto detrás de aquel cristal, que la lluvia que sigue repiqueteando, me taladra muy adentro, dónde no llega nadie, ni una misma.

 

22d

 

Me recompongo de súbito, sin miramientos. No existe la pena, al no ser que la cultives tan dentro de ti, que tú mismo seas el abono y el barbecho. No existe la pena si no le dedicas las noches en vela, ni los días de sueños descafeinados y lunes de 72 horas. No existe. No existe aquello que no está.

Le doy la espalda al cristal frío y empapado de tristeza, gris escandaloso y huérfano de acordes. Le doy la espalda a aquello que consigue que me tiemblen las piernas al dudar de mi misma. No miro atrás, no quiero hacerlo, no he de hacerlo. ¿De qué serviría? No me hace falta comprobar si el miedo me persigue, tampoco me hace falta comprobar si hay alguien esperando. No debo mirar atrás ni comprobar. Se la verdad, porque la tengo dentro, pero cuesta tanto sacarla, que a veces somos nosotras mismas las que tragamos aire y la empujamos hacia el fondo de nosotras, a ese sitio dónde solo llega la desesperanza que te taladra. Sólo un taladro. Muy adentro.

Me siento en mi sofá, necesito tiempo, aunque soy consciente de que lo que más me sobra, es carretilla a mi segundero. Soy fuerte y soy valiente, esto ha de valer para mirar hacia delante sin desear echar la vista atrás, por si algo quedara. Soy valiente, lo soy y lo se. Soy fuerte, lo soy y lo se. Pero es el miedo el que pone todo patas arriba, desde mi coraje hasta mi sobrada osadía, sin olvidar que mis espaldas cargan con todo eso y nunca se han quejado.

No es fácil ser una misma, en ocasiones; pero no lo cambiaría por nada del mundo, a diario. Soy lo que soy a base de vivir cada día dentro de esta piel paliducha. No es fácil, pero tampoco lo fue el camino que he recorrido y mira, aquí sigo, de pie, mirando a la vida a los ojos y en ocasiones, hasta guiñándole un ojo.
Es fácil entender quién soy sabiendo de dónde vengo y cómo he llegado hasta aquí. Es fácil, si me conoces. Soy lo que veis envuelto en millones de circunstancias que me hacen única e irrepetible. A veces estúpida y a veces increíble, pero siempre única.

No me da miedo las tardes de diciembre, ni los domingos lluviosos. No me dan miedo los kilómetros, ni el silencio. No me da miedo el no saber o el no estar. No me da miedo tener miedo, de verdad que no. No me da miedo la prisa o las dudas. Solo me da miedo dejar de estar, dejar de ser, dejar de existir… No me refiero a la manera tradicional… ¡Hay tantas formas de dejar de existir, que de tantas que ahí… Existes!

Quiero seguir aquí, en este mismo punto dónde antes me sentía segura y feliz. Quiero seguir y que nada cambie, que evolucione, que el tiempo pase pero sin que nada cambie.
Quiero que, a pesar de que ese tiempo corra y salte por nuestras vidas y por nuestras memorias, sigamos en este mismo punto, en este sofá y en este domingo lluvioso, de lluvias calientes y velas con aromas, pero aquí.

Como muchas de vosotras sabéis, no estamos pasando por el mejor momento. Mi suegro, al que adoro, está hospitalizado en la UCI y su pronóstico no es bueno, no saldrá de esta.
Tras una aventura que dura ya algo más de mes y medio, se encuentra en coma y con escasas posibilidades de salir de ahí. Además, por si eso no fuera suficiente, tiene muy dañado el tronco cerebral, que es la parte del cerebro que se encarga de las funciones más básicas y vitales del ser humano, por lo que, en el supuesto de que saliera del coma, se encontraría con las lesiones cerebrales. Estaría en estado vegetal.
Pero no siempre ha estado así, no. Esto ocurrió la semana pasada, el pasado domingo, cuando le operaron de urgencia, siendo este el resultado.
Antes del domingo, se había enfrentado a una operación muy difícil, una aneurisma gigante y había salido victorioso.
La operación había salido bien, aunque despertó sin apenas mover el lado izquierdo de su cuerpo y sin apenas poder pronunciar una palabra, pero evolucionaba muy bien. El domingo, antes de esa operación, hablaba perfectamente, se movía igual de bien, tanto la parte derecha como la izquierda, evolucionaba tan bien, que ya nos veíamos con él en casa…

Otro día os contaré más cosas sobre lo que pasó, para que podáis entender la rabia y la frustración que nos envuelve y apenas nos deja respirar, pero hoy no. Hoy quiero contaros una bonita historia. Una historia de amor.

 

Hoy vengo a contaros una pequeña y preciosa historia de amor. Es solo un pequeño párrafo dentro de una gran historia, pero es de esos que te encoge el corazón y consigue secarte la boca.

Pocas parejas conozco tan enamoradas y tan bien avenidas como mis suegros. Siempre están juntos y siempre quieren estarlo. Planean, salen, entran, comparten sus cosas y se ríen, se ríen muchísimo.
Son la pareja que te encuentras por la calle siempre de la mano, siempre juntas. La típica pareja que solo tiene piropos entre ellos.
Así eran mis suegros cuando estaban juntos, simplemente felices.

 

 

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Mi suegro ha estado ingresado algo más de mes y medio, y son muchísimos los días en los que mi chica y yo, hemos estado allí con él. Forzando la máquina para que hablara, para que se moviera, para que pensara…
Allí siempre estaba la incansable y preocupada suegra, a su lado, de pie junto a la cama, ofreciéndole la mano mientras le decía algún piropo o simplemente le recordaba lo mucho que le quería.
Esta era la escena principal que nos encontrábamos cada vez que empujábamos la puerta verde de la habitación. Son pura ternura.
Uno de los días, empujamos esa puerta y nos encontramos a mi suegro llorando. Lloraba como un niño, con ganas. Se le veía alterado y preocupado, mientras se llevaba las manos a la cara para que no viéramos como las lágrimas caían mejilla abajo, sin remedio y sin freno.
Nos asustamos. Mi chica corrió hacia su padre y se puso junto a él, en el sitio que solía ocupar mi suegra. “¿Qué pasa, papá? ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? ¿Qué te han dicho?”… Mi chica soltaba las preguntas, aún sabiendo que las respuestas no llegarían.
Yo me coloqué a sus pies, tocándole las piernas y aguardando a que las lágrimas le dejaran hablar y explicarse…

El hombre, cogió aire, como si fuese el hombre más valiente y se incorporó un poco en la cama. Le pidió a su mujer, que aguardaba a un lado de la habitación, que saliera y esperara un momento fuera. La confusión era total. Nos miramos entre nosotras, les miramos a ellos, pero no podíamos desencriptar qué pasaba allí.
Mi suegra, abandonó la habitación y mi chica y yo, nos acercamos a él.

Me tenéis que hacer un favor. Nos espetó mientras seguía llorando y con los puños cerrados, como intentando controlarse.
Claro, papá. Lo que necesites. ¿Qué pasa? Preguntó mi chica preocupada. El hombre, con los ojos enrojecidos y la mirada triste, no parecía el mismo de siempre.
La tristeza se había enganchado en su mirada y se le veía más meditabundo.

El lunes es día 10 de octubre, tu madre y yo hacemos 41 años de casados. Es nuestro aniversario, cariño. El día 10…. Soltó de repente, mientras desviaba la mirada hacia la ventana y se perdía por una luz casi blanca que por allí entraba.

¿Qué clase de marido sería si no le tuviera preparado un detalle? En 41 años siempre ha habido detalles, regalos, viajes… ¿Y este año… ? Balbuceó emocionado. Este año, sois vosotras las que me tenéis que hacer el favor de traerme el regalo aquí, al hospital.

Nos miramos, las dos. No sabría decir si nuestra mirada tenía más de ternura o de alivio. El hombre sufría porque su aniversario, después de 41 años, no iba a poder ser la fiesta que de costumbre. Sufría por si su mujer, mi querida suegra, no sentía ese amor y ese cariño que él la profesaba. Todos sabíamos que los dos sabían lo que significan el uno para el otro, y supongo que en el fondo ellos también.

 

 

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Lo tengo pensado, cariño. Que sea algo sencillo, porque tampoco se pueden hacer milagros. Comenzó a decir, como cogiendo la ilusión a puñados y la esperanza se extendiera por toda la habitación. Tu madre necesita un albornoz, ¿vale? Que sea blanco, por favor. Así que le compráis un albornoz blanco ¿vale? y por supuesto, me tenéis que traer una postal grande. No, grande no, gigante, de esas que ponen que te quiero mucho con letras gigantes y en colores vivos. Pero que también tenga una parte dónde pueda escribir yo y firmar la postal.
Me lo tenéis que traer como muy tarde el domingo, y yo lo esconderé aquí, debajo de la cama. El lunes, lo tendré preparado en la mesa, para que cuando tu madre venga a primera hora de la mañana lo verá, y seguro que le hace mucha ilusión.

Esta era la preocupación de un hombre recién operado de una aneurisma gigante.

El lunes, el día del aniversario, los médicos nos reunieron y nos explicaron que no había ninguna posibilidad de que sobreviviera. Su cerebro estaba seriamente dañado y, por más que lo habían intentando, no se podía hacer nada.
Estaba en coma encefálico, nos dijeron, y las posibilidades de que de allí regresara, eran mínimas.

Era 10 de octubre, cuando nos dijeron que no había nada más que pudiéramos hacer. Era 10 de octubre, el día que hacían 41 años de casados.