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Como muchas de vosotras sabéis, no estamos pasando por el mejor momento. Mi suegro, al que adoro, está hospitalizado en la UCI y su pronóstico no es bueno, no saldrá de esta.
Tras una aventura que dura ya algo más de mes y medio, se encuentra en coma y con escasas posibilidades de salir de ahí. Además, por si eso no fuera suficiente, tiene muy dañado el tronco cerebral, que es la parte del cerebro que se encarga de las funciones más básicas y vitales del ser humano, por lo que, en el supuesto de que saliera del coma, se encontraría con las lesiones cerebrales. Estaría en estado vegetal.
Pero no siempre ha estado así, no. Esto ocurrió la semana pasada, el pasado domingo, cuando le operaron de urgencia, siendo este el resultado.
Antes del domingo, se había enfrentado a una operación muy difícil, una aneurisma gigante y había salido victorioso.
La operación había salido bien, aunque despertó sin apenas mover el lado izquierdo de su cuerpo y sin apenas poder pronunciar una palabra, pero evolucionaba muy bien. El domingo, antes de esa operación, hablaba perfectamente, se movía igual de bien, tanto la parte derecha como la izquierda, evolucionaba tan bien, que ya nos veíamos con él en casa…

Otro día os contaré más cosas sobre lo que pasó, para que podáis entender la rabia y la frustración que nos envuelve y apenas nos deja respirar, pero hoy no. Hoy quiero contaros una bonita historia. Una historia de amor.

 

Hoy vengo a contaros una pequeña y preciosa historia de amor. Es solo un pequeño párrafo dentro de una gran historia, pero es de esos que te encoge el corazón y consigue secarte la boca.

Pocas parejas conozco tan enamoradas y tan bien avenidas como mis suegros. Siempre están juntos y siempre quieren estarlo. Planean, salen, entran, comparten sus cosas y se ríen, se ríen muchísimo.
Son la pareja que te encuentras por la calle siempre de la mano, siempre juntas. La típica pareja que solo tiene piropos entre ellos.
Así eran mis suegros cuando estaban juntos, simplemente felices.

 

 

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Mi suegro ha estado ingresado algo más de mes y medio, y son muchísimos los días en los que mi chica y yo, hemos estado allí con él. Forzando la máquina para que hablara, para que se moviera, para que pensara…
Allí siempre estaba la incansable y preocupada suegra, a su lado, de pie junto a la cama, ofreciéndole la mano mientras le decía algún piropo o simplemente le recordaba lo mucho que le quería.
Esta era la escena principal que nos encontrábamos cada vez que empujábamos la puerta verde de la habitación. Son pura ternura.
Uno de los días, empujamos esa puerta y nos encontramos a mi suegro llorando. Lloraba como un niño, con ganas. Se le veía alterado y preocupado, mientras se llevaba las manos a la cara para que no viéramos como las lágrimas caían mejilla abajo, sin remedio y sin freno.
Nos asustamos. Mi chica corrió hacia su padre y se puso junto a él, en el sitio que solía ocupar mi suegra. “¿Qué pasa, papá? ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? ¿Qué te han dicho?”… Mi chica soltaba las preguntas, aún sabiendo que las respuestas no llegarían.
Yo me coloqué a sus pies, tocándole las piernas y aguardando a que las lágrimas le dejaran hablar y explicarse…

El hombre, cogió aire, como si fuese el hombre más valiente y se incorporó un poco en la cama. Le pidió a su mujer, que aguardaba a un lado de la habitación, que saliera y esperara un momento fuera. La confusión era total. Nos miramos entre nosotras, les miramos a ellos, pero no podíamos desencriptar qué pasaba allí.
Mi suegra, abandonó la habitación y mi chica y yo, nos acercamos a él.

Me tenéis que hacer un favor. Nos espetó mientras seguía llorando y con los puños cerrados, como intentando controlarse.
Claro, papá. Lo que necesites. ¿Qué pasa? Preguntó mi chica preocupada. El hombre, con los ojos enrojecidos y la mirada triste, no parecía el mismo de siempre.
La tristeza se había enganchado en su mirada y se le veía más meditabundo.

El lunes es día 10 de octubre, tu madre y yo hacemos 41 años de casados. Es nuestro aniversario, cariño. El día 10…. Soltó de repente, mientras desviaba la mirada hacia la ventana y se perdía por una luz casi blanca que por allí entraba.

¿Qué clase de marido sería si no le tuviera preparado un detalle? En 41 años siempre ha habido detalles, regalos, viajes… ¿Y este año… ? Balbuceó emocionado. Este año, sois vosotras las que me tenéis que hacer el favor de traerme el regalo aquí, al hospital.

Nos miramos, las dos. No sabría decir si nuestra mirada tenía más de ternura o de alivio. El hombre sufría porque su aniversario, después de 41 años, no iba a poder ser la fiesta que de costumbre. Sufría por si su mujer, mi querida suegra, no sentía ese amor y ese cariño que él la profesaba. Todos sabíamos que los dos sabían lo que significan el uno para el otro, y supongo que en el fondo ellos también.

 

 

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Lo tengo pensado, cariño. Que sea algo sencillo, porque tampoco se pueden hacer milagros. Comenzó a decir, como cogiendo la ilusión a puñados y la esperanza se extendiera por toda la habitación. Tu madre necesita un albornoz, ¿vale? Que sea blanco, por favor. Así que le compráis un albornoz blanco ¿vale? y por supuesto, me tenéis que traer una postal grande. No, grande no, gigante, de esas que ponen que te quiero mucho con letras gigantes y en colores vivos. Pero que también tenga una parte dónde pueda escribir yo y firmar la postal.
Me lo tenéis que traer como muy tarde el domingo, y yo lo esconderé aquí, debajo de la cama. El lunes, lo tendré preparado en la mesa, para que cuando tu madre venga a primera hora de la mañana lo verá, y seguro que le hace mucha ilusión.

Esta era la preocupación de un hombre recién operado de una aneurisma gigante.

El lunes, el día del aniversario, los médicos nos reunieron y nos explicaron que no había ninguna posibilidad de que sobreviviera. Su cerebro estaba seriamente dañado y, por más que lo habían intentando, no se podía hacer nada.
Estaba en coma encefálico, nos dijeron, y las posibilidades de que de allí regresara, eran mínimas.

Era 10 de octubre, cuando nos dijeron que no había nada más que pudiéramos hacer. Era 10 de octubre, el día que hacían 41 años de casados.

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Hoy comienza la despedida de un hombre bueno, pero bueno de verdad. No de esos con los que se te llena la boca, pero no el corazón. No de esos de discursos delante de la familia o de los amigos, no. Bueno de los de verdad, de los que con solo cerrar los ojos, te vienen buenos momentos junto a él. Bueno de verdad, de los que emocionan.

Hay gente que es tan especial, que necesita comenzar a despedirse con tiempo, y no irse sin más. Así está él, dándonos tiempo a todas nosotras, de cogerle la mano y de despedirnos. Sabe, porque él lo sabe, que todo el mundo le quería mucho, por eso está esperando, para que acudamos allí y podamos despedirnos. Hay gente, poca, que necesita un tiempo. Hay gente, poca, que era cómo él. Inmensamente grande, inmensamente bueno, inmensamente…

Mucho se habla de cual es la misión de un hombre para con su familia… Yo no se cual es esa misión de la que hablan, pero te puedo asegurar, que tú lo has hecho genial, no podías haberlo hecho mejor. Has tenida una familia sin igual, tienes dos hijas que te adoran y una postiza que te idolatra, una mujer que no se ha separado de tí ni un minuto, y siempre has estado ahí para todas nosotras, siempre.
Es duro perder a un padre. Es muy duro, pero más si ese padre es cómo tú, Juanito. Para mí, que no llevo tu apellido, esto es un duro golpe, muy duro.
Nos conocemos desde hace mucho tiempo ¿verdad? Y siempre nos hemos llevado bien, hemos congeniado estupendamente y nos lo hemos pasado genial juntos. Compartimos muchas cosas, pero sobre todo el amor hacia tu hija, mi mujer, y el respeto y adoración por esa familia, que a base de duro trabajo y mucho cariño, has sacado hacia delante. Gracias Juanito, por hacerme sentir, en todas las facetas en las que se puede sentir, que yo no llevo tu apellido, pero es como si tuviéramos la misma sangre.

¡Ay, Juanito, qué pronto te nos has ido! No nos has dado tiempo a hacerte abuelo o a irnos de crucero juntos, como querías… ¡Ay, Juanito! No te imaginas el vació que nos dejas aquí, vacío de esos que no se llenan y que siempre se recuerdan. Vacío en su definición más literal…

Ahora, cuando toda esa gente que te quiere se despida de ti, ya te podrás ir. Cuando tú quieras, no hay prisa. Cuando tú lo veas bien y estés preparado, vete. Nosotras ya te estamos echando de menos, aunque sabemos que aún estás aquí, con nosotras. Ve tranquilo Juanito, que aquí estará todo bien, cuenta con ello.

Hay días tristes y días, que por su negrura o por su dolor, ni siquiera son tristes, no son ni días, porque aunque salga el sol, y te despiertes por la mañana, las agujas del reloj van pasando, mientras tú y tu paciencia bendita, esperan en una fría sala de espera. No sabes que hora es, no sabes si tienes hambre, no sabes.. No sabes nada, pero esperas. Esperas. En una sala fría de espera.

Porque hay días que tienes marcado en rojo y no podrás olvidar jamás, aunque te vaya muy bien o te vaya mal.

Porque hay días que son tan importantes para tí, que te transportan sin querer y sin pedirlo hacia atrás, hacia el pasado. No hace falta volver la vista atrás para ver los días ya disfrutados porque esos días, aun viven en ti.

Porque hay días que cambien el resto de fechas del calendario. Un simple día, un simple cómputo de 24 horas, puede afectar directa o indirectamente, en el resto de días que componen tu existencia. Porque hay días, momentos y horas, que no deseamos que lleguen nunca, pero terminan llegando, como el invierno, como el verano, como el recuerdo de un cuento, o de tu mano simulando tocar el piano. Porque hay ausencias, recuerdos y circunstancias, que duelen sobremanera. Tú dueles, tu ausencia duele, tus recuerdos, aunque me hacen sonreír, duelen en el fondo de mí.

Porque hay días que dan miedo, sin ni siquiera llevar máscara o gritarte al oído. Da miedo vivirlos, volver a sentirlos sobre tu piel como la primera vez. Da miedo volver a revivir esa sensación de pérdida, de desasosiego y de madurez. Da miedo levantarse al día siguiente y decir en voz alta “es cierto, ha ocurrido. Ella ya no está.”. Da miedo, porque te obliga a aceptarlo, a asumirlo y a continuar hacia delante. Con miedo, sí. Pero hacia delante, aunque sea temblando y volviendo la vista atrás, pero hacia delante.

Porque hay días que sabes que van a llegar, que la vuelta al calendario se va a volver a cumplir y ese día explotará en ti, como explotó en su día aquella noticia, tu corazón o tus constantes vitales tras colgar la llamada. Esos días, has de luchar, has de enfrentarte a ellos. Por eso cargas sobre tus hombros todo el peso que puedes. A veces en forma de trabajo, mucho trabajo. Otras veces solo recados, quehaceres diarios. Otras veces, sumas todas las actividades que puedes a tu agenda. No importa no tener ni un minuto libre para sentarte en el sofá y ver las noticias o salir a tomar un café con tu pareja y comentar cómo os ha ido el día, no importa. Ese es el objetivo, tener la mente tan ocupada y tan llena de propósitos para ese día, para hoy, que te libere de tu miedo de enfrentarte a la puta realidad de su ausencia. Sigues cargando tu espalda de quehaceres, pero no puedes evitar quitarte los recuerdos de tu cabeza.

Porque hay días, que sientes el alma tan vacía, que apenas logra ponerse en pie y saludar a la vida. Las cosas pesan más cuando menos tienen, las cosas se mueven más por dentro, cuando menos te lo esperas. Las cosas cambian, los pesos, los recuerdos, las historias… Cambian. Tú nunca cambiaste. Yo nunca cambié estando contigo.

Porque hay días que son día 7, porque hay días que coinciden en enero, en el primer mes de año, en la primera semana de este nuevo año. Porque hay días que me traen tus recuerdos con la brisa, con el despertador, con el insomnio del día 7. Hoy es 7 de enero.

Porque hay días abuela, que te recuerdo aun más si cabe, más que siempre. Hoy hace un año que  nos dejaste, hoy, precisamente hoy hace un año que intento aprender a vivir sin ti, a vivir de tus recuerdos, de tus fotos y de millones de recuerdos, de historias y de anécdotas de ti, porque por suerte, hemos tenido a la mejor abuela del mundo. Sí, esa que nos cuidaba cuando estábamos malos y se recorría medio León para venir a nuestra casa y traernos algún pastel, jugar con nosotros a las cartas o simplemente ver los dibujos. Sí, esa que nos contaba dos mil anécdotas de su vida, de su infancia, de su marido o de su pueblo, y que nosotros sabíamos de memoria y aún así, disfrutábamos cuando volvías a contarlas. Ojalá hoy volvieras a recordarnos quién era Colasa o cómo bailabas en el Casino los días de fiesta. Ojalá hoy volvieras a contarnos un chiste o a hacerte doscientas fotos con nosotros, mientras sacamos la lengua y ponemos caras raras.

Porque hay días abuela, que te despiertas estando ya triste, estando melancólica, como hoy. Recuerdo el día como si fuese ahora mismo. Recuerdo cómo me llamó mi madre y supe que algo había pasado. Recuerdo los dos mil pensamientos que se me pasaron por la cabeza antes de descolgar y enfrentarme a la realidad. Recuerdo como supe que tenía que irme de Barcelona, supe que tenía que estar allí, cerca de ti, cerca de los míos.

Porque hay días abuela, que todos nos necesitamos un poco más. Hoy es uno de esos días, en los que quizá, sería más llevadero si en vez de cargarme el día de quehaceres y de recados, hubiera recorrido los 800 kilómetros que nos separan y me hubiera visto con los míos, y todos juntos, iríamos a verte.

Porque hay días abuela, que me acuerdo de ti sobremanera, como hoy.

Es increíble lo que cuesta hacer ciertas cosas, a pesar de que sabes que es la mejor medicina, el mejor remedio y el mejor medio para hacerlo, pero es tan difícil…

Esto es difícil, el escribirte esta carta ahora, dos meses después de que te fueras. Es muy difícil escribirte por primera vez y obligarme a hablar en pasado, cuando tu para mí, abuela, jamás estarás solo en el pasado.

Ya han pasado dos meses de aquella llamada temprana que me hizo temblar antes de responder. Lo recuerdo como si fuera ayer. Sabía el mensaje, lo intuía. Además, esa noche, había dormido mal, me desperté varias veces y me levanté otras tantas… ¿Era por ti?

Hablé con mi madre, que con la voz tomada por la pena, solo articuló “es la abuela”. Sobraba decir nada más… ¿Qué más se podía añadir? Me quedé unos segundos o minutos con el teléfono en la mano y la mirada apagada. La abuela, la abuela se ha ido… Apreté los puños y me volvía  la cama. Me arropé y me abracé a mi chica, que notó enseguida que algo no iba bien. “Es la abuela”, le dije.

Os puedo asegurar que perder a mi abuela ha sido lo peor que me ha pasado en mi vida. Sin medias tintas, sin exagerar, midiendo las palabras con todo lo que digo. Esa señora, ha sido mucho más que una abuela para mis hermanos y para mí. Siempre cuidó de nosotros, siempre.

Recuerdo cuando venías a buscarnos a casa para llevarnos al colegio y después hacíamos el camino contrario hasta casa. Recuerdo como mi madre te llamaba cuando me ponía mala para que vinieras a cuidarme por la mañana y siempre me traías un milhojas para que mejorara. Recuerdo cuando jugábamos al parchís o a las cartas, cómo te gustaba y cómo luchabas por no perder… Recuerdo los viajes que te hacías y que después, a la vuelta, siempre nos traías regalos de la costa blanca, la costa dorada, la costa… Recuerdo que te sabías dos mil canciones, cada una sobre un tema diferente y que siempre comenzabas a cantar en el momento preciso, como si lo tuvieras preparado. Recuerdo lo poco que te gustaban los tacos y los insultos. Recuerdo que siempre has sido una mujer que se arreglaba muchísimo. Recuerdo que te gustaba bailar y que lo hacías genial. Recuerdo cuando éramos niños e íbamos a andar en bicicleta. Recuerdo que odiabas comer garbanzos. Recuerdo que tenías un gran sentido del humor y también, un poco picaresco. Recuerdo que has sido una mujer muy valiente y muy echada hacia delante. Recuerdo que te gustaba mirar fotos y recordar tiempos pasados. Recuerdo que nos querías muchísimo. Recuerdo que siempre nos dabas muchos besos. Recuerdo tu pelo recogido en un moño, perfectamente peinado. Recuerdo tus labios rojos. Recuerdo las historias de tu pueblo. Recuerdo… Recuerdo… Abuela, te recuerdo a ti y lo que pude vivir contigo en mis 29 años. No lo olvido, no te olvido ¿Cómo podría?

Han pasado dos meses y este mes, este preciso mes es el tuyo. En unos días llegará tu santo y tu cumpleaños. Llegará el día de San José, tu santo querida Pepita y también, el día del padre, porque por suerte, puedo decir que has sido también “como un padre”, sí tú, abuela. Este año soplarías 99 velas, y aunque, por desgracia no podrás hacerlo, seguirá siendo tu día y todos, desde donde estemos, nos acordaremos de ti, abuela, todos. Es tu día, será tu día.

Gracias abuela por todo lo que has aportado a mi vida, por todo lo que me has enseñado, los valores que me has inculcado y por quererme, porque cuando estábamos contigo, nos sentíamos los tres muy queridos y muy cómodos.

Gracias.

¿Os ha pasado alguna vez, que sientes que pierdes la fe en el mundo? Eso es lo que he sentido yo esta semana… Que pierdo la fe en el mundo, en nosotros mismos, en las generaciones que nos sustituirán y por las generaciones que comienzan a apagarse…

Ha salido a la luz esta semana que en Irak quieren legalizar la pedofilia… Y a mí se me ha caído el mundo encima, con la fe, con la esperanza en que todas las cosas van evolucionando y por suerte, cambiando… Nada ha cambiado, todo sigue igual, vamos hacia atrás, como los cangrejos.

¿Cómo es posible que se piense en la simple hecho de legalizar la pedofilia? ¿Nos estamos volviendo locos?

No… Siempre podemos estar un poco más locos… También quieren aprobar el derecho de los varones a VIOLAR a sus mujeres cuando ellas no quieran tener relaciones con ellos. Va a ser legal violar a una niña de 8 o 9 años… Legal… ¿Cómo puede ser legal arrebatar a alguien su inocencia y su vida? Eso jamás podrá ser legal…

Ellos se justifican y se amparan en su religión. Su propio profeta se casó con una niña de 9 años, con la que inició relaciones tres años antes. Si el profeta al que siguen y veneran, consentía y disfrutaba de la pedofilia, ¿Cómo no lo van a hacer sus seguidores?

Pensé que el mundo no podía ir peor, que nada era más importante que los niños, su inocencia y su vida. Pensé que ya había visto e imaginado demasiadas cosas… Entonces una noticia me devolvió a este mundo…

Una niña yemení muere por lesiones y por una hemorragia interna en su noche de bodas… ¿Cómo es posible que tu marido te cause esas lesiones y esa hemorragia interna en tu noche de bodas? ¿Cómo es posible que un hombre de 40 años le haga pasar por todo esto a una niña de 9 años? ¿Cómo es posible que el resto del mundo contemple esta noticia (y las que desgraciadamente no saldrán a la luz) y nos lamentemos desde nuestros sofás, mientras no hacemos nada, porque la mayoría no podemos? ¿Cómo es posible que este tío, este hombre, pueda dormir por las noches después de lo que ha hecho, cuando a mí me ha dejado sin sueño?

Eso es lo que vale ser mujer en países como Irak… No vale nada, cuando la mujer lo vale todo. De poco me sirve mi libertad y mis derechos en un país como España, si día a día tengo que ver por las noticias cómo las mujeres de otros países luchan cada día por sobrevivir, por no ser violadas en la entrada de una universidad por ir a estudiar en vaqueros, por conducir coches, por querer salir a la calle, por querer a una persona de su mismo sexo, por querer entrar en un banco, por no saber cocinar o no querer, por no querer mantener relaciones sexuales…

Creo que  Al Maliki, que es la cabeza pensante que ha propuesto legalizar la pedofilia, lo único que intenta es legalizar el violar a niñas menores de 9 años. Sé que suena muy duro, sé que suena muy fuerte y lo estoy escribiendo y me está entrando una mala leche… Pero creo que lo único que pretende es que sea legal poder tener relaciones sexuales con niñas y así, cubrirse las espaldas…

¡Qué asco!

Me quedaba sin aire, necesitaba respirar, necesitaba salir a la oscura noche y empaparme de ella. ¿Cuántos días llevaba sintiéndome así? Desde que ella se había ido, desde que en ella se  había dormido la vida.

Decidí moverme, acelerar mi corazón a base de subir escaleras y no de enjuagarme las lágrimas. Subí a la azotea del edificio, la puerta estaba cerrada. Busqué en mi bolsillo el manojo de llaves y al fin, logré abrir aquella puerta que me separaba de ese aire que necesitaba para seguir respirando.

El aire en las alturas siempre es más frío, menos denso y se respira mejor. Te cala hasta los huesos en una sola bocanada. Me empapé de aire frío y me acerqué al borde, para ver bien la ciudad, para ver a la gente pasear, aunque desde un octavo, apenas se aprecia el movimiento.

Me encendí un cigarro, el humo azul lo impregnó todo, menos su recuerdo. “¿Recuerdas el primer cigarro que compartimos?” Pregunté en voz alta mirando al cielo. “¿Recuerdas como tosía?”… Y expulsé el humo con la mirada clavada arriba y sintiéndome observado por alguien sin vida.