Posts etiquetados ‘recordar’

Porque hay días que tienes marcado en rojo y no podrás olvidar jamás, aunque te vaya muy bien o te vaya mal.

Porque hay días que son tan importantes para tí, que te transportan sin querer y sin pedirlo hacia atrás, hacia el pasado. No hace falta volver la vista atrás para ver los días ya disfrutados porque esos días, aun viven en ti.

Porque hay días que cambien el resto de fechas del calendario. Un simple día, un simple cómputo de 24 horas, puede afectar directa o indirectamente, en el resto de días que componen tu existencia. Porque hay días, momentos y horas, que no deseamos que lleguen nunca, pero terminan llegando, como el invierno, como el verano, como el recuerdo de un cuento, o de tu mano simulando tocar el piano. Porque hay ausencias, recuerdos y circunstancias, que duelen sobremanera. Tú dueles, tu ausencia duele, tus recuerdos, aunque me hacen sonreír, duelen en el fondo de mí.

Porque hay días que dan miedo, sin ni siquiera llevar máscara o gritarte al oído. Da miedo vivirlos, volver a sentirlos sobre tu piel como la primera vez. Da miedo volver a revivir esa sensación de pérdida, de desasosiego y de madurez. Da miedo levantarse al día siguiente y decir en voz alta “es cierto, ha ocurrido. Ella ya no está.”. Da miedo, porque te obliga a aceptarlo, a asumirlo y a continuar hacia delante. Con miedo, sí. Pero hacia delante, aunque sea temblando y volviendo la vista atrás, pero hacia delante.

Porque hay días que sabes que van a llegar, que la vuelta al calendario se va a volver a cumplir y ese día explotará en ti, como explotó en su día aquella noticia, tu corazón o tus constantes vitales tras colgar la llamada. Esos días, has de luchar, has de enfrentarte a ellos. Por eso cargas sobre tus hombros todo el peso que puedes. A veces en forma de trabajo, mucho trabajo. Otras veces solo recados, quehaceres diarios. Otras veces, sumas todas las actividades que puedes a tu agenda. No importa no tener ni un minuto libre para sentarte en el sofá y ver las noticias o salir a tomar un café con tu pareja y comentar cómo os ha ido el día, no importa. Ese es el objetivo, tener la mente tan ocupada y tan llena de propósitos para ese día, para hoy, que te libere de tu miedo de enfrentarte a la puta realidad de su ausencia. Sigues cargando tu espalda de quehaceres, pero no puedes evitar quitarte los recuerdos de tu cabeza.

Porque hay días, que sientes el alma tan vacía, que apenas logra ponerse en pie y saludar a la vida. Las cosas pesan más cuando menos tienen, las cosas se mueven más por dentro, cuando menos te lo esperas. Las cosas cambian, los pesos, los recuerdos, las historias… Cambian. Tú nunca cambiaste. Yo nunca cambié estando contigo.

Porque hay días que son día 7, porque hay días que coinciden en enero, en el primer mes de año, en la primera semana de este nuevo año. Porque hay días que me traen tus recuerdos con la brisa, con el despertador, con el insomnio del día 7. Hoy es 7 de enero.

Porque hay días abuela, que te recuerdo aun más si cabe, más que siempre. Hoy hace un año que  nos dejaste, hoy, precisamente hoy hace un año que intento aprender a vivir sin ti, a vivir de tus recuerdos, de tus fotos y de millones de recuerdos, de historias y de anécdotas de ti, porque por suerte, hemos tenido a la mejor abuela del mundo. Sí, esa que nos cuidaba cuando estábamos malos y se recorría medio León para venir a nuestra casa y traernos algún pastel, jugar con nosotros a las cartas o simplemente ver los dibujos. Sí, esa que nos contaba dos mil anécdotas de su vida, de su infancia, de su marido o de su pueblo, y que nosotros sabíamos de memoria y aún así, disfrutábamos cuando volvías a contarlas. Ojalá hoy volvieras a recordarnos quién era Colasa o cómo bailabas en el Casino los días de fiesta. Ojalá hoy volvieras a contarnos un chiste o a hacerte doscientas fotos con nosotros, mientras sacamos la lengua y ponemos caras raras.

Porque hay días abuela, que te despiertas estando ya triste, estando melancólica, como hoy. Recuerdo el día como si fuese ahora mismo. Recuerdo cómo me llamó mi madre y supe que algo había pasado. Recuerdo los dos mil pensamientos que se me pasaron por la cabeza antes de descolgar y enfrentarme a la realidad. Recuerdo como supe que tenía que irme de Barcelona, supe que tenía que estar allí, cerca de ti, cerca de los míos.

Porque hay días abuela, que todos nos necesitamos un poco más. Hoy es uno de esos días, en los que quizá, sería más llevadero si en vez de cargarme el día de quehaceres y de recados, hubiera recorrido los 800 kilómetros que nos separan y me hubiera visto con los míos, y todos juntos, iríamos a verte.

Porque hay días abuela, que me acuerdo de ti sobremanera, como hoy.

Anuncios

Capturando momentos…

Publicado: 21 marzo, 2015 en Uncategorized
Etiquetas:, , , , ,

El tiempo vuela… Lo tengo claro.

El tiempo vuela y no importa que alces tus manos para intentar capturarlo y hacerlo tuyo. No importa que hagas eso, porque los segundos y los momentos que forman ese espacio de tiempo, terminan resbalando entre tus temblorosos dedos y huyendo de ti. Habrás perdido ese instante.

El tiempo vuela y no le importa lo que tú quieras. El tiempo vuela y lo hace a tantísima altura, que aunque vuelva la vista atrás, hacia a ti, ni si quiera te verá. Vuela tan alto, vuela con tanta fuerza, que quizá en el tercer aleteo, ya no existas.

El tiempo vuela y no importa que reces, que busques piedad o que quieras parar, rebobinar y retroceder. No importará. Nadie te preguntará que es lo que tú quieres, porque al tiempo, lo que menos le importa es eso. Él solo fluye entre la arena de un reloj y se deja llevar, granito a granito hasta la eternidad.

El tiempo vuela… ¿Aprendiste a volar ya? Es la única manera de llegar tan lejos como él… Ir a su lado, a su par, a su vera, sujetando el reloj y contando los pasos, para no perderle. La única manera de detenerlo, es dejarlo seguir, pero arropado por ti. ¿Aprendiste ya a volar?

Yo sí… Estaba tan cansada de que el tiempo pasara por delante de mí y no se detuviera, no me mirara y no se percatara de mi existencia, que decidí volar y lanzarme al vacío del recuerdo, de su recuerdo. Al tiempo límite de la existencia de un segundo. Lanzarme al vacío después de colocar la red bajo mis sueños. Sin miedo, pero con cabeza. Con cabeza, pero sin mirar atrás. Ya no hay que mirar atrás, el tiempo siempre va hacia delante, como ahora hago yo.

He aprendido muchas cosas en esta vida, muchísimas. Pero sin duda, esta es la mejor lección de todas. He aprendido a vivir el momento. Cada momento. Uno por uno, sin prisas, sin agobios, sin que los segundos pisen a los minutos en el reloj de mi muñeca.

He aprendido a capturar el momento ¿Qué momento? El momento que quiero que sea eterno… Porque para que una cosa sea eterna, solo tiene que existir y la única manera de existir, es que alguien te viva, que alguien te respire, que alguien cierre los ojos y apriete los puños con tanta fuerza, que le quede la marca en las palmas de su mano. La mejor manera de ser eterno es existir. Y tú existes, porque eres eterna. Eterna para mí, eterna en mí.

Así que cierra los ojos y vive ese momento. Crea una muesca tan profunda en tu memoria, que ni el tiempo logre erosionar y si lo consigues, esa muesca te acompañara por siempre, será eterna y existirá siempre en ti y para ti… Habrás sido capaz de capturar un momento, un instante, un segundo seguido de doscientos más. Y todo ello, cabe en una muesca, en una ínfima parte de tu memoria.

 

Es increíble lo que cuesta hacer ciertas cosas, a pesar de que sabes que es la mejor medicina, el mejor remedio y el mejor medio para hacerlo, pero es tan difícil…

Esto es difícil, el escribirte esta carta ahora, dos meses después de que te fueras. Es muy difícil escribirte por primera vez y obligarme a hablar en pasado, cuando tu para mí, abuela, jamás estarás solo en el pasado.

Ya han pasado dos meses de aquella llamada temprana que me hizo temblar antes de responder. Lo recuerdo como si fuera ayer. Sabía el mensaje, lo intuía. Además, esa noche, había dormido mal, me desperté varias veces y me levanté otras tantas… ¿Era por ti?

Hablé con mi madre, que con la voz tomada por la pena, solo articuló “es la abuela”. Sobraba decir nada más… ¿Qué más se podía añadir? Me quedé unos segundos o minutos con el teléfono en la mano y la mirada apagada. La abuela, la abuela se ha ido… Apreté los puños y me volvía  la cama. Me arropé y me abracé a mi chica, que notó enseguida que algo no iba bien. “Es la abuela”, le dije.

Os puedo asegurar que perder a mi abuela ha sido lo peor que me ha pasado en mi vida. Sin medias tintas, sin exagerar, midiendo las palabras con todo lo que digo. Esa señora, ha sido mucho más que una abuela para mis hermanos y para mí. Siempre cuidó de nosotros, siempre.

Recuerdo cuando venías a buscarnos a casa para llevarnos al colegio y después hacíamos el camino contrario hasta casa. Recuerdo como mi madre te llamaba cuando me ponía mala para que vinieras a cuidarme por la mañana y siempre me traías un milhojas para que mejorara. Recuerdo cuando jugábamos al parchís o a las cartas, cómo te gustaba y cómo luchabas por no perder… Recuerdo los viajes que te hacías y que después, a la vuelta, siempre nos traías regalos de la costa blanca, la costa dorada, la costa… Recuerdo que te sabías dos mil canciones, cada una sobre un tema diferente y que siempre comenzabas a cantar en el momento preciso, como si lo tuvieras preparado. Recuerdo lo poco que te gustaban los tacos y los insultos. Recuerdo que siempre has sido una mujer que se arreglaba muchísimo. Recuerdo que te gustaba bailar y que lo hacías genial. Recuerdo cuando éramos niños e íbamos a andar en bicicleta. Recuerdo que odiabas comer garbanzos. Recuerdo que tenías un gran sentido del humor y también, un poco picaresco. Recuerdo que has sido una mujer muy valiente y muy echada hacia delante. Recuerdo que te gustaba mirar fotos y recordar tiempos pasados. Recuerdo que nos querías muchísimo. Recuerdo que siempre nos dabas muchos besos. Recuerdo tu pelo recogido en un moño, perfectamente peinado. Recuerdo tus labios rojos. Recuerdo las historias de tu pueblo. Recuerdo… Recuerdo… Abuela, te recuerdo a ti y lo que pude vivir contigo en mis 29 años. No lo olvido, no te olvido ¿Cómo podría?

Han pasado dos meses y este mes, este preciso mes es el tuyo. En unos días llegará tu santo y tu cumpleaños. Llegará el día de San José, tu santo querida Pepita y también, el día del padre, porque por suerte, puedo decir que has sido también “como un padre”, sí tú, abuela. Este año soplarías 99 velas, y aunque, por desgracia no podrás hacerlo, seguirá siendo tu día y todos, desde donde estemos, nos acordaremos de ti, abuela, todos. Es tu día, será tu día.

Gracias abuela por todo lo que has aportado a mi vida, por todo lo que me has enseñado, los valores que me has inculcado y por quererme, porque cuando estábamos contigo, nos sentíamos los tres muy queridos y muy cómodos.

Gracias.

Me quedaba sin aire, necesitaba respirar, necesitaba salir a la oscura noche y empaparme de ella. ¿Cuántos días llevaba sintiéndome así? Desde que ella se había ido, desde que en ella se  había dormido la vida.

Decidí moverme, acelerar mi corazón a base de subir escaleras y no de enjuagarme las lágrimas. Subí a la azotea del edificio, la puerta estaba cerrada. Busqué en mi bolsillo el manojo de llaves y al fin, logré abrir aquella puerta que me separaba de ese aire que necesitaba para seguir respirando.

El aire en las alturas siempre es más frío, menos denso y se respira mejor. Te cala hasta los huesos en una sola bocanada. Me empapé de aire frío y me acerqué al borde, para ver bien la ciudad, para ver a la gente pasear, aunque desde un octavo, apenas se aprecia el movimiento.

Me encendí un cigarro, el humo azul lo impregnó todo, menos su recuerdo. “¿Recuerdas el primer cigarro que compartimos?” Pregunté en voz alta mirando al cielo. “¿Recuerdas como tosía?”… Y expulsé el humo con la mirada clavada arriba y sintiéndome observado por alguien sin vida.

Hoy es uno de esos días que me da por echar la vista atrás y ver todo lo que hemos avanzado, porque la verdad que hemos dado pasos de gigante. Hemos avanzado tantísimo, hemos superado tantas barreras, hemos reído y llorado con tantas ganas, que para mí todos son recuerdos que deben permanecer en mi memoria y que por nada en el mundo quiero perder.

Sí que es cierto que hemos pasado por situaciones que no son del todo agradables, que no son del todo bonitas, pero ¿cuánto hemos aprendido? Mucho, hemos aprendido mucho. Puede ser que esas circunstancias no sean preciosas, pero han de ser positivas, han de servir para algo, para enseñarnos a no volver a tropezar con la misma piedra, a enseñarnos a saber sobreponernos a las situaciones menos favorables, a aprender a valorar lo que tenemos cuando lo tenemos y no cuando ya no está… De todo se puede sacar tajada, de todo se puede aprender y sacar una lección importante, porque eso es la vida, una lección y cada día es maestro del siguiente. Nadie te va a preguntar si asimilaste lo que el día pasado aprendiste, pero la vida te va a poner una prueba similar.

Recuerdo mil momentos contigo, porque todos son momentos.

No recuerdo cuando te comencé a querer, supongo que fue una progresión y que el momento exacto no se puede saber, pero recuerdo sentir miedo. ¿Contradictorio? No lo sé… Pero sí, sentí miedo, miedo por quererte, por volver a sentir cosas bonitas por la persona que estaba a mi lado, por no saber si tu sentirías lo mismo.

Recuerdo que intenté poner mis pautas, mis normas, mis tiempos para precisamente evitar todo eso. Pero o yo soy muy débil o lo que tú me hacías sentir era muy fuerte, porque perdí la batalla. Por suerte, después de tanto tiempo, para nada me arrepiento, es más, me alegro de haberme dejado llevar y que hayamos llegado hasta aquí y que estemos como estemos.

Es cierto que a veces vemos algo tan claro (aunque solo lo vemos nosotras mismas) que nos tiramos a la piscina sin coger ni si quiera aire… y nos asfixiamos antes de haber podido disfrutar del salto en sí… Es cierto que la ilusión mueve montañas, que la ilusión nos hace ver lo que queremos ver, como los oasis en los desiertos… Es cierto que te dejas llevar por lo que sientes en ese preciso instante y quieres dar y recibir todo en un momento, y no se puede, es imposible.

No sé cuándo dejé de sentir miedo, pero sé que fue pronto. Sé que fue cuando realmente me solté y comencé a disfrutar de cada minuto que pasábamos juntas, de cada llamada que nos hacíamos, de cada buenos días o buenas noches y fue entonces y solo entonces, cuando comencé a sonreír, a sonreír de corazón, a sonreír sin ninguna preocupación, sin ayer y con un mañana en la palma de mi mano.

La vida es complicada porque nunca sabes cuando has de dejarte llevar y cuando tirar de las riendas y frenar un poco. Supongo que la respuesta está en cada una de nosotras, en una situación concreta. Pero hay que recordar que no hay más ciego que el que no quiere ver ¿y que es el amor? Pues el amor es esa venda que se nos pone en los ojos… que nos nubla la vista y los sentidos.

Así que, me encanta sentarme a mirar por la ventana con mi cigarro encendido y pensar en todo lo que hemos vivido, en todo lo que hemos compartido y en todos los planes que aún tenemos que llevar a cabo, porque esa es mi vida, la que yo había soñado incluso antes de conocerte, que quería vivir, la vida que tu habías soñado tener, y la podemos vivir juntas, compartiendo la una con la otra desde la almohada hasta los miedos, los pensamientos y el tiempo, que es lo más valioso.

Un saludo, muac

 

Aquí os dejo la segunda parte de la novela de Mervea. Espero que os guste.

 

 

Su cara lo decía todo, para él fue cómo un golpe bajo, una lágrima le recorrió su pálida cara, no se lo esperaba de mí, de su mejor amigo prácticamente desde la infancia.

Pero de repente sus ojos verdes pasaron de tristeza a llenarse de ira. Él se levantó de golpe, me llamó de todo menos bonito.

-No me lo puedo creer, ¿por qué no me lo dijiste antes? No hubiera perdido el tiempo con una aberración de la naturaleza cómo eres tú, pedazo de maricón. Cuando se suponía que yo jugaba contigo, para ti era cómo si te estuviese metiendo mano, ¿no?

Mis ojos se humedecieron, no me esperaba tal respuesta de alguien que yo consideraba cómo mi hermano, aquella persona que hacía un par de horas me estaba haciendo cosquillas y riéndose conmigo había pasado a ser una especie de bestia.

Él se fue a su casa, no quería saber nada más de mí, yo estaba destrozado completamente.

Aquella noche me acosté, no me puse música cómo siempre, puesto que todo me recordaba a él; cuándo cántabamos juntos y desafinando Caminando de Amaia Montero. Todos esos recuerdos me llenaban la cabeza, me pusé a llorar, no quería hacer nada más que eso, llorar.

Por la mañana me levanté aturdido y feliz, esos segundos en los que no te acuerdas de nada, pero esos segundos pasan, y los recuerdos vuelven otra vez, pensar que no volvería a ver sus ojos, su sonrisa, sus bromas, que aunque a veces eran repetitivas, siempre me hacían gracia.

Fui a la universidad, cómo siempre, llegaba tarde, pero Ana me guardaba el asiento.

Ana era una amiga que conocí en un bar, siempre se metían con ella por su físico, sólo porque estaba rellenita, así que el único que se juntaba con ella era yo.

Cuando llegué no estaba con su sonrisa y mi café, me senté al lado y pregunté que pasaba.

-Que conste que a mí me da igual y esto no va a dañar nuestra relación, pero, ¿es cierto que ayer le metiste mano a Pablo?

Le contesté que no, no tuve más remedio que contarle que era gay y lo que sucedió, total, que me tiré una hora. Al acabar de explicarle todo le pregunté que a qué venía esa pregunta.

-Pablo se lo ha estado diciendo a toda la clase, mucha gente no se lo creía, pero cómo siempre estais juntos pues…

Aquello fue un jarro de agua fría para mí, había calumniado contra mí, sin mediar palabra, me dirigí hacia él.

Estaba fuera del edificio, sólo. Al cruzar el edificio me encontré con gente mirándome y llamándome violador, burlándose…

Poco me importaban a mí esos insultos, puesto que en ese momento, sólo quería hablar con él.

-Pablo, ¿qué has hecho?- Le dije con la voz temblorosa.

Él bajó la cabeza y sólo se limitó a decir, te lo mereces, maricón de mierda.

 MERVEA

Me gustas tú y todo lo que envuelve tu personalidad, tu vida, tus recuerdos… Me gusta el café, caliente, con poco azúcar… Me gusta el mar, con grandes olas, con su olor a sal… Me gusta escribir, sobre papel, sentir como mi puño crea todas esas palabras, como plasma todo lo que se me mueve dentro, todo lo que recuerdo o que me invento… Me gusta la luna, con su luz, con su majestuosidad, cómo es la reina de todas las noches, cómo con solo mirarla me transmite mil sensaciones… Me gusta la montaña, cómo cuando llego allí arriba me siento libre, siento lo que es la libertad, siento la belleza de todo lo que me rodea como si me lo suministrasen con cuenta gotas… Me gusta la cerveza, la cerveza bien fría, en una terraza, en verano, contemplando tu cara, hablando… Me gusta la gente, conocerla, hablar, que me cuenten lo que quieran, escucharles, sabes cuáles son sus recuerdos, sus sueños, sus anhelos, en fin, conocerles… Me gusta pasear sin rumbo, sin destino, solo sentir que mis piernas se mueven y pasear, contigo del brazo, de la mano… Fijarnos en el resto de la gente, cómo muchos tienen prisa, otros están distraídos, otros hablan por teléfono… La vida continua y continua mientras nosotras caminamos por la ciudad… Me gusta la música, sentirla, entender la letra, entender porque el compositor escribió esas letras… Me gusta cocinar sobre todo si hay gente en casa, me relaja, me sienta bien… Me gusta leer, por la noche en mi cama, mientras te observo dormir, tranquila, serena y mientras yo me empapo de cualquier historia, eso es tranquilidad, eso es felicidad… Me gusta viajar, no simplemente coger el coche y desaparecer, que también, sino desde el momento que decidimos el destino, hasta que salimos. Preparar el viaje, la ruta, buscar puntos de interés, buscar restaurantes… Para mí el viaje comienza en el momento que elegimos el destino, desde ese momento, estoy disfrutando ya… Me gusta conducir, ya sea el coche o la moto. Desde que tengo la moto, me encanta sentir el viento en mi cara, me encanta conducir a primera hora de la mañana por el centro de Barcelona y disfrutar de sus calles vacías, solo para mí. Me gusta hablar con mis hermanos, pasar tiempo con ellos, reírme, salir a comer, estar en el sofá, poner una película y compartir una pizza, me gusta estar con ellos, sentirles cerca… Me gusta la vida que he ido formando, me gusta estudiar, aunque me cueste por tema de tiempo, me gusta nuestra casa, cómo hemos ido adornándola, haciéndola nuestra, me gusta nuestro gato, lo cariñoso que es, lo bien que se porta y la compañía que hace, me gusta nuestro sofá, tan grande, tan cómodo… Me gusta sentir en mis pies la arena húmeda de la orilla del mar, sentir la brisa mientras las olas llegan a mis pies y me hacen cosquillas, me gusta adentrarme dentro y volver la vista atrás para ver como me miras mientras y me saludas… Me gusta el cine, en casa, en nuestro sofá mientras te abrazo. Me gusta que me sorprendas, porque tus sorpresas son las mejores, no son regalos sin más, son sorpresas que igual no abrigan mi cuerpo o no lo adornan…pero abrigan el corazón, cosas importantes, cosas que no son tangibles pero que llegan más allá. Me gusta dormir, aunque duermo muy poco, pero la sensación de estar en la cama, con el edredón hasta arriba, sabiendo que ese día el despertador no sonará… Me gusta Italia, sus gentes, sus ciudades, su historia, su gastronomía… Me gusta compartir contigo un plato de pasta y una buena pizza en las inmediaciones de la Plaza del Popolo, por ejemplo… Me gustan los grandes espacios, los espacios abiertos, las grandes terrazas, los parques… me gusta poder sentir el aire, me gusta poder observar más allá… Me gusta el deporte y lo bien que me hace sentir, me gusta quemar de esa manera tanto las calorías como el estrés…. Me gusta cuando hacemos un viaje a mi casa y entramos en mi provincia, tocar el claxon dos veces… es la manera de decir “estoy en casa”… Me gusta recibir cartas, bueno ahora ya mails, de gente que me importa, que me cuenten cosas, que me recuerden cosas… Me gusta despertarme tranquila, sin un sonido en el despertador demasiado estridente, sin que nadie me grite o me despierte zarandeándome, porque me levanto nerviosa… Me gusta disfrutar de la noche de San Juan en un sitio como Barcelona, con mar. Oír los petardos, ver las hogueras, pasear por la playa… Me gustan los niños, los adoro. Comparto con ellos toda mi imaginación y jugamos a un sinfín de cosas, nos reímos, me los como a besos, ellos a mí… Me encantan los niños… Me gusta la sinceridad, aunque duela, más duele una mentira; Las cosas bien dichas, pero sinceras, no deberían de sentar mal. Me gusta cuando salgo de hacer un examen y mi padre me llama por teléfono. Me llama muy poco con esto de las nuevas tecnologías, pero si es mi cumpleaños o he tenido un examen, me llama siempre… Me encanta que mi bisabuela, que aún vive, me cante canciones. Yo la llamo por teléfono y siempre cantamos, parecemos tontas, pero si vierais tanto mi sonrisa, como la de ella, veríais que no, que es felicidad, añoranza, cariño… Me gusta ver fotos de épocas pasadas y recordar la historia de esa fotografía. Cuando vuelvo a casa por vacaciones, siempre saco las fotos, me siento con mi hermana y con mi chica, y le contamos las historias… Me gusta pensar que lo bueno siempre está por venir, que mañana siempre será mejor que hoy, que lo que hoy me hace daño, mañana ni lo recordaré. Me gustan las comidas fuertes, con sabor, típicas de mi tierra. Me gusta hacer cualquier tontería con tal de sacar una sonrisa.Me gusta ir de vacaciones a mi casa, ver que todo ha cambiado muchísimo, que todo ha evolucionado, pero que mi bisabuela sigue siendo la mejor jugando al parchís. ¿Cuántas partidas echamos cuando estoy? Siempre estamos jugando… Me gusta jugar al parchís, con ella.

Me gusta que estés al otro lado, leyendo lo que acabo de escribir. Conociendo lo que me gusta, conociéndome un poco más, mis gustos, mis manías, mi vida… Me gusta que haya alguien al otro lado, me gusta sentirme “leída”. Me gusta… que os guste.

Mil gracias, como siempre, por estar ahí.

Un saludo, muac.