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Cada día me gustas más.

Cada día me gustas más, cariño. Me gustas enfadada y despistada, me gustas alegre y sarcástica, me gustas en pijama y también sin nada, me gustas callada y cuando no callas, me gustas de frente y también de espaldas, me gustas de todas formas, porque cada una de tus formas me transporta, me eleva, me sonroja y me devuelve a la fantástica realidad, la nuestra.

Cada día me gustas más, cariño. Me gusta pasear por las calles de una abarrotada Barcelona de tu brazo o tú del mío. Me gusta compartir un café, una conversación y siempre poder echar la vista atrás y recordar. Me gusta cocinar para ti, ponerme la música, una copa de vino blanco y cocinar con todo mi amor para ti. Me gusta despertarme a tu lado sin que suene el despertador y que seas tú, quien a besos, a insistentes besos, me despiertes.

Cada día me gustas más, cariño. Me gusta cuando tienes frio y te abrazas a mí, buscando mi calor. Me gusta que me calles, sí. Me da igual que  sea a besos, que sea a risas o con tu dedo sobre mis labios. Me gusta que me sigas el juego, cuando me da por interpretar papeles o por bailar encima de la cama cuando suena una canción que me gusta. Me gusta que te emociones ante mis palabras, ante una película o cuando recuerdas ciertas cosas. Me gusta que seas tan buena persona con tus amigos.

Cada día me gustas más, cariño. Me gusta cuando me miras y crees que yo no me doy cuenta. No sé lo que piensas, pero tiene pinta de ser algo maravilloso, como tú. Me gusta oírte hablar de nuestra sobrina, de chulear de sobrina, de no cansarte de enseñar fotos de ella… Me gusta que estés deseando salir del trabajo, para venir a casa, junto a mí. Me gusta que no tengas miedo a hacer kilómetros solo por verme, solo porque yo vea a mi gente, solo porque estemos bien.

Cada día me gustas más, cariño. Me gusta que seas tan valiente, tan echada para adelante, tan segura de ti misma, tan increíblemente especial. Me gusta tu voz, tu inconfundible y dulce voz. Me gusta oírte cantar, interpretar voces y ver cómo disfrutas. Me gusta mirarte cuando vemos una película y sentir tus emociones a flor de piel. Me gusta ducharme contigo y enjabonar tu cuerpo. Me gusta el olor que dejas en mi cuerpo después de abrazarme.

Cada día me gustas más, cariño. Me gusta verte comer, porque sé que con pocas cosas, disfrutas tanto. Me gusta la paciencia que tienes conmigo en infinidad de cosas. Me gusta que no me metas prisa cuando salimos por ahí y me dedicó a hacer mil fotos. Me gusta que me apoyes en cada cosa que se me ocurre hacer. Me gusta que me alientes, que confíes en mí, cuando ni si quiera yo misma lo hago. Me gusta que pienses que soy especial y mejor aún, me gusta que me hagas sentir así, especial.

Cada día me gustas más, cariño. Me gusta sentir que me quieres y sentir que sabes lo mucho que yo te quiero. Me gusta hacer planes contigo. Me gusta como haces las maletas. Me gusta que siempre me hagas el desayuno. Me gusta que siempre tengas soluciones para todos mis problemas. Me gusta que te impliques tanto en todo. Me gusta tenerte cerca, cuanto más, mejor. Me gusta bañarme contigo en el mar. Me gusta sacarte a cenar y compartir una cerveza contigo. Me gusta hacerte bromas.

Cada día me gustas más, cariño. Me gustas sin más, me gustas sin menos. Me gustas tú, sin peros ni porqués. Me gustas sin preguntas, y siendo tú la única respuesta. Me gustas y eso me gusta. Me gustas porque cambiaste mi vida, porque hiciste que olvidara todo lo demás. Me gustas a raudales.

Cada día me gustas más, cariño.

¡Tengo una cita!

Le he pedido una cita a mi chica y ¿sabéis qué?… Me ha dicho que sí…

Hay cosas que van muriendo con el día a día. Nos habituamos a tener a la otra persona y ya no pensamos en cómo sacarle una sonrisa de las de verdad. Sabemos que la tenemos cerca, que nos quiere y que nos respeta y ya… Dejamos de luchar.

Yo me niego a ser así. Yo lucho cada día por mi relación, por mi chica, porque cada día haya algo que celebrar, algo por lo que luchar y una meta a la que llegar. Le doy importancia a cada cosa que hacemos juntas y también se la doy a las que tenemos que hacer separadas. Me gusta estar con ella y compartir absolutamente todo con ella, entonces ¿Por qué no voy a luchar día a día porque ella lo sepa…?

Lo cierto es que entre el trabajo, los estudios, el gimnasio, la rehabilitación y demás, tenemos muy poco tiempo libre para descansar. Tenemos la suerte de que la mayoría de las cosas las hacemos juntas o nos acompañamos, pero no descansamos, no estamos de relax, disfrutando la una de la otra sin más preocupaciones… Necesitábamos un día para nosotras solas, un día especial en el que poder relajarnos, hablar, pasear, besarnos… Necesitábamos una cita para cargar las pilas.

El otro día le preparé una sorpresa. Dispuse sobre el sofá una serie de papeles con preguntas, en las que las respuestas eran “Sí” o “No”, llevando cada respuesta a otra pregunta, según fuese afirmativa o negativa. Todas las respuestas negativas llevaban a un papel en blanco… Sabía que me iba a decir que sí a todo… Estaba convencida.

Entró en casa del trabajo, con cara de cansada y se le iluminaron los ojos cuando vio el sofá lleno de papelitos, sabía que era para ella… Dejó las bolsas y me besó, mientras me preguntaba que qué era todo aquello… ¡Empieza! Le dije yo…

La primera pregunta era directa, sin preámbulos… ¿Quieres una cita conmigo? Y la respuesta afirmativa le llevó a otra pregunta…

“La cita tenía que empezar muy temprano”, le expliqué, a lo que ella asintió. “Entonces, lo mejor será que comencemos con un buen desayuno… ¿Quieres?”

Estaba de suerte, volvía a responder sí… Le expliqué que tenía muchas ganas de poder relajarme con ella, de poder hablar sin prisa, sin mirar el reloj. Necesitábamos desconectar… Le pregunté que si le apetecía desconectar conmigo, y ante su respuesta afirmativa le entregué un papel… “¿Qué es?” Me preguntó exaltada… Era una sesión de spa y de masaje en el mejor sitio de Barcelona, un sitio único y que nos encanta. ¡Viva aire de Barcelona!

Me besó y yo la insté a que siguiera mirando…Quedaban aún muchos papeles…

“Vamos a salir nuevas de esta sesión, ¿no crees? Ahora solo queda fundirnos con el cielo…” Y le entregué nuevamente un papel. Eran dos entradas para subir a las terrazas de la Iglesia de Santa María del Mar, de aquí de Barcelona. Nos gusta mucho la historia y perdernos por las ciudades y sin duda, esta iglesia y este barrio es uno de nuestros preferidos. Subir a sus terrazas y poder contemplar esas maravillosas vistas… ¡Será increíble!

Fue directa al siguiente  papelito tras darme un largo beso. “¡Vaya día! ¿Tienes hambre?” Lo siguiente es llevarle a un italiano que está en la zona de las Ramblas que es muy romántico… Podremos brindar con un poco de vino mientras continuamos hablando y deleitándonos la una de la otra.

Y para rematar la faena, a media tarde… ¡Entradas para el teatro! Sí, sí. Bueno, en verdad es un musical. Nos encanta salir de casa, ir al cine, al teatro, a pasear sin rumbo… Nos encanta estar activas y si encima podemos estarlo a la vez que no tenemos prisa, es increíble.

 

Sin duda las relaciones hay que cuidarlas y no relajarse. Cada detalle cuenta, lleves un año o veinte. Y la persona que lo recibe siente infinidad de cosas al recibirlo. Siempre es bonito ver lo que una persona ha preparado para ti… Siempre es bonito sorprender a alguien y hacerle feliz.

Yo no me cansó de verla sonreír, no me canso de hacerla feliz, no me canso de prepararle juegos y detalles, que igual pueden parecer tonterías… No lo son, porque si vieran los ojos de ella cuando va descubriendo los regalos… Eso no tiene precio y eso es imposible de olvidar.

Cariño, tenemos una cita… ¿Nos vemos en el desayuno?

Lleva días lloviendo sin tregua en una Barcelona calada, a día de hoy, hasta los huesos. No para de llover, no para de tronar y a mí, sin embargo, me da igual. Lleva días sin salir el sol en una Barcelona que amanece entre brumas. No echo de menos al astro rey que gobierna mis días… No echo de menos el hecho de dormir destapada… No echo de menos el hecho de ir en manga corta… No echo de menos nada de lo anterior. Lleva días siendo otoño en una Barcelona que acostumbra a ser primaveral. Lleva días haciendo frio, haciendo aire y sin parar de llover. Lleva días en los que la mejor compañía al salir de casa, es un paraguas. Lleva días… Lleva días en los que las calles de la ciudad condal huelen a leña, huelen a carbón, huele como huelen los pueblos por mi tierra, entre Zamora y el Negrón. Lleva días que huele a otoño… Y me encanta. Lleva días en los que me meto contigo en la cocina y me pongo a experimentar… “¿Dónde vamos a ir? ¡Nos vamos a empapar!”, así que, encendemos el horno y venga, a cocinar. ¿Qué hacemos hoy? ¿Un bizcocho o un guiso para cenar? Y así, pasan las horas, pasa la tarde… Entre risas y algún que otro arrumaco, combatimos el frio, la lluvia y hasta saciamos el hambre. Lleva días en los que me gusta, después de cenar, acurrucarme contigo en el sofá. Me llevo mi taza humeante de café y te abrazo. ¡Venga, ya está la peli, dale al play! Y a disfrutar del calor de nuestra casa, bajo nuestra manta mientras te tengo a mí abrazada. Y es entonces cuando pienso, que me gusta este tiempo, que me gusta que haga frio, que haga viento… Para poder oírlo desde casa, desde dentro. Lleva días en los que nos metemos en la cama y me abrazas, con ganas, ¡estás congelada! Me pones los pies por todas partes, están fríos, muy fríos… Y juntas, poco a poco, vamos subiendo la temperatura, vamos acostumbrándonos a esa negrura, vamos olvidando nuestra piel y su envoltura… Porque lo mejor que cubre mi piel, cariño, es tu piel, no lo dudes. Lleva días en los que paseamos cogidas del brazo, cobijadas bajo un mismo paraguas. Tenemos que ir juntas, muy juntas, porque si no nos empapamos. Y entre risas y conversaciones sobre lo bien (O mal) que nos ha ido el día, llegamos a nuestra casa, mi vida. Lleva días en los que me gusta más si cabe, abrazarte, arroparte, cocinarte… Lleva días en los que no paro de decirte cuánto te quiero… Porque lleva días, cariño, en que lo siento cómo más adentro, cómo más fuerte, cómo más intenso…

Barcelona es una ciudad a la que odias o a la que amas. Que te parece preciosa y te atrapa, o que no te gusta, sirviendo cualquier excusa. Yo he pasado por las dos etapas, la buena y la mala.

No es fácil empezar una nueva vida en ningún sitio. No es fácil estar en una ciudad de millones de habitantes y sentirte sola, bueno, más que sentirte, tener la certeza de que estás sola. Solo me conocía la gente del trabajo y porque compartíamos ocho horas de trabajo, nadie sabía nada de mí y la verdad es que lo prefería.

Poco a poco fui haciendo amistad con algunos compañeros de trabajo. En concreto con dos chicos y con una chica. Los chicos me trataban genial, además que sabían que era lesbiana e incluso salían conmigo por zonas de ambiente, aunque eso ya llegará. Y también conocía a mi amigo gay que se había trasladado a estudiar a la ciudad condal. Tampoco pintaba tan mal la cosa…

Los chicos siempre me insistían para que saliera con ellos después del trabajo a tomar una cerveza, a cenar o simplemente a dar un paseo. Pero como vivía tan lejos me daba un poco de apuro. Pero un día acepté. ¿Qué más dará coger el tren a las diez de la noche que a las once? Si total, nadie me esperaba. Y sabía que me iba venir bien salir y cambiar de ambiente, hablar de otras cosas, de temas más personales.

Tuve una época de la que no me siento orgullosa pero de la que tampoco me arrepiento. Supongo que simplemente quería disfrutar, reír, no estar en casa sola. Así que me daba igual que día de la semana fuera, que si nos juntábamos los tres, nos liábamos. Jamás falté o llegué tarde al trabajo, así que, tampoco estuvo tan mal. Salíamos mucho, más de lo que debía de permitirme.

Encontré otro piso, en Barcelona capital, en un barrio que me gustaba mucho, y que, económicamente hablando, era adecuado para mí, me lo podía permitir y vivir desahogada.

Una vez instalada en Barcelona y con un alquiler más bajo, comencé a disfrutar a mi manera. Si os digo que llevaba cerca de seis o siete meses en la ciudad y que ni si quiera había visto la Sagrada Familia o el Parque Güell, ¿Me creeríais?  Pues eso fue lo que pasaba, no tenía ganas de hacer nada, de salir, de recorrer Barcelona… Y comencé a hacerlo. Y así, despacito, tratándonos de tú a tú, me enamoré de Barcelona, de sus rincones, de sus calles estrechas o de sus amplias avenidas. Comencé a mirarla a los ojos, ya no me daba miedo ese cielo color ceniza de otoño… Ahora ese cielo, se había convertido en parte de mi vida.

¿Queréis saber cómo fue la primera vez que salí de ambiente por Barcelona? Pues mirad, quedé con mi amigo gay para salir, las discotecas de ambiente están por el centro. Hay una cadena que se llama “Grupo Arena” que tiene varias discotecas muy cerca las unas de las otras: Aire y Arena. Bueno, nosotros no sabíamos a cuál de todas entrar, éramos vírgenes, por decirlo de alguna manera. Así que, tras dar una vuelta de reconocimiento, aprovechando que están muy cerca, nos decidimos por uno.

Una vez dentro, yo no sabía si reír o llorar. Yo era la única chica del local, cosa que tampoco me importaba demasiado, pero me hizo sospechar de que no estábamos en el sitio adecuado. Había muchísimos televisores  por toda la sala y todas ellas con películas porno homosexuales, de chicos, para ser más exactos. Solo había hombres en la sala y la mayoría de ellos podrían ser el padre de cualquier de nosotros. También había un cuarto oscuro. Mi amigo triunfó como creo que no volverá a triunfar en su vida. Se le acercaban muchísimos hombres para invitarle a ir al cuarto oscuro. No os podría decir cuántos hombres se le acercaron, pero muchos. Imaginaros lo incómodo que se sentía mi amigo, yo ni os lo digo, que me pidió que nos fuésemos ipso facto. Así que decidimos cambiar de local.

Al llegar a la puerta del nuevo, vimos que entraba gente joven, de nuestra edad, de nuestra apariencia… Efectivamente. Ese era el sitio del que hablaba todo el mundo. Una discoteca de dos plantas, con dos ambientes totalmente diferenciados por la música y también por la gente. La planta de arriba, la principal, ponían música más tecno y house y se supone que la mayoría de la gente que allí estaba era heterosexual. Sin embargo, en la planta de abajo, ponían  más pachangueo, más música divertida y el 90% de los que allí estábamos, entendíamos.

Luego había otra subdivisión en la planta de abajo. La parte derecha, era de chicas y la izquierda de chicos, lo que quedaba en la separación de ambas, la parte central, era para las divas que allí iban a bailar. No lo digo ni con segundas, ni con malas formas, por supuesto. Pero en esa parte es donde se ponen a bailar las coreografías que ensayaban, era su sitio, su ambiente.

Cuando bajamos mi amigo y yo, y vi el espacio tan grande, la de gente que había allí, y todos o casi todos, entendían, vi las tarimas que había en el lado derecho, ocupadas por chicas de diferentes estilos, todas bailando… Creí morir. Pensé que no me podía morir sin ver algo como esto, ahora ya puedo morir tranquila.

Vengo de una ciudad pequeña en la que el único sitio de ambiente era minúsculo, no pequeño. Donde todos los días nos reuníamos las mismas personas y donde cuando alguien nuevo aparecía, era una novedad que se comentaba durante meses, así que, cuando llegue a esa discoteca, de dos plantas, amplias, llena a rebosar, con chicas bailando en la tarima, muchas chicas, se me antojó un sueño.

No sabía ni a donde mirar, ni cómo comportarme… Era increíble, ¡qué de chicas lesbianas! Pero claro, mi amigo gay también quería disfrutar, rendirse ante Barcelona y me quería llevar al otro extremo de la discoteca. Así nos pasamos media noche, de un sitio a otro de la discoteca. Hablamos con un montón de gente, disfruté muchísimo. Desde aquel día, siempre que salgo deseo que sea ahí, me encanta esa discoteca.

Con los compañeros del trabajo ya no salía tan a menudo, y cuando lo hacía les liaba para que fuera allí. Me encantaba. Yo nunca había ligado con nadie, por decirlo de alguna manera, o no había tonteado. Y esos días lo hacía o me lo hacían siempre que salía.

Con lo tímida que soy para la mayoría de las cosas, una vez estaba allí, no me daba ningún miedo acercarme o que se me acercara nadie. Hablabas, comentabas, ligabas… No se, una época de mucho salir, supongo.

No os penséis que yo soy de las que salía y que me iba con alguien siempre a casa. No, tampoco es eso, aunque tampoco pasaría nada si lo hubiera hecho. Pero si conocía a alguien con quien sí estaba agusto,  que sí que me gustaba, que me apetecía estar con ella… Me lanzaba.

Yo no tenía que dar explicaciones a nadie de nada… Y mucho menos de lo que hacía. Así que me ví en Barcelona, la gran Barcelona, jovencita, con el corazón a trocitos y con ganas de comerme la ciudad cada día que pasaba. Así que, intenté aprovecharlo.

No lo recomiendo como terapia, desde luego que no. Porque sí, sales, bebes, disfrutas, te ríes y te vas de la mano con alguien a tu piso…. Hasta ahí todo de acuerdo, pero después te despiertas y sigues estando tan sola como el día anterior, pero con el aliciente de tener más cosas en las que pensar. Pero yo lo hice, a veces me despertaba bien, porque en verdad había sido una gran noche, y otras me despertaba pensando… No debería de haberlo hecho.

Además de todo lo que os estoy contando, de todo lo que me pasaba en mi vida personal, también he de deciros que en el trabajo tenía dos compañeros que me hacían la vida imposible. Y cuando digo imposible, lo es. No es que me hicieran el vacío, que sí, me lo hacían, pero no era solo eso. A veces aparecía mi coche con una esvástica dibujada en la luna, un post it con alguna palabra tan original como “tortillera” o cosas parecidas. Llamadas por la noche de madrugada, diciendo que sabían quién era, que me observaban, que tuviera cuidado… Y al día siguiente, comentar en el trabajo que si había recibido llamadas nocturnas… Ir al trabajo se convirtió en casi, un suplicio. Pero no me rendí, ni agaché la cabeza ni nada parecido.

¿Qué conocía a una chica que me gustaba? Fácil… La invitaba a que viniera a buscarme al trabajo y me la llevaba a comer o a cenar. No me cortaba, cada vez menos.

¿Que en el trabajo aparecía alguien con quien me pitara el gaydar? Fácil… Le decía siempre alguna cosa, dando a entender a todo el mundo que me importaba un pito lo que pensaran o dejaran de pensar, que no cambiaría, primeramente porque no puedo, y segundo y más importante, porque no quería.

Así que así se desarrolló casi mi primer año en esta gran ciudad. Un año en el que experimenté todas las sensaciones del mundo.

Después de esta etapa tan desastrosa pero para mí necesaria para valorar y aprender, después de todo esto, llegó ella, mi vida, mi tranquilidad, mi serenidad, mi todo, porque ella trajo a mi vida, todo.

Mil gracias por estar al otro lado, de verdad.

Un saludo, muac.