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Hoy comienza la despedida de un hombre bueno, pero bueno de verdad. No de esos con los que se te llena la boca, pero no el corazón. No de esos de discursos delante de la familia o de los amigos, no. Bueno de los de verdad, de los que con solo cerrar los ojos, te vienen buenos momentos junto a él. Bueno de verdad, de los que emocionan.

Hay gente que es tan especial, que necesita comenzar a despedirse con tiempo, y no irse sin más. Así está él, dándonos tiempo a todas nosotras, de cogerle la mano y de despedirnos. Sabe, porque él lo sabe, que todo el mundo le quería mucho, por eso está esperando, para que acudamos allí y podamos despedirnos. Hay gente, poca, que necesita un tiempo. Hay gente, poca, que era cómo él. Inmensamente grande, inmensamente bueno, inmensamente…

Mucho se habla de cual es la misión de un hombre para con su familia… Yo no se cual es esa misión de la que hablan, pero te puedo asegurar, que tú lo has hecho genial, no podías haberlo hecho mejor. Has tenida una familia sin igual, tienes dos hijas que te adoran y una postiza que te idolatra, una mujer que no se ha separado de tí ni un minuto, y siempre has estado ahí para todas nosotras, siempre.
Es duro perder a un padre. Es muy duro, pero más si ese padre es cómo tú, Juanito. Para mí, que no llevo tu apellido, esto es un duro golpe, muy duro.
Nos conocemos desde hace mucho tiempo ¿verdad? Y siempre nos hemos llevado bien, hemos congeniado estupendamente y nos lo hemos pasado genial juntos. Compartimos muchas cosas, pero sobre todo el amor hacia tu hija, mi mujer, y el respeto y adoración por esa familia, que a base de duro trabajo y mucho cariño, has sacado hacia delante. Gracias Juanito, por hacerme sentir, en todas las facetas en las que se puede sentir, que yo no llevo tu apellido, pero es como si tuviéramos la misma sangre.

¡Ay, Juanito, qué pronto te nos has ido! No nos has dado tiempo a hacerte abuelo o a irnos de crucero juntos, como querías… ¡Ay, Juanito! No te imaginas el vació que nos dejas aquí, vacío de esos que no se llenan y que siempre se recuerdan. Vacío en su definición más literal…

Ahora, cuando toda esa gente que te quiere se despida de ti, ya te podrás ir. Cuando tú quieras, no hay prisa. Cuando tú lo veas bien y estés preparado, vete. Nosotras ya te estamos echando de menos, aunque sabemos que aún estás aquí, con nosotras. Ve tranquilo Juanito, que aquí estará todo bien, cuenta con ello.

Hay días tristes y días, que por su negrura o por su dolor, ni siquiera son tristes, no son ni días, porque aunque salga el sol, y te despiertes por la mañana, las agujas del reloj van pasando, mientras tú y tu paciencia bendita, esperan en una fría sala de espera. No sabes que hora es, no sabes si tienes hambre, no sabes.. No sabes nada, pero esperas. Esperas. En una sala fría de espera.

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Cariño, llévame al mar… Le dije entre sueños, entre palabras protestantes que se agolpaban en mi garganta, queriendo salir, huir y flotar. Quiero ir al mar, necesito ver el mar y la calma, necesito sentir la brisa en la cara y pasear mirando al infinito, a ese horizonte que no consigues distinguir. Quiero pasear hasta el cielo o hasta el final del mar, quiero mirarlo y calmarme. El mar tiene ese efecto en mí, me calma, me sacia, me trasporta, me eleva y me tienta, me sonríe y me acompaña. El mar tiene ese efecto en mí.
Cariño, llévame al mar… Le escribí en algún recóndito sitio, en algún escondite entre mi ansiedad y mis últimos siete días. Lo escribí, lo recuerdo como si no hubieran pasado esos días y cómo si aún, estuviéramos a principios de semana y acabara de coger el boli. Lo recuerdo. Lo escribí y lo guarde. Quizá lo hice bajo llave o quizá no, quizá solamente esté bajo arresto domiciliario y en cuanto me despiste, saldrá. No lo se. Pero si lo lees, si logras encontrarlo y logras leerlo, llévame al mar. Necesito mirar ese otro mundo, mi otro mundo. Ese otro mundo donde sentirse solo no es un crimen y dónde querer estar solo, no está mal visto. Llévame a estar sola, pero de tu mano. Llévame a refugiarme del mundo al mar, a nuestro mar, dónde solo nosotras podamos entrar y así, salir cuando lo deseemos. Llévame y quédate a mí lado, me encanta estar a solas contigo, sola y contigo.
Cariño, llévame al mar… susurré para mis adentros cuando me preguntabas que qué quería hacer la otra tarde. ¿No me oíste? ¿No pudiste escucharme? ¿No me leíste los labios? Te decía que quería ir a ver el mar, quería gritarlo y escribirlo en el cielo. Quería ir al mar y sentirme en calma, como en una noche de verano, cuando el agua se vacía de bañistas y la luna ilumina su otra cara. Quería estar así, en calma, mientras las olas rompen en la orilla y la espuma lo invade todo. Quería estar calmada, mientras veo como no todo es tan fácil y pienso que es lo que debo hacer. El mar me lo dirá, siempre me lo dice.
Cariño, llévame al mar… Y me llevaste. Sí, recogiste el testigo que mi ansiedad dejo por algún lugar de la casa, y me llevaste. Me pusiste mi música preferida mientras conducías por una Barcelona atestada de coches, semáforos y gente que cruza por donde no debe. No llegábamos, no llegábamos. Últimamente me parece que eso me pasa en todas las facetas de mi vida, que cada vez que estoy llegando a la meta, alguien la cambia de lugar y hay que volver a empezar.

barceloneta
Cariño, llévame al mar… Y allí me llevaste. Me cogiste del brazo y te abrazaste a mí. Sentías la brisa del mar en tu cuerpo y eso te hacía estremecer. Caminamos así, medio abrazadas y medio estremecidas por un paseo marítimo casi vacío, ideal para nosotras. Es nuestro escenario, pensé. Ideal para pasear, calmar, sanar y relajar. Y eso es el mar para mí, mi calma, mi sosiego, mi diazepan de sal y brisa, mi abrazo vespertino y fugaz.
Necesitaba el mar, cómo te necesito a ti. Necesitamos tanto la una de la otra, que cada día estoy más orgullosa de todo aquello que logramos, porque la manera de llegar hasta ello, es lo que nos hace grandes. Nada es fácil cariño, es verdad. Pero nosotras tampoco somos débiles ¿Verdad? Así que, ármate de valor, de paciencia, de ganas… Ármate de lo que quieras, pero hazlo. Esto solo acaba de empezar, aún nos queda toda la vida por delante.
Cariño, ¿volvemos a casa?

En la entrada anterior os decía que comencé a escribir desde que era muy joven, desde que era una cría, desde que supe que era diferente, que sentía diferente, que no conocía a nadie que sintiera como yo… Desde que supe que las cosas no serían fáciles, que no me regalarían nada… Desde que supe que mi voz se podía volver líquida, como la tinta. Que mi timbre tendría la mejor caligrafía. Que mi acento lo entendería todo el mundo, aquí, allí…
Supongo que utilice el boli papel como escudo. Era la única manera que tenía de poder sacar, vaciarme de todo lo que llevaba dentro e intentar ser yo misma, sin tanto peso, sin tantas responsabilidades, sin tanto miedo acumulado… Era difícil ser yo misma, era difícil sentir todo lo que sentía, no entender nada de lo que me sucedía, no poder hablar con nadie, sentirme tan sola… Era muy difícil, fue inmensamente difícil…
¿Qué hice? Refugiarme en mí misma a priori. No me defraudó la relación, quiero que lo sepáis. Nadie (Y cuando digo nadie, es nadie) Nadie es tan importante en esta vida como nosotros mismos, como vosotros… Como nosotros en singular. Así que quereros, escucharos, atended vuestras necesidades, vuestras ganas de vivir, de salir, de bailar… Porque somos únicos, en todo, únicos. No permitáis que nadie os diga lo contrario.
Soledad
¿Sabéis? A mí me dijeron mil veces cosas parecidas a esas que acabo de decir, referentes a mil aspectos diferentes de mi persona. Lo peor no es que la gente te diga o te deje de decir, ¿sabéis que es lo peor? Que yo me lo creí, me lo creí a pies juntillas… Y no había nadie cerca para decirme que eso era absurdo, que eran tonterías. Pasaba el tiempo y yo no hablaba mucho con la gente, me lo seguía callando, lo seguía escribiendo, pero todas esas cosas, hacían mella en mí, hicieron mella, mejor dicho.
Es difícil, supongo que la edad, las circunstancias, las personas que me rodeaban, de las que yo me rodeaba… Pero a día de hoy me cuesta superar muchas de esas palabras, muchas de esas cosas que me decían las tengo presentes, como si las estuviera escuchando… Ha llovido mucho, muchísimo… Y os puedo asegurar que no soy la misma persona que hace quince años, de verdad que no. Por decir, os diría, que poco queda de aquella niña.
La vida te va haciendo fuerte, a golpes, pero te fortalece. No sufro igual ni por las mismas cosas. No me decepciona casi nadie, porque de poca gente espero cosas hacia a mí. No quiero llevarme palos, no quiero llevarme preocupaciones a dormir.
Y sí, si echo la vista atrás, creo que si juntamos mi timidez, mi introversión y por supuesto, todas estas vivencias… Creo que el resultado es lo que veis. Una chica que sobretodo intenta pasar desapercibida (ni os imagináis hasta qué punto), no me gusta llamar la atención. Soy la discreción en persona… Y todo viene de ahí, de todos los medios que me metieron (me metí) en la cabeza, de tener mil complejos, de tener las palabras en la punta de la lengua, pero que no quieran salir…
Últimamente el blog va de confesiones ¿verdad? Bueno, como me las he callado durante tanto tiempo, ya creo que no se consideran ni confesiones, son conversaciones entre amigos, frente a una taza de café (el mío con hielo, que ya hace calor).
Bueno, aquí queda un trocito más de mí, en estas letras, en vuestras pantallas, en vuestra retina, en vuestras vivencias…

Pues después de la famosa frase de “No me gusta el pescado”  todo fue bien. Ella no me defraudó, porque supongo que nos habrá pasado a todas, que conoces a alguien que parece que es de una manera pero después te das cuenta de que no, que las apariencias engañan y nunca sabes hasta qué punto conoces a alguien.

Pues ella era tal cual se mostraba y tal cual yo la imaginaba. Su sentido del humor fue soltándose poco a poco y cada vez nos reíamos más juntas. Su confianza conmigo igual, hablábamos de más temas, de temas más personales, del día a día, de sueños…

Y bueno, supongo que ahora viene la primera vez que nos acostamos, pero como comprenderéis es algo que no voy a contar aquí. Os puedo decir, que antes de estar con ella me había acostado con más chicas y casi ipso facto sabes lo que esperas de la otra persona. Me explico. Que conoces a una chica y te gusta físicamente, porque no te ha dado tiempo a más, sabes lo que esperas de ella y lógicamente, ella de ti. No hay más que rascar.

Sin embargo, con ella fue especial. No puedo decir que la quisiera ni mucho menos, pero había algo. No fue sexo por sexo, hubo algo más.

Había ganas de sentir, de estar y cuando digo estar me refiero al significado completo. Quería sentir sus besos, sus caricias, sus abrazos, su aliento… Casi me importaba más ese intercambio de intimidad que lo que es el sexo en sí mismo. Quería conectar con ella como lo había hecho hasta ese momento. Porque con el sexo se disfruta, sí, pero creo que se disfruta más cuando hay esas ganas de conocer a la otra persona, de impregnarte de ella, de saborearla.

Para todo hay una primera vez y para estar con una persona, también. Ninguna primera vez es igual. Puedes hacer, decir, experimentar cosas parecidas, pero cada una tiene un encanto que lo hace único. Lo bueno de experimentar de nuevo una primera vez, es que parece que las otras que has sentido, quedan en un segundo plano. No las borras, ni las olvidas, pero están en el fondo, tras el telón. Las primeras veces, hablemos de lo que hablemos, me encantan. Es sentir la inquietud de la novedad. Los nervios, las risas tontas, las caricias igual un poco torpes, que se , tirán perfeccionando con el tiempo. Me encantó la primera vez con ella. Me encanto verla que dormía con mi pijama, porque ella quería oler a mí, olerme mientras dormía. Me encantó poder abrazarla durante varias horas seguidas por primera vez. Y al despertar, aun un poco tímida o cortada por vernos así, recién levantadas y volver a besarla… Eso no tiene precio ni tiene nombre.

Esa mañana, le preparé el desayuno y me acompañó al trabajo. Tuvimos que ir en taxi porque llegaba tarde. Y después, cuando ya había amanecido, ella se cogió el tren y volvió a su casa.

Esa fue nuestra primera noche, nuestra primera mañana, nuestro primer desayuno, nuestro primer taxi compartido, nuestra primera vez en el lavabo para lavarnos la cara y los dientes… Fue la primera vez de tantas otras. La primera vez que empecé a anhelarla, a desear que llegara la hora de salir del trabajo para ir a verla, la primera vez que escuchando cualquier canción, asiento y pienso, “tiene razón, eso es lo que pasa”. La primera vez que preparé tostadas para dos y que la otra persona lo valore y lo agradezca. La primera vez de tantas otras, en un solo día, en una sola noche, en un ridículo cúmulo de horas…

A partir de aquí comencé mi nueva vida, mis nuevos pensamientos, mis nuevos sueños e ilusiones. Comenzó a aflorar la nueva yo. Todo tiene su explicación. Hasta que ella llegó, nada iba bien. Las cosas iban pasando y yo solo intentaba hacerles frente, pero no lo conseguía y las cosas se me amontonaban, y al final, decidía pasar, sin más, almacenar esos “problemas” en algún lugar oscuro de mi memoria, intentar no recordarlo, intentar no pensar más.

De mi época de antes de estar con ella me acuerdo, por supuesto que sí… Pero he olvidado tantas cosas, que si no me las recuerdan, me enseñan fotos, me ponen una canción, un vídeo, un sonido o un olor.. No sería capaz de explicarlos.

Sin embargo, desde que comencé con ella, parece que la memoria se ha convertido en mi nuevo don. Recuerdo conversaciones, mensajes, emails, primeras veces, menús, viajes, fechas, canciones… En fin, recuerdo muchas veces.

Hasta este punto de mi vida, no había tenido la suerte de encontrar a alguien que me valorase de verdad. Que interpretara mis sueños, que me diera una palmadita en la espalda y que me dijera, “Adelante”. Que me tendiera la mano cuando estaba en el suelo… Que me sonriera cuando más lo necesitaba.

Me explico. Siempre me gustó el deporte, mucho. Cuando tenía once años, engañé a mi padre para ir a hacer unas pruebas para un equipo de futbol, lógicamente, mi padre pensó que era femenino, y aun así, no le parecía bien. Cuando llegamos y vio a todos los niños de mi edad preparándose, creo que casi le da un infarto. Al final, aceptó. Hice las pruebas y ya ves la sorpresa que las pasé. Comencé a jugar en uno de  los mejores equipos de mi ciudad. Contra todo pronóstico el entrenador me sacaba de titular, jugaba bien, disfrutaba, los compañeros me querían (y yo a ellos) y para más inri, quedé pichichi de esa temporada y salí en el periódico local. ¿Cuál fue la respuesta de mi padre? Sacarme del equipo, sin explicación.

Siempre dije que algún día retomaría los estudios y que estudiaría psicología. Bien. ¿Para qué? Si total, vale mucho dinero y no creo que lo saques…

O cuando me pasaba horas escribiendo y se lo enseñaba a mis padres y… lo volvían a dejar encima de la mesa sin leerlo… Esas cosas.

Sin embargo, desde que empecé con ella… Me escuchaba. Eso es un privilegio que la gente no lo valora. Le dije que quería estudiar, pero que me daba miedo, que trabajar y estudiar iba a ser mucho para mí. Ese mismo año, me acompañó a la universidad y me matriculé en el grado de psicología. Voy poco a poco, me cuesta sacar tiempo para todo.

Me ve escribir, leer, soñar con todas estas cosas. Me ayudó a abrirme el blog. Me lee todo lo que escribo, me apoya y valora.

Le dije que me habían propuesto hacer lo de la radiobollo …. Y claro, que me daba vergüenza, miedo, ¿yo de locutora? Miradme, ahí estoy. Es ella la que me empuja a que haga estas cosas, a que supere mis miedos, a que procure valorarme yo misma. Me ve capaz de cualquier cosa que se me pase por la cabeza y últimamente, son muchas. Eso es lo que yo he encontrado en ella, por eso prefiero cualquier recuerdo con ella, que cualquiera de los que tenía antes.

Un saludo, muac.